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"Futurofobia. Ensayo, fábula y delirio". Por Eduardo Riol Hernández



Imagen del cuadro "El Grito", de Edvard Münch


— Se acerca el final...

— ¿El Apocalipsis?

­­ — ¡El final del otoño!

*   *   *

— “Winter is coming…” (Se avecina el invierno)

— ¡Qué bien que llega la nieve, podremos jugar con los trineos!

—¡Ay, Dios, muchas personas sin hogar morirán de hipotermia!

— ¡Jon Snow nos salvará, con permiso de la reina dragón!

*   *   *

No, no os estoy tomando el pelo. Solo que he querido empezar de un modo diferente -un tanto frívolo, lo reconozco- otro artículo más donde nuestros miedos acaparan el protagonismo. Me tentaba abordar el asunto con una pizca de humor friki, con guiño incluido a quienes seguíais como yo la serie “Juego de Tronos”. Así restamos cierto dramatismo al tema, más después de ilustrarlo con una imagen tan impactante como la del famoso cuadro “El Grito”, de mi tocayo Edvard Münch.

El título, la imagen y la introducción de esta nueva entrega despistan bastante, pero enseguida vamos a ver que están relacionados.

He tomado prestado el término “futurofobia”, un neologismo que da nombre a un interesante y oportuno libro del periodista y escritor Héctor García Barnés, para referirme en parte a lo que el autor define como “sustituir la ilusión por el pesimismo”, solo que poniendo en mi caso mayor énfasis en el temor a lo que está por venir en un mundo sin porvenir, valga el juego de palabras.

El cuadro de Münch se presta a muchas interpretaciones. Se dice que quien grita es la Naturaleza, no el hombre del primer plano, que en realidad se tapa los oídos o se echa las manos a la cabeza ante un estruendo ensordecedor. Pero,  ¿por qué gritan la una, el otro, o ambos? De alegría no parece. El paisaje sugiere un torrente, un abismo o un torbellino amenazante con un horizonte en llamas al fondo; el hombre huye angustiado por esa pasarela por donde desfilan otras siluetas con gesto impasible. El grito, los gritos, pueden ser de pánico o desesperación, de rabia o de dolor, o tal vez de todo eso junto.

Y volvemos al miedo al futuro, frente a peligros anunciados o inciertos. Un futuro que ya está presente porque ya está sucediendo o porque lo anticipamos. Un futuro que ya sufrimos en sus diversas manifestaciones, como la llamada “eco-ansiedad”, ante los malos augurios del cambio climático y la ocurrencia de desastres “naturales” cada vez más frecuentes y extendidos; o la creciente inquietud derivada del convulso panorama de polarización, extremismo y violencia en todos los órdenes de la vida (moral, social, económico y político) a escala internacional.

No es de extrañar, pues, que jóvenes y mayores coincidan a menudo en el rechazo a enterarse de lo que pasa, que eviten en lo posible saturarse de malas noticias que nutren la actualidad. Sin olvidar que abunda la desinformación, los bulos que deforman, exageran o se inventan directamente una “realidad” alternativa, que nos crispa y amedrenta aún más. Otros por el contrario se convierten en consumidores compulsivos de noticias o pseudo-noticias de catástrofes varias. Terminamos pensando que todo está mal y aún puede empeorar.

Y si descendemos al plano de la vida cotidiana y concreta de cada cual y ponemos el foco en las jóvenes generaciones que han vivido una relativa abundancia y de pronto se ven abocadas a una reducción drástica de su poder adquisitivo, presenciamos el drama de una juventud frustrada,  obligada a permanecer indefinidamente en casa de sus padres o  a compartir piso de alquiler como estudiantes talluditos, sin poder emanciparse aunque trabajen, dada la precariedad del empleo y la situación cercana a la pobreza de no pocos asalariados y autónomos, ante el desfase entre los ingresos y el coste de la vida. ¿A quién le quedan ganas de formar una familia en estas circunstancias?

*   *   *

— “¡Me estoy rayaaaandoooo!!!”, protesta una joven graduada en paro mientras lee.

— Perdona, la he fastidiado. Mi intención era hacer un relato desenfadado del asunto.

— ¡¿Con el dichoso cuadro ese encabezando el artículo?!

— No te falta razón. Lo peor es que he acabado convirtiéndome en otro agorero de turno, y podría seguir aventurando desgracias sin esforzarme demasiado.

—¡Socorroooo! ¿Dónde está Jon Nieve?

*   *   *

 Pero no caigamos en el error de pensar que esto es nuevo de ahora, en mayor o menor medida ha ocurrido siempre. La impresión de que la Humanidad va a la deriva y de que mil terribles amenazas se ciernen sobre el planeta no es una novedad. Recuerdo sin ir más lejos aquella pintada de mayo del 68 que hoy diríamos se hizo viral: “Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo me estoy poniendo muy malito” (versión libre de un grafitero gaditano).

Imaginemos cómo se sentirían los polacos buena parte del siglo XX, invadidos primero por los nazis y luego por los soviéticos, o el conjunto de Europa en el período pre- post- y entre guerras mundiales. ¿Y los humanos que sufrieron terribles epidemias, hambrunas, cataclismos y alguna que otra glaciación, siglos o milenios atrás? ¿Cuántas veces pensarían que aquello era la antesala del fin del mundo?… La Historia está trufada de momentos críticos para la Humanidad a los que esta ha sobrevivido. Tal vez nuestro mayor problema es que podríamos llegar a morir de “éxito”: ¡hemos superado la cifra de ocho mil millones de habitantes!

Sin embargo, los avances de la ciencia y la tecnología, bien empleados, y el fomento de una conciencia moral enfocada al bien colectivo a medio y largo plazo, aún pueden librarnos de una virtual desaparición o de vernos condenados a sobrevivir a duras penas en un escenario distópico. Muchos no tardaremos en respondernos que el ser humano no escarmienta, persevera en sus errores y cada vez tiene más capacidad de autodestrucción, que la razón es débil frente a la ceguera de la avaricia y el egoísmo sin freno. La réplica, sin embargo, llega también pronto: destacados pensadores señalan que un análisis detenido del acontecer humano refleja claramente el progreso imparable que ha tenido lugar en los últimos siglos.

El debate está servido. ¿Ha desaparecido la esclavitud, por ejemplo? Según se mire, hay reductos de diferentes formas de esclavitud diseminados por el orbe, la trata de personas, la explotación laboral…Pero hoy día son mayormente fenómenos residuales y perseguidos. No son hechos generalizados, no los permite la ley ni los aprueba la moral como siglos atrás. Ciertamente a toda reflexión de esta índole se le pueden contraponer matices y excepciones. La diferencia es que en la actualidad los hechos más abominables son eso, excepciones, antes eran la norma.

Ese pobre hombre del cuadro de Münch teme más la indiferencia de sus semejantes, que pasean ajenos al drama que les rodea, que a la amenaza que se fragua a su alrededor.

El impulso de una educación moral inspirada en una ética universal que trascienda ideologías y religiones particulares es un propósito muy ambicioso, algunos pensarán que utópico, pero no debemos renunciar a él.

*   *   *

EPÍLOGO

A lo lejos se oye redoblar los tambores, se intuye el ruido de sables entrechocando… El fogonazo de un dragón cabreado ha dejado calvo y chamuscado al pobre hombrecillo que se desgañita tratando de escapar del cuadro de Münch.

Mientras, un cansino y trasnochado escritor de blogs adormece a sus lectores con un soporífero discurso…

 ¡Un momento, algo ha cambiado! Jon Snow y la Khaleessi han dejado de batirse en un duelo absurdo y letal y se dirigen cogiditos de la mano a la Escuela de Líderes Por la Paz Mundial, fundada por un tal Mahatma Gandhi.

¡Qué alivio, una vez más salvados por la campana!!!

*   *   *

Definitivamente, al autor de estas líneas se le va un poco la pinza de cuando en cuando...

¡Amén!

 

 


"¡Salta conmigo!", por Eduardo Riol Hernández

 

Tomado de pexels.com. Foto de Karolina Grabowska

Se puede saltar de alegría por una buena noticia. Se puede saltar jugando, para divertirse o para competir. Se puede saltar bailando al ritmo de tu grupo favorito. Pero también se puede saltar de miedo cuando te dan un susto, o para apartarte de algo que te da asco. Incluso se puede saltar al vacío, huyendo de un fuego pavoroso que te rodea, o por la desesperación de no ver otra salida a un sufrimiento que te resulta insoportable; tal vez por la pérdida de un ser querido o una ruptura sentimental que no se logra superar, por el rechazo de la gente que te importa, por sentir que no vales nada, que vivir así no merece la pena…

Yo solo te pido que antes de dar ese último salto irreversible me des la mano y te vengas a saltar conmigo un rato en esa cama elástica de la niñez donde puedas volver a reír a carcajadas, ajeno a la crueldad, la injusticia y la miseria que aguardan a la vuelta de la esquina, en el patio del colegio o en la soledad de tu cuarto.

Después, ya que estamos, iremos a saltar en la pista de baile de aquella concurrida discoteca o a las fiestas del barrio, sin temor al ridículo, alentados por esa música tan animada que por unos instantes casi te devuelven las ganas de vivir.  Aquí y ahora te duele menos ser invisible para otros o sufrir sus desprecios y humillaciones. Te das cuenta de que en realidad no les necesitas para estar a gusto. Y te preguntas, sin mucha convicción pero con un atisbo de esperanza, si la vida aún te reserva, también a ti, oportunidades de disfrutar.

Al acabar el día, sin embargo, regresan las dudas y los temores, te convences de que durante las horas anteriores has sido víctima de un espejismo. La angustia de otra noche solitaria te asfixia y quieres escapar. Te asomas a la terraza del salón, calibrando si la altura es suficiente para acabar de una vez con todo. De pronto, los reflejos de unos charcos en la calle te hacen guiños y te despistas por un momento de tu cometido: valorar la mortalidad potencial del salto. El caso es que no te queda claro, será mejor subir a la azotea, y te encaminas descalzo a la escalera. Entonces ves en un rincón de la entradita unas botas de agua de colores vivos, son de tu talla. Qué extraño, no recuerdas tener unas así desde el final de la Primaria.

Un impulso te hace cambiar de planes: en un suspiro te encuentras en la calle, saltando de charco en charco y dando gritos de júbilo que despiertan a los vecinos mayores, perplejos al ver un joven en pijama con aspecto de haberle tocado la lotería. Yo no te he podido acompañar aún, porque te espero en el futuro, soy tú pero algo más viejo, atiendo el Teléfono de la Esperanza como voluntario en mis ratos libres, si tú decides que la azotea puede esperar…

 

La Hipnosis como Terapia - II. El poder de la sugestión 3ª y última parte. Por Eduardo Riol Hernández

 


Fotografía tomada de: pexels-tyler-hendy-52062

En los artículos previos nos hemos acercado al magnético mundo de la hipnosis a través de diferentes prismas. Empezamos apuntando algunos datos relevantes, entreverados con un sencillo experimento que a más de uno dejó con la duda de si era “hipno-resistente” o fácilmente sugestionable (al final del presente artículo tendremos una nueva oportunidad de responder a esta pregunta).

Después relatamos una peculiar anécdota que daba cuenta de las consecuencias de “jugar” con la hipnosis para un grupo de universitarios que acabaron poco menos que como extras de una película de terror.

Proseguimos con el análisis de algunas creencias erróneas y mitos sobre la hipnosis, que nos condujo a una reflexión tangencial sobre la mala praxis de algunos “profesionales” carentes de código ético. Al mismo tiempo aclaramos -no obstante- que una persona, por el mero hecho de sumirse en un trance hipnótico, no queda automáticamente indefensa ante cualquier intento de abuso o manipulación.

Nos detuvimos otro momento a comentar qué cosas NO son hipnosis. Y ahora vamos a dar un último giro para describir lo que SÍ es hipnosis y no lo consideramos como tal,  a fin de poder delimitar mejor su naturaleza.

El conductor que circula varias horas por una carretera y un paisaje monótonos entra a menudo en un estado de ensoñación en el que su mente viaja a otro momento y lugar, y por un instante olvida que está al volante y no ve la carretera que tiene ante sus ojos, lo que puede provocar un accidente si no reacciona a tiempo y se espabila con ayuda de la radio o la conversación de un acompañante.

La jugadora de un partido de competición no advierte que se ha hecho una herida abierta en la rodilla hasta que se para el juego, ve la sangre y le empieza a doler.

Un chico está viendo su serie favorita y mientras ríe y llora con los protagonistas de la ficción no oye que están llamando insistentemente al timbre de la calle…

¿Tiene todo esto algo que ver con la hipnosis?

¿Y qué le sucede a esa congregación de monjas que sienten más cercana la presencia de Dios cuando rezan juntas el rosario susurrando de forma sincronizada oraciones que se repiten sin descanso? O al derviche que gira sobre sí mismo hasta la extenuación…

Recordemos una vez más que la alteración de la conciencia y la mayor susceptibilidad a la sugestión definen en buena medida nuestra estado cuando experimentamos el trance hipnótico. Ante estímulos repetitivos se produce un cierto estrechamiento perceptivo, nos concentramos mucho en algo y dejamos de percibir todo lo demás, o lo hacemos de un modo distinto al habitual, de tal forma que cambia nuestra manera ordinaria de reaccionar, o de no hacerlo, ante un estímulo presente o ausente.

Podemos dejar de escuchar un timbre que suena, de ver la carretera por la que circulamos, de sentir el dolor de una herida…Y, en cambio, también somos capaces de experimentar sensaciones o emociones en ausencia de los estímulos o las situaciones que normalmente los provocan. El miedo ante una amenaza inexistente, el dolor de una lesión imaginaria...El denominador común que subyace a tan variadas situaciones es la capacidad del ser humano de sugestionarse, espontánea o accidentalmente, fruto de los parámetros del momento vivido; o inducido deliberadamente por alguien, incluido uno mismo (autohipnosis).

¿Y si aprovecháramos el enorme poder de la sugestión para fines terapéuticos?¿Es posible revertir la naturaleza y el contenido de las sugestiones que nos provocan sufrimiento?¿Sustituirlas por otras que generen alivio y bienestar?

Tras un recorrido en espiral que nos ha aproximado cada vez más a la esencia de la hipnosis, basada en el fenómeno de la sugestión, llegamos al centro neurálgico de esta serie de artículos, sus aplicaciones en el ámbito de la salud.

La hipnoterapia ha demostrado ser útil para lidiar con trastornos de la salud mental, pero también contribuye a mejorar la salud física en sentido amplio.

Aliviar mediante hipnosis el dolor agudo o crónico, incidiendo sobre la parte subjetiva del dolor, permite complementar las terapias médicas y farmacológicas, limitando estas a lo estrictamente necesario, sorteando en parte sus efectos secundarios o adversos. Se puede inducir analgesia o anestesia dependiendo del caso y la persona; modificar el umbral del dolor, cambiar la modalidad sensorial de la experiencia nociceptiva a sensación de tacto / presión…

Superar adicciones a sustancias, dependencias conductuales o hábitos compulsivos es posible gracias a la hipnoterapia combinada con otros tratamientos de psicoterapia y farmacológicos cuando estén indicados.

Afrontar enfermedades graves, enfermedades degenerativas, con tratamientos cruentos o muy limitantes, es más llevadero con hipnoterapia, en conjunción con las terapias preceptivas en cada caso.

Es importante matizar aquí que, en los casos de enfermedades de origen orgánico, la hipnosis no cura sino que ayuda a sobrellevar mejor la dolencia e indirectamente puede favorecer la recuperación, dado que el cuerpo humano es una máquina que pivota en torno a varios ejes que se integran en uno: el eje psiconeuroendocrinoinmunológico. Por eso se producen fenómenos como que los cambios hormonales afecten a nuestro estado de ánimo,  que el estrés o la depresión correlacionen con una disminución de la respuesta inmune de nuestro organismo, es decir que “nos bajen las defensas”, o que seamos víctimas de trastornos psicosomáticos derivados de alteraciones emocionales que se pueden regular con hipnosis y psicoterapia. Del mismo modo, la ansiedad, las fobias, la depresión y otros trastornos de la salud mental se pueden modular con dichas técnicas.

En fin, las aplicaciones son múltiples. Hemos enumerado algunas de las principales, pero nos han quedado muchas en el tintero, desde la mejora de la concentración para el estudio hasta aliviar el malestar asociado a la menopausia (reducir sofocos con sugestiones de hipotermia), pasando por el control de la impulsividad, el fortalecimiento de la autoestima… Si siguiéramos daría para varias páginas más.

Ahora si lo deseas vamos a hacer un ejercicio para comprobar cómo actúan los mecanismos de la sugestión sobre nosotros.

Observa la imagen que ilustra este artículo  (si puede ser reprodúcela en otra pantalla mientras lees esto aquí, una pantalla de tamaño medio como la de una “tablet” al menos; si ha de ser en un móvil, ponlo en horizontal y evita ampliarla demasiado para poder contemplar la imagen completa). 

"Fíjate en alguno de los puntos negros que aparecen en el telón rosado que se divisa al fondo. Mantén la mirada sin parpadear y verás que los contornos se vuelven borrosos; los arcos que envuelven la estancia se desplazan y cambian de tamaño. Entonces te parece oír un rumor de agua en movimiento, ¡sí, se están formando unas ondas concéntricas que alteran la superficie del aljibe! Como olas minúsculas que rebosan e invaden lentamente el espacio en derredor, transportan la luz sinuosa de las ojivas que reflejan y llegan hasta ti transformadas en una brisa tenue que acaricia tu rostro y te susurra un mensaje en el oído…Todo parece cobrar vida..."

Bien. Lo más probable es que de primeras no hayas logrado meterte en situación, vuelve a intentarlo, relee el texto propuesto y mira fijamente de nuevo la imagen, mientras las palabras resuenan en tu cabeza... Así hasta tres veces.

 Este ejercicio se basa en la recreación de una sugestión de animación de los elementos que componen la imagen, partiendo de un efecto óptico y de la fatiga visual. Incorpora además sugestiones de otras modalidades sensoriales: auditivas y de tacto, más complicadas de evocar. Finalmente se sugiere la recepción de un mensaje, un elemento que implica un pensamiento verbalizado, que conlleva un plus de imaginación y creatividad. Por tanto, se trata de un ejercicio complejo que pone a prueba nuestra “sugestibilidad” en un sentido amplio y a diferentes niveles. Si en alguno de los tres intentos hemos llegado a apreciar mínimamente que la imagen cambiaba, que algo parecía moverse y ya está, nos situamos en un nivel promedio. Si además hemos percibido con cierto detalle las ondas, hemos oído el rumor del agua y/o sentido la brisa, ya estaremos en un nivel por encima de la media. Si por último, hemos escuchado un mensaje concreto en nuestro interior, la facilidad para sugestionarse es elevada. En este caso, sería también interesante conocer el tono emocional del mensaje, si era neutro, positivo o negativo: si nos dejaba indiferentes, nos agradaba o animaba, o nos inquietaba o lastimaba de algún modo. Esto daría cuenta del estado emocional que predomina en nosotros en el momento de hacer el ejercicio.

Si no hemos llegado a percibir ningún efecto o cambio en la imagen ni en nosotros al tratar de seguir las instrucciones del ejercicio, una vez más es probable que nos encontremos en el numeroso grupo de las personas “hipno-resistentes”. De cualquier manera, casi todo el mundo se puede beneficiar de la hipnosis, como de la meditación y un extenso abanico de técnicas que contribuyen a desarrollar los recursos y potencialidades de nuestra mente. Bastará con ejercitarse en la técnica que resulte más idónea para cada persona. Cuando la inducción clásica del trance hipnótico se resiste, suele funcionar mejor la técnica de auto-regulación, una variante de la hipnosis que se basa en la instigación de la sugestión a través de un método menos directo pero igual de eficaz, también con fines terapéuticos.

Si, a pesar de su extensión, os ha resultado interesante esta serie de artículos sobre la hipnosis en terapia que hoy concluye, os animo a participar con comentarios y a compartirlo con vuestros contactos en redes sociales.

Os agradezco mucho que me hayáis acompañado hasta aquí y deseo que sigáis con atención los próximos artículos donde abordaremos otras temáticas de interés en relación con la salud mental y el bienestar de las personas y sus familias.

 

 

 

 

 

 

"La Hipnosis como Terapia (II). El poder de la sugestión-2ª Parte", por Eduardo Riol Hernández

Fotografía de Erik Mclean en pexels.com

Después de contaros la anécdota sobre mi accidentada toma de contacto con la hipnosis en mi época de estudiante universitario, retomamos el hilo del primer artículo de la serie. Habíamos quedado en que, esencialmente, la hipnosis consiste en la inducción de un estado alterado o especial de conciencia, distinto del sueño y de la vigilia, que potencia el influjo de la sugestión en las personas. Y en que en el fenómeno hipnótico se produce lo que podemos describir metafóricamente como un "estrechamiento" perceptivo que -añado ahora- algunos expertos consideran que da lugar a justo lo contrario, una mayor “apertura” de la conciencia...

Pero antes de seguir vale la pena detenernos a descartar algunas creencias erróneas acerca de la hipnosis, lo que nos permitirá entender mejor la naturaleza del fenómeno y superar algunos miedos sobre este tema.

Algunos mitos en torno a la hipnosis:

MITO Nº 1. “Despertar” de la hipnosis es peligroso. Se puede “no volver a despertar”.

Se basa en la creencia de que la hipnosis es similar a una fase de sueño profundo, como una suerte de sonambulismo, en la que se transforma la conciencia del entorno que nos rodea, condicionada o filtrada por la persona que hipnotiza.

Es cierto que en un trance moderado o profundo la persona aparenta estar como dormida y reacciona al entorno en función de los parámetros de la inducción hipnótica, según hayamos utilizado sugestiones de un tipo o de otro, que conlleven mayor o menor contacto o desconexión de la realidad circundante. No obstante, al margen de la guía del hipnotista, subsiste un vínculo residual de la persona con su entorno que la protege en última instancia de peligros y amenazas que se puedan presentar. Si en una sala donde se lleva a cabo una demostración de una sesión de hipnosis, se declara un incendio, los asistentes gritan y huyen despavoridos arrastrando consigo al hipnotizador sin reparar en que -en medio del pánico y la confusión- el sujeto hipnotizado se ha quedado atrás, aún con los ojos cerrados, ignorante en los primeros instantes de lo ocurrido, tened por seguro que los mismos alaridos, el estrépito y el calor y el humo incipientes harán que no tarde en reaccionar sin precisar de una señal del hipnotista para salir del trance.

En todo caso, en circunstancias normales la salida del trance hipnótico puede ser gradual o más o menos brusca, pero en ningún caso es “peligrosa” como tal. Cuando, por alguna razón, la persona que te hipnotiza no te saca del trance, hay quien se queda plácidamente dormido durante un ratito como colofón de una relajación profunda y luego despierta (esta vez de verdad, sin comillas) como quien no quiere la cosa; y hay quien experimenta una transición menos agradable, caracterizada por unos minutos de desorientación, pero nada exagerado ni mucho menos irreversible.

MITO Nº 2. Durante el trance hipnótico se pierde por completo el control de la voluntad, que se transfiere a la persona que te hipnotiza. 

En términos absolutos el control de la voluntad no se perdería en ningún momento, del mismo modo que tampoco llegamos a desconectarnos completamente de la realidad exterior. Así y todo, puede pasar que la persona hipnotizada ceda voluntariamente de buena fe ese control y que, a su vez, la que hipnotiza trate de ejercerlo indebidamente. Esto sería del todo inadmisible, especialmente en el ámbito terapéutico, y -por supuesto- objeto de denuncia, la consecuencia más probable si una persona se hubiera sentido manipulada en una sesión de hipnosis, dado que tampoco es real el mito nº 3, apartado en el que ampliamos esta importante reflexión.

MITO Nº 3. Se olvida por completo lo sucedido durante el episodio hipnótico. 

La amnesia inducida en el trance debe estar justificada, estando previamente de acuerdo la persona a hipnotizar sobre los casos en los que procederá usar este recurso. De lo contrario, la persona recordará perfectamente lo ocurrido. 

En hipnoterapia puede tener sentido inducir la amnesia, por ejemplo, cuando emergen recuerdos demasiado dolorosos para afrontarlos en ese momento a nivel consciente. El resto de las veces lo que se suele pretender es lo contrario, que afloren recuerdos que pueden ayudar a entender mejor nuestros problemas y a lograr afrontarlos.

Y tanto en lo relativo a la pérdida de control de nuestros actos como en la cuestión de la amnesia, hay un límite para todo: si la persona es manipulada para hacer el ridículo como parte de un número en una fiesta, terminará haciéndolo si en su fuero interno no le importa seguir la broma para dar espectáculo. En caso contrario, no funcionará, la persona no colaborará. Con más motivo, en el contexto terapeuta/paciente, si una persona sufriera un intento de manipulación para hacer algo que no desea, como tener relaciones sexuales no consentidas, se activará una alerta en su mente, reaccionará en contra y desde luego recordará lo sucedido. 

Me he atrevido a abordar un tema espinoso y desagradable que no he querido eludir por responsabilidad. Vaya por delante que estos son casos extremadamente infrecuentes, pero a veces se producen y hay que denunciarlos, y la persona que se somete a hipnosis debe saber que en situaciones en que se puede ver comprometida su integridad física y/o emocional -antes, durante y después de la hipnosis-, conserva voluntad y memoria.

Para cerrar este asunto, como nota al margen, conviene matizar que, con hipnosis o sin ella, en terapia o fuera del ámbito terapéutico, siempre habrá gente en posición de poder o dominio sobre otras más vulnerables física, económica, material o emocionalmente, que se aprovecharán, explotarán, acosarán, manipularán y/o abusarán las unas de las otras mientras la sociedad no reconozca, apoye y proteja de un modo contundente a las víctimas. No lo olvidemos.

Podríamos seguir desmontando mitos en torno a la hipnosis, como aclarar que la hipnosis no es magia, ni nada milagroso o sobrenatural: es un fenómeno contrastado científicamente, al margen de que aún no se conozca en detalle su naturaleza. Tampoco conocemos a fondo otras muchas funciones del cerebro o la mente humana y no por ello las catalogamos de paranormales. Así que si os cuentan que alguien “ha levitado” en el curso de un trance hipnótico, tened por seguro que, o bien han presenciado un truco de un consumado ilusionista que se hace pasar por hipnotizador (o que compagina ambos roles), o todos los presentes fueron hipnotizados sin saberlo para experimentar una ficticia experiencia de levitación. ¡Porque el poder de la sugestión es ilimitado!, o casi…

Me vais a odiar, pero este que iba a ser el artículo "requetedefinitivo" me está quedando demasiado largo. Por eso os pido un poco más de paciencia, en espera de la -ya sí que sí- última entrega de esta serie de artículos sobre la hipnosis, donde me adentraré por fin en el asunto de las aplicaciones terapéuticas en tan solo unas pocas semanas. 

Si os ha resultado interesante os animo a compartir el artículo en vuestras redes sociales y a hacer comentarios en el blog.


“No apto para personas con vértigo”, por Eduardo Riol Hernández

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Algunos escenarios de la vida se parecen a un parque de atracciones. A muchas familias les apetece pasar el día en uno, donde la diversión está asegurada. Es muy probable que los más jóvenes, si les dejaran, eligieran quedarse indefinidamente celebrando una macro-fiesta. Solo que eso no es posible, ¿verdad? Quienes casi viven allí, y no por gusto, son los trabajadores, que se pasan la jornada laboral viendo disfrutar a los demás. 

Pero en un parque de atracciones también se sufre, a veces como parte de la diversión. Pasar miedo de forma voluntaria nos hace sentir más vivos. Resulta excitante la descarga de adrenalina que produce una situación de riesgo controlado, sin desmerecer el placentero alivio que experimentamos cuando ese peligro relativo tiene un desenlace feliz. Otras veces, en cambio, la emoción se nos va de las manos y entramos en pánico a mitad del recorrido, o acabamos vomitando hasta la primera papilla durante o después del trayecto. Excepcionalmente, incluso se dan casos trágicos de víctimas de algún accidente en el que se pierde hasta la vida, la propia o la de un ser amado.

Son las subidas y bajadas de la montaña rusa que nos impulsa, nos zarandea, nos frena y nos vuelve a sacudir; que nos lanza arriba y abajo en medio de gritos, risas y llantos. Hasta que por fin se detiene. Aunque seguimos un rato tambaleándonos sin rumbo, presas de la resaca y el mareo de un viaje lleno de baches y zigzags para el que no llevábamos suficiente biodramina. Podemos sucumbir a la tentación de retirarnos, abatidos y maltrechos, o bien podemos probar a convertirnos por un momento en superhéroes sin capa, sujetarnos con fuerza a la barandilla de salida, llenar de aire los pulmones y dirigirnos derechos a la noria gigante ignorando el cartel disuasorio: “No apto para personas con vértigo”. Es en el preciso instante en que llegamos al punto más alto, donde la enorme rueda hace una pausa en su giro parsimonioso, cuando somos capaces de apreciar con la perspectiva de la distancia los tremendos vaivenes a que se ven sometidas un sinfín de criaturas diminutas, pertinaces en su efervescente actividad. Entonces y sólo entonces, tomamos plena conciencia de que es precisamente ese afán de superar los diversos avatares lo que confiere a la vida su mayor atractivo y lo que la dota de sentido...

“Coge mi mano y agárrate bien”, le dice una madre a su hija, o un hermano mayor al pequeño. Un buen consejo para seguir adelante, mejor en compañía, y continuar sufriendo y disfrutando de muchos días especiales en el parque de atracciones, sintiendo que vale la pena, a pesar o gracias al vértigo.


“Deporte de competición en la infancia: preparación para la vida o maltrato (2ª parte)”, por Eduardo Riol Hernández

 

Foto de Yan Krukov. Pexels.com


Si nos centramos ahora en el deporte de base, varias reflexiones que suscitaron el mundo del deporte profesional y de élite en el artículo anterior son extrapolables aquí. Y es que también se producen anomalías en el nivel inicial. Hay casos de niños y jóvenes que se sienten presionados o maltratados en algún momento de su experiencia deportiva.

Lo que a tan corta edad empieza siendo una actividad extraescolar de esparcimiento y poco más, a veces se acaba convirtiendo en una fuente de estrés intolerable, en una actividad de competición a ultranza donde solo vale ganar; aunque conlleve un coste de sufrimiento e infelicidad del/la joven deportista.

Cuando la educación física y la promoción de la salud, que deberían ser nuestro principal móvil para seguir animando a chicos y chicas a hacer deporte, quedan en un segundo plano muy por detrás del prurito de acumular éxitos y victorias, empiezan los problemas. Cuántas familias, monitores, entrenadores conocemos que paulatinamente se van transformando en agresivos “managers” de sus hijos.

Las claves para evitar que esto llegue a suceder se resumen en:

-        Tener siempre presentes las metas, los valores primordiales que subyacen a la práctica saludable del deporte y el ejercicio físico, especialmente en edades tempranas y el deporte de base: contribuir a la socialización a través del juego; fomentar la salud física y mental de las personas en su desarrollo corporal, cognitivo y socioafectivo.

-        Primar valores como el afán de superación, la cooperación y el altruismo, incluso en escenarios de competición, sobre otras consideraciones.

Es importante insistir aquí en que dichos valores han de adaptarse a la edad y características personales del/la joven deportista. En una primera etapa, cuando se inicia la práctica del deporte como actividad universal al alcance de todas las personas, debemos entender que no todo el mundo tiene el mismo talento, potencial o interés por alcanzar la excelencia a través de dichas prácticas.

Desde otra perspectiva que no me parece incompatible, hay padres y educadores que consideran que ejercitarse en un deporte con un elevado grado de exigencia, ayuda a contrarrestar la baja tolerancia a la frustración y la falta de autocontrol de que adolecen muchos niños y jóvenes de nuestro tiempo.

Lo mismo se podría decir de la oportunidad de contrarrestar la sobreprotección a que hemos sometido a muchos de ellos, que dificulta el afrontamiento de situaciones de un estrés moderado.

En este sentido existe también el peligro de consentir que nuestros hijos abandonen cada actividad que emprenden al poco de iniciarla, por capricho o por no sobreponerse al mínimo contratiempo. Pero no es menos cierto que a veces los adultos nos empeñamos en que los niños se mantengan perseverantes solo porque nosotros mismos hubiéramos querido tener esa oportunidad en nuestra infancia, o porque tenemos unas expectativas desmedidas sobre el potencial de nuestros hijos.

Claro que la disciplina y la exigencia en la práctica del deporte y el ejercicio físico son beneficiosos en la formación y el desarrollo de nuestros hijos e hijas, pero siempre que se observen las recomendaciones de graduarlas y adaptarlas proporcionalmente a la edad, condiciones y circunstancias de los pequeños y los/las jóvenes; que se escuchen sus deseos y demandas, a la vez que el consejo de personas expertas, a la hora de decidir sobre su presente y su futuro a este respecto.

Si no calibramos bien el grado de presión que pueden soportar nuestros hijos; si no respetamos los límites tolerables teniendo en cuenta sus intereses y necesidades además de su potencial, estaremos vulnerando su derecho a disfrutar de una infancia y adolescencia felices, y amenazando seriamente su salud física y mental.

“Deporte de competición en la infancia: preparación para la vida o maltrato (1ª parte)”, por Eduardo Riol Hernández.

 

           
   Foto de Tima Miroshnichenko. Pexels.com

Este verano han tenido lugar los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Tokio 2020. Se trata del mayor evento que ensalza la excelencia en la competición a escala planetaria. Han sido unos juegos extraños y heroicos, marcados por la pandemia y por la toma de conciencia de la importancia de preservar la salud mental de las personas participantes. Noticias como la retirada momentánea de alguien tan mediático como la gimnasta estadounidense Simone Biles, o la de tenistas como Naomi Osaka en el grand-slam de tenis de Roland Garros, unos meses atrás, por similares razones -de tipo psicológico-, dieron pie a una retahíla de declaraciones públicas en el mismo sentido por parte de deportistas procedentes de muy variadas disciplinas y otras personalidades vinculadas al mundo del deporte.

        

Estos hechos me han traído a la memoria un reportaje que vi hace bastantes años en televisión sobre la trayectoria deportiva y personal de la tenista aragonesa Conchita Martínez. En aquel entonces me impactó el relato de una joven traumatizada por un entorno de exigencia desmedida que convirtió su vida en un infierno durante aquella etapa. Felizmente, hoy es una mujer adulta con una carrera de éxito que entrena a otros jóvenes deportistas. Me gustaría conocer su punto de vista, como experta y veterana, de lo que sucede en la alta competición en materia de salud mental. Podría contribuir a orientar a las familias y al personal técnico encargado de su preparación, a fin de prevenir y tratar los problemas emocionales que suelen sufrir muchas de estas jóvenes desde su infancia. Posiblemente nos ayudaría a dilucidar si en demasiadas ocasiones se ha podido someter a niños y adolescentes con talento a una presión excesiva en pro de un esperado “éxito”, traducido en forma de victorias, récords y premios. Si se han antepuesto otros intereses -como los económicos, el orgullo del club o territorio representado, etc.- al desarrollo personal sano y equilibrado de atletas y jugadores.

Desde mi punto de vista, el exceso de rigor en los entrenamientos y el control e implantación de determinados hábitos de vida que se exigen a muchos desde temprana edad pueden convertirse en una forma de maltrato.

Si se juzga exagerada mi argumentación, pensemos en los casos que se repiten en el mundo de la gimnasia artística, por ejemplo, o fuera del ámbito estrictamente deportivo, en el ballet clásico, o el ajedrez. Hasta qué punto se llega a veces a forzar los pequeños cuerpos y mentes de criaturas que pueden ver en riesgo incluso su crecimiento y la morfología corporal adecuada, su desarrollo socioafectivo…

No se cuestiona aquí la conveniencia de fomentar en los jóvenes el espíritu de sacrificio, o de inculcarles el valor del esfuerzo. Solo pretendo subrayar la relevancia de hacerlo en su justa medida y adaptado a la edad y circunstancias de cada deportista. Si el adiestramiento en cualquier disciplina no se lleva a cabo de un modo progresivo y dentro de unos límites, se corre el peligro de terminar infligiendo una  tortura en toda regla.

(Continúa en la 2º parte)


La ola invisible de la pandemia, por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

Imagen extraída de:
 https://www.diariomedico.com/medicina/medicina-preventiva/las-cuatro-oleadas-de-la-pandemia.html

 Hace ya varios meses que la OMS advirtió sobre los efectos devastadores que la pandemia de la COVID-19 estaba produciendo en la salud mental de colectivos profesionales como el sanitario y del conjunto de la sociedad. Con especial repercusión en víctimas menos evidentes, como es el caso de niños/as y adolescentes (a priori se esperaba mayor prevalencia en los mayores, pero seguramente por sus trayectorias vitales -marcadas por momentos más duros- estaban más preparados para resistir, dentro de lo que cabe).

Lo venían avisando también numerosas asociaciones y entidades profesionales del ámbito de la salud; y particularmente, del sector de la psicología. Esta semana lo ha recordado un político -Íñigo Errejón- en la sesión de control al gobierno en el Congreso de los Diputados: La cuarta ola de la pandemia afectará aún más de lleno a la salud mental, y es urgente dotar los servicios públicos de salud de muchos más profesionales de la Psicología, tanto en Atención Primaria como en la Hospitalaria, incorporándolos también en equipos de Prevención y Salud Comunitaria.

Debemos entender esto como una prioridad, no un asunto secundario: recordemos que una de las primeras causas de mortalidad en niños y jóvenes es el suicidio. Hay que centrarse, por tanto, en esta población que -de una forma menos visible- está acusando los efectos del aislamiento y las limitaciones a su desarrollo socioafectivo que conllevan las restricciones impuestas por la situación; que se contagian de los nervios y la tristeza de sus familias derivados de los problemas económicos y de salud que les tocan de cerca. 

La necesidad de jugar, de socializarse en un ambiente más abierto y amplio que el de su familia en el hogar, además -claro está- del derecho a una educación integral, plena y efectiva, justifican que se mantengan los centros escolares en funcionamiento, siempre que sea posible observar las debidas medidas preventivas. En ambos contextos, educativo y familiar, será clave potenciar, entre otras, capacidades como la resiliencia y valores como el altruismo desde las primeras etapas de la infancia. Esto solo será factible con la guía de personas expertas si se dispone de los recursos humanos que antes he apuntado.

Es cierto que hasta ahora el apoyo familiar espontáneo y la asistencia presencial a clase, cuando se han dado, han amortiguado en parte las secuelas emocionales de la pandemia; pero si no se refuerzan la atención y los recursos para poder minimizarlas, no podremos impedir que nuestras hijas e hijos de hoy se conviertan en adultos traumatizados mañana.




"Ante un futuro incierto", por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

Autor Diego F. Parra (Fuente: pexels.com)

Se acumulan los meses de incertidumbre, el término que más se repite últimamente, y no por casualidad. La pandemia apenas ha dado tregua y nos enfrenta a un doble escenario,  aparentemente paradójico. Por un lado, hay mucha gente asustada: personas mayores que temen por sus vidas; personas más jóvenes que ven peligrar sus trabajos, el sustento de sus familias; el personal sanitario, más preocupado ante la perspectiva de una inminente avalancha de ingresos hospitalarios. Por otro lado, vemos por la calle y en las noticias algunos individuos y grupos de personas insensatas que desprecian los esfuerzos más o menos atinados de las autoridades y la población en general por mantener bajo control al virus sin rematar la economía. Y en semanas recientes se ha desatado una polémica -entre otras- sobre la oportunidad del inicio del curso escolar en estos momentos, cuestionándose la adopción precipitada o tardía de numerosas decisiones de los políticos del ramo en un contexto de flagrante improvisación...

Amanecemos un día más con la frustración de sentirnos meros espectadores que asisten perplejos a una interminable sucesión de despropósitos en medio de una crisis sin precedentes. Es como si nuestra existencia se hubiera convertido en un remedo de aquella película de Harold Ramis, "Groundhog Day" (1993), más conocida en España como "Atrapados en el tiempo" (o “El día de la marmota”), en la que Bill Murray sufre una pesadilla cada mañana cuando se despierta y descubre que el mismo día se repite una y otra vez, y que -haga lo que haga- al final siempre se ve metido en los mismos  o peores atolladeros, malográndose todo intento de enmendar sus errores.

Más extraño e inquietante es un filme de M. Night Shyamalan cuyo tinte apocalíptico podría haberse inspirado perfectamente en los tiempos que vivimos, en los que -todavía más que las terribles amenazas del calentamiento global, las pandemias y otras catástrofes- preocupa la torpe o nula reacción a las mismas de una especie presuntamente inteligente como la nuestra. "The Happening" (2008), aquí titulado "El incidente", es el relato de la huida desesperada de un profesor de ciencias de Nueva York -encarnado por Mark Whalberg- y su mujer, tras producirse un fenómeno inexplicable que conduce a la gente a matarse de todas las formas imaginables. Los protagonistas se hallan atrapados en un mundo que ha enloquecido. Verdaderamente esta ficción cuasi-distópica recuerda demasiado al mundo real, sin duda abocado a la desaparición si quienes lo habitamos no revertimos esta vocación suicida que parece haberse adueñado de nuestras voluntades. Tanto en la imaginación del realizador de origen indio como en la realidad actual queda patente que el planeta se rebela y se defiende de las agresiones constantes de la Humanidad, que ponen en peligro la supervivencia de todos. Y mucho me temo que las tragedias que asolan el globo han sido hasta ahora únicamente señales de advertencia. La buena noticia es que tal vez estemos a tiempo de frenar este fenómeno de autolisis colectiva si logramos comprender -al menos en parte- lo que nos pasa, por qué nos pasa y qué podemos hacer para cambiarlo.

 A través del prisma de la psicología se aprecia cómo las personas vienen padeciendo durante un período de tiempo prolongado un carrusel de sentimientos y emociones negativas como el miedo, la ansiedad y la desesperanza, que se gestaron durante el estado de alarma y el confinamiento a raíz de la amenaza de primer orden que ha supuesto la pandemia. Alteraciones que siguen causando estragos en la población, que se resiste a aceptar que la denominada "nueva normalidad", tan anómala y enajenante, ha llegado para quedarse -al menos- una buena temporada. Y, como no se vislumbra con claridad lo que tardará en llegar el final de esta pesadilla que comienza a eternizarse, la gente demanda respuestas para conjurar la desesperación; certezas que ni la ciencia ni la política pueden ofrecer con la celeridad y la solidez que desearíamos. Esta cortapisa ha dado lugar a la proliferación de bulos y teorías "conspiranoicas" de todo tipo que nos llevan a situaciones de un surrealismo delirante que favorecen el caos y el desgobierno. Ante este panorama, no es raro experimentar cada vez una mayor indefensión y desconcierto.

 Si abordamos esto desde un análisis sociopolítico elemental, coincidiremos en que la envergadura de los problemas que nos acucian requeriría de liderazgos sólidos en los países más poderosos e influyentes que apostaran por resolver las cuestiones prioritarias de un modo cooperativo, afrontando con buenas dosis de inteligencia emocional la crisis planetaria provocada por la pandemia. Desgraciadamente, es bastante obvio que lo que abunda es precisamente lo contrario; líderes erráticos e imprudentes hasta provocar estupor. Todo esto propicia el ascenso de diferentes formas de populismos, a cuál más peligrosa y temible...

 Regresando al punto de vista de la psicología, me voy a centrar en una de las emociones potencialmente más destructivas: el miedo. Concretamente, el miedo expresado en el temor a lo desconocido, a lo diferente y al cambio. 

Sabemos, a priori, que el miedo desempeña un papel determinante en la supervivencia de la especie; en especial cuando éste es oportuno, proporcionado y racional, porque se manifiesta como una reacción emocional adecuada a amenazas reales, próximas en el espacio y el tiempo, acompañada de una respuesta adaptativa de prudencia y protección en forma de evitación del peligro -prevención- o huida del mismo. Sin embargo, cuando el miedo se apodera de todo y se descontrola, deja de ser funcional y se convierte en patológico. Existe una lista interminable de fobias, que se va actualizando según lo hacen nuestras costumbres y el mundo que nos rodea, igual que ocurre con las adicciones. Podemos llegar a tener miedo de todo lo imaginable, incluso desarrollar un miedo al miedo que subyace a los ataques de pánico, por ejemplo. En muchas ocasiones está justificado sentirlo: la existencia está plagada de riesgos que corremos por el mero hecho de estar vivos. Es natural preocuparse por la infinidad de factores que pueden comprometer nuestra salud y nuestro bienestar, pero empieza a ser un problema grave cuando vivimos con el susto en el cuerpo constantemente, por una cosa o por otra, ¡o por todas a la vez! Eso implica vivir una angustia permanente que llega a ser insoportable para cualquiera. Y la probabilidad de que se produzca esta situación aumenta en épocas donde el peligro percibido se generaliza, como en las pandemias.

El miedo, la inseguridad y la desconfianza desmedida, aparte de hacernos sufrir más de la cuenta, nos limita y empobrece, e incluso nos vuelve agresivos. 

El miedo alimentado por la ignorancia y el prejuicio sobre lo que percibimos como diferente nos lleva a cometer injusticias, a discriminar a personas que no lo merecen.

El miedo a lo desconocido nos conduce a desperdiciar ocasiones de avanzar en la vida, por negarnos sistemáticamente a asumir riesgos, ni siquiera aquellos que se podrían considerar justificados y controlados.

El miedo al cambio desemboca en el estancamiento, en la parálisis.

Buena parte de nuestros problemas actuales, pasados y futuros, como individuos y como sociedad, se originan y se agravan por el dominio que el miedo ejerce sobre nuestras acciones (e inacciones): Por el temor a protestar y a reclamar lo que por derecho nos corresponde, a exigir más a nuestros representantes, vaya que nos represalien y acabemos peor que estábamos. Por el temor a conocer y convivir con otras personas, por si nos decepcionan y nos hacen daño. Y el temor a negociar para resolver conflictos, por si nos terminan engañando o interpretando nuestra buena voluntad como una debilidad. El temor a probar, experimentar, ensayar nuevas fórmulas, explorar nuevos caminos para salir de un bache, de una crisis, por si nos equivocamos y empeora nuestra situación. ¿Cuántas ocasiones de ser más felices desperdiciamos por culpa del miedo?

 Así pues, la solución pasa por aprender a tolerar el miedo, a gestionarlo y superarlo siempre que sea factible; a mantenerlo a raya sin que impida que vivamos la vida, incluso durante una pandemia, y si me apuran hasta durante una guerra o un cataclismo. No nos queda otra que intentarlo al menos, si no queremos renunciar a que existir sea sinónimo de sentirnos vivos. Hagámoslo por nosotros mismos y por nuestros hijos e hijas. ¡ATREVÁMONOS!

 Parafraseando al entrañable autor Matt Haig, a quien sigo en redes sociales y cuya obra he leído y recomiendo encarecidamente, la incertidumbre tiene un lado positivo, y es que nos abre un mundo de posibilidades, algunas de las cuales son prometedoras. No perdamos, por tanto, nunca del todo la esperanza de ser capaces de labrarnos un futuro mejor, desde un presente de compromiso activo frente a la sinrazón, el egoísmo, el miedo y la injusticia.

 

 

"EL INSOMNIO DE MARINA, UNA ENFERMERA EN TIEMPOS DE PANDEMIA", por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

"Game Changer", @banksy.
Pintura donada por el autor a un hospital de Southampton.


Marina lleva sin pegar ojo demasiadas noches seguidas. Los turnos en la UCI han sido agotadores durante semanas, pero casi lo prefiere a las noches de descanso, cuando dispone de tiempo para pensar.
Se agobia dándole vueltas a mil cosas, empezando por los recuerdos de la pesadilla sufrida en el hospital, donde atendían a destajo casos graves de pacientes que empeoraban a un ritmo endiablado, bastantes de los cuales no llegaban a superar la enfermedad a pesar de la ventilación mecánica -cuando disponían de suficientes aparatos- y de los cócteles de tratamientos que les suministraban a la desesperada. ¡Qué impotencia!
También le invade el miedo de pillar el dichoso virus y contagiar a su marido hipertenso, o a sus hijos, tan pequeños; y estar fuera de juego varias semanas, dejando aún más mermado el servicio.
De pronto se llena de rabia, al ser consciente de lo indefensos que han estado ante la avalancha de casos, lo desprotegidos que aún se encuentran en el hospital, con la escasez de equipos de protección adecuados y de pruebas fiables; en medio -eso sí- de multitud de aplausos desde los balcones y de la comparecencia de políticos de todos los partidos sacando pecho por ellos y rasgándose las vestiduras por las cifras escandalosas de víctimas, entre las que se cuentan muchos sanitarios…
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 Nos felicitan en el Día Mundial del Personal de Enfermería; nos llaman heroínas, y hasta nos hacen la ola, pero yo no quiero convertirme en una heroína forzosa. Yo solo pretendo hacer mi trabajo en condiciones, ayudar a salvar vidas sin poner gratuitamente en peligro la mía ni las de quienes me rodean. No deseo recibir medallas, ni que otros se las pongan en mi nombre. Me repugna que utilicen el sufrimiento y el dolor de las víctimas como arma arrojadiza, los unos y los otros, con un ejército de “destroyers” dando la matraca en las redes sociales, los mismos que luego alternan los aplausos con las caceroladas. ¡Qué lamentable espectáculo! ¡¡Es que me enciendo!!
Y es entonces cuando me siento culpable -e incluso avergonzada- por dejarme llevar por la ira, por meter a todos en el mismo saco y no valorar y agradecer lo suficiente el gesto solidario, amable y generoso de mucha gente anónima, que no debo olvidar ni menospreciar. No era esa mi intención en absoluto. Tengo claro que necesitamos esa inyección de moral, especialmente en estos momentos de bajón, como el que me está dando ahora mismo.
 ¡Dios, se me va a ir la cabeza!
 ¡No! Ahora no puedo permitirme ese lujo, queda mucho por hacer.
Con el inicio de la “desescalada” nos pegamos patadas en el culo por entrar en la “nueva normalidad”, sin tener nada claro en qué demonios consistirá eso. La gente se desespera -que lo comprendo- por salir a tomar el aire, una cañita en una terraza; por sacar a sus chiquillos a que desfoguen; por recuperar su actividad normal, sus empleos y sus ingresos. Lógico. Pero yo no puedo evitar el tembleque ante la posibilidad de un rebrote, de una traumática vuelta a la línea de salida. Y me pregunto, sinceramente, si ahora estamos más preparados para afrontar un repunte de contagios. En parte, seguro que sí; pero queda un gran trecho por recorrer antes de considerar controlada la situación, y no sé si sería capaz de enfrentarme otra vez al escenario dantesco recién padecido.
Supongo que por eso me irrito tanto cuando veo o me cuentan cómo demasiada gente se salta las normas y las recomendaciones que lograrían prevenir en buena medida un nuevo descalabro social, económico y sanitario.
En fin, voy a tomarme un chute de valeriana forte con un gramo de melatonina y un zolpidem de postre -vaya gazpacho-, a ver si concilio el sueño, que falta me hace.
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 …Y Marina trata de echar, al menos, una cabezada que la ayude un poco a recuperar las fuerzas y el ánimo. Y esta vez -por fortuna- lo consigue, aunque sea durante un rato.
Buenas noches y buena suerte, querida Marina, porque tu suerte será también la nuestra.

  

Portada "The New Yorker", 6 de abril, 2020.

Medidas útiles para afrontar el confinamiento

Estos días están circulando por las redes multitud de consejos sobre la mejor manera de afrontar el confinamiento impuesto por el Estado de Alarma decretado por el gobierno, medida adoptada a mediados de marzo a raíz de la irrupción de la pandemia del coronavirus, “COVID 19”. Muchos de ellos son bastante válidos; otros, no tanto. Desde un punto de vista psicológico, algunas de las estrategias más pertinentes son las siguientes:

-          Motivación: Recuérdate a diario que este esfuerzo que haces de quedarte en casa contribuye de una manera fundamental al control de la pandemia, y en consecuencia a SALVAR VIDAS. Aparte de evitar encontronazos con las fuerzas de seguridad y de exponerse a posibles detenciones, sanciones o multas, y al margen del probable reproche de nuestros conciudadanos, nuestra motivación para mantenernos dentro de casa se ha de sustentar en el orgullo de sentirnos responsables y solidarios con el resto de la sociedad.

-          Aceptación: Te convenzan más o menos las decisiones que van adoptando las autoridades, no malgastes energía rebelándote contra casi todo lo que ocurre a tu alrededor. Alimentar emociones negativas a menudo fomentadas por el bombardeo de falsas noticias al que estamos sometidos/as; recrearnos en lo mal que está todo, lo fatalmente que se está llevando la gestión de la crisis, etc., solo aumenta nuestra indignación y agranda inútilmente nuestra frustración.

-          Minimización: Aun a sabiendas de que adaptarnos rápidamente a los cambios que conlleva el cumplimiento de las normas derivadas del Estado de Alarma supone un desafío considerable, conviene restarle importancia al asunto dentro de lo posible. Excepción hecha de situaciones que se puedan complicar, en circunstancias normales, quedarnos en casa y no salir salvo en caso de estricta necesidad es, a fin de cuentas, un mal menor.

-          “Atractivación”: Me permito la licencia aquí de acuñar un “palabro”, donde se fusionan dos ideas, activarte y hacer más atractiva la situación que te toca vivir. A continuación, voy a desarrollar más detenidamente este punto.
Demos un paso más allá. Si ya estamos motivados/as, aceptamos la situación y minimizamos la gravedad del confinamiento, ¿qué más podemos hacer para afrontar lo que seguramente más nos preocupa a este respecto, que no hay fecha para regresar a la vida normal, que tal vez tengamos que pasar semanas e incluso algunos meses recluidos/as?

Este paso adelante es el que marca la diferencia entre la resignación y la proactividad, entre la supervivencia (mental) y el bienestar.

Para que no decaiga el ánimo vamos a empezar por:
1)      Centrarnos en el día a día, no pensar en un plazo más allá de un par de días vista. No nos pongamos en el peor escenario, sufriendo gratuitamente por algo que ignoramos y que aún está por llegar.
2)      Podemos permitirnos descansar un poco más de lo habitual, pero estableceremos horarios, nos pondremos rutinas, con cierta flexibilidad, pero manteniendo unos mínimos de orden y método, que nos ayudarán a estructurar el día y a llevar a cabo tareas que harán que el día transcurra más deprisa. ¡Combatid el aburrimiento!
3)      Cuidaremos nuestra higiene y nuestro aspecto con esmero, nada de abandonarse.
4)      Repartiremos la actividad entre el ocio y el “negocio” (estudio; teletrabajo, en su caso), de forma variada, cambiando también de espacios dentro del hogar siempre que se pueda, habitaciones, patio, terraza, balcón. Varias veces al día nos asomaremos a la ventana a contemplar nuestra calle, nuestro barrio, a tomar el aire, a saludar a un vecino, a escuchar el silencio solo roto por el trino de los pájaros, algo impensable hace pocos días…
5)      Fomentar el entretenimiento de toda índole, lectura, escritura, escuchar o tocar música, cantar, bailar, hacer ejercicio, jugar a juegos de mesa, cocinar, ver series, películas, documentales…
6)      Las obligaciones domésticas nos las repartiremos de forma cooperativa entre los miembros disponibles de la familia, del modo que resulte menos gravoso para todas/os.
7)      Aprovechemos para convivir más a fondo con el resto de la familia, favoreciendo una comunicación asertiva, a fin de prevenir o atenuar los conflictos. Acércate a los demás ahora que dispones de más tiempo para profundizar en las relaciones humanas, de conocerte mejor a ti misma/o y a tus seres queridos.
8)      Mantengamos también el contacto con otros parientes, vecindario y amistades a través de las redes sociales, los videochats, y los encuentros de balcón a balcón.
9)      Para alcanzar el éxito en todo lo anterior, será de gran utilidad emplear buenas dosis de imaginación y sentido del humor, que estimularán y darán color y sabor a todo lo que hagamos.

Este primer artículo sobre las formas de afrontar el confinamiento desde una perspectiva mentalmente saludable pretende ser una invitación a descubrir el potencial de crecimiento personal que nos ofrece el hecho de vernos sometidos a una experiencia que se puede vivir como una situación límite en muchos sentidos, pero también como una oportunidad única para superarnos y valorar aspectos de la existencia que las prisas habituales nos han impedido apreciar hasta ahora.

En el siguiente artículo, que publicaré en los próximos días, abordaremos la situación de confinamiento cuando hay personas enfermas en casa y la obligación añadida de cumplir con una cuarentena. Y posteriormente, en un tercer artículo, me centraré en la preocupación por las tremendas consecuencias económicas y laborales de esta crisis.