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El "pin parental" o la consagración de una educación "a la carta"

 

Imagen de Katerina Holmes (pexels.com)

Quienes me conocen o me leen saben de mi defensa constante de las bondades de la familia. Es la proveedora principal de recursos para cubrir las necesidades de las personas; desde el sustento al afecto, pasando por el apoyo de todo tipo para que sus miembros obtengan el mayor bienestar posible en este mundo. Y la responsabilidad de dirigir la educación que precisa cada individuo en sus primeros años de vida hasta alcanzar su autonomía recae, sobre todo, en los progenitores. Esta postura la he defendido reiteradamente allí donde he tenido ocasión, como psicólogo y como padre, con una trayectoria que ronda los treinta años en el desempeño de ambos roles.


Pero ser proveedor principal no es lo mismo que exclusivo: El Estado también debe contribuir a garantizar la subsistencia y a promover el bienestar de la ciudadanía, a menudo con la colaboración de organizaciones de diversa índole que nutren la sociedad civil (instituciones religiosas y laicas; voluntariado de ONGs, etc.). También es responsabilidad del Estado proporcionar una educación básica a los individuos inspirada en valores universales que los prepare para convivir en una sociedad democrática.

Que el Estado vele por la satisfacción y el cumplimiento de tales necesidades y derechos permitirá que se corrijan disfunciones en aquellas familias donde se hace dejación de esta responsabilidad, cuando por distintas circunstancias no se dispensen los cuidados mínimos exigibles en su seno. Por ello las leyes anteponen el interés superior de los menores a los derechos que como padres y madres podamos atribuirnos. Conviene recordar en este punto que somos tutores de nuestros hijos, no dueños de sus vidas ni de su albedrío.


Por otro lado, el Estado tampoco es garante privativo y excluyente de los derechos y necesidades de los que los más jóvenes son acreedores. Partimos de la referencia a unos poderes también sujetos a controles y límites, como es el caso de un Estado democrático -y social- de derecho regulado en la Constitución Española, norma fundamental bajo la que toda la ciudadanía de este país debe regirse.


Así pues, el éxito de un itinerario educativo diseñado para convertir aprendices de ciudadanos en personas cívicas, con juicio propio y espíritu crítico, dependerá del equilibrio de influencias procedentes del ámbito familiar, escolar y social.

Desde esta perspectiva, considero que no es pertinente una educación “a la carta”, según gustos y pareceres, como la que derivaría del establecimiento del llamado “pin parental”, medidas de consentimiento o autorización expresa de los progenitores permitiendo o denegando la participación de sus hijos en cada actividad complementaria que se incluya en el currículo escolar de cada centro, empezando por las que se imparten por personal ajeno al claustro de profesores.


Moviéndonos entre el mundo de lo inverosímil y lo posible, ¿será potestad de los padres decidir si es apropiado que sus hijos asistan o no a una charla sobre “ciber-acoso” impartida por agentes expertos de la Policía? ¿O tal vez será opinable la participación de los estudiantes en actividades prácticas de educación vial organizadas por responsables municipales? ¿Dejamos en manos de algún padre “terraplanista” y/o “creacionista” el permiso para que sus hijos puedan asistir a actividades divulgativas sobre Astronomía y Biología en el museo de las ciencias local? ¿Es opinable la importancia, la necesidad y el derecho de nuestros hijos a conocer el Sistema Solar y la Evolución de las Especies hasta donde nos permiten los avances de la ciencia actual?
Y llevando la lógica del derecho a elegir de los padres más allá del currículo académico, ¿podríamos asumir también que alguna madre “anti-vacunas” decida no vacunar a su hijo durante la campaña de vacunación escolar; o que algún padre “testigo de Jehová” impida que a su hija le hagan una transfusión de sangre cuando corre peligro su salud y hasta su vida?


Organizaciones como el Foro de la Familia en Murcia alegan que la intención de esta medida del “pin parental” es impedir la ideologización y el adoctrinamiento. Entiendo que se refieren a las que provengan de gobernantes no afines a su propia ideología y/o a la posible doctrina religiosa del culto al que sean fieles, claro. Y el foco de la batalla que les mueve parece centrado en sustraerse a las actividades formativas en el ámbito de la educación sexual, el respeto a la diversidad y a los derechos humanos… Llamativo, y preocupante.


Cabe replicar, entre otras cuestiones, que existen mecanismos de control y participación que dan protagonismo a las familias en el ámbito de la comunidad educativa, como son las AMPAS y los Consejos Escolares. Son órganos de representación democrática donde las familias tienen voz y voto. Es en esos foros donde se puede y se debe debatir cómo se concretan en cada territorio y en cada centro determinados aspectos acerca de los objetivos y los contenidos curriculares plasmados en el Plan de Centro, así como cuestiones relativas a la convivencia y el funcionamiento del mismo.


Ciertamente se podrá argumentar que el poder de decisión de esos órganos de representación de las familias es limitado; y que estas han perdido peso en los últimos años en el ámbito de los consejos escolares. Igualmente se puede alegar que las instituciones del Estado administradas por el gobierno de turno dejan mucho que desear en la aplicación de políticas educativas que deberían inspirarse en la vocación de universalidad y de respeto a la pluralidad que impregnan la Carta Magna y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no en intereses partidistas o en enfoques sectarios. Pero, según yo lo veo, pretender neutralizar la arbitrariedad, el sectarismo, la prepotencia o el gregarismo del que unos actores acusan a otros en el escenario educativo autorizando el ejercicio de un veto a discreción -el “pin parental”- es un error.


La solución, a mi entender, pasa por que la sociedad española apremie a sus representantes para que asuman de una vez por todas la tarea necesaria y urgente de consensuar unos principios mínimos, básicos y universales basados en la traslación de los mandatos recogidos en la Constitución y en el Derecho Internacional suscrito por el Estado español a una realidad histórica y social en constante evolución.


Las sociedades modernas y globalizadas incluyen cada vez más familias de diversa procedencia y mentalidad, con diferentes aspectos, creencias e ideologías. Para fomentar la cohesión, la cooperación y la convivencia pacífica en este contexto, debemos redoblar esfuerzos por identificarnos de forma unánime con esos principios morales comunes consensuados previamente, regulados en leyes y normas emanadas de la voluntad de la mayoría. Una mayoría que, en democracia, ha de respetar desde luego a las minorías, pero salvaguardando -como ya he apuntado- a través de la educación el cumplimiento de los preceptos morales que deberá observar el conjunto de la ciudadanía.


Esto solo se puede lograr afianzando una educación que asegure unos fundamentos éticos compartidos, blindando un currículo básico transversal de formación en valores que nadie esté legitimado para boicotear: ni las confesiones religiosas, ni los partidos políticos, ni “lobbies” de diferente naturaleza, ni familia ni sujeto alguno, que deliberadamente confundan el valor sagrado de la libertad con la imposición de su punto de vista particular sobre el interés general de la sociedad.


De este modo, formaremos y educaremos a nuestras hijas e hijos para que aprendan a desenvolverse en un entorno plural donde la discrepancia es legítima e imperan la promoción del conocimiento y la ciencia, la cultura de la negociación, el consenso, la tolerancia, la solidaridad y la convivencia, inspiradas esencialmente en los principios de igualdad, justicia y libertad que, en contra de lo que desde algunas tribunas “tuiteras” se quiere dar a entender, no son principios antagónicos e incompatibles, sino precisamente lo opuesto.

La ola invisible de la pandemia, por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

Imagen extraída de:
 https://www.diariomedico.com/medicina/medicina-preventiva/las-cuatro-oleadas-de-la-pandemia.html

 Hace ya varios meses que la OMS advirtió sobre los efectos devastadores que la pandemia de la COVID-19 estaba produciendo en la salud mental de colectivos profesionales como el sanitario y del conjunto de la sociedad. Con especial repercusión en víctimas menos evidentes, como es el caso de niños/as y adolescentes (a priori se esperaba mayor prevalencia en los mayores, pero seguramente por sus trayectorias vitales -marcadas por momentos más duros- estaban más preparados para resistir, dentro de lo que cabe).

Lo venían avisando también numerosas asociaciones y entidades profesionales del ámbito de la salud; y particularmente, del sector de la psicología. Esta semana lo ha recordado un político -Íñigo Errejón- en la sesión de control al gobierno en el Congreso de los Diputados: La cuarta ola de la pandemia afectará aún más de lleno a la salud mental, y es urgente dotar los servicios públicos de salud de muchos más profesionales de la Psicología, tanto en Atención Primaria como en la Hospitalaria, incorporándolos también en equipos de Prevención y Salud Comunitaria.

Debemos entender esto como una prioridad, no un asunto secundario: recordemos que una de las primeras causas de mortalidad en niños y jóvenes es el suicidio. Hay que centrarse, por tanto, en esta población que -de una forma menos visible- está acusando los efectos del aislamiento y las limitaciones a su desarrollo socioafectivo que conllevan las restricciones impuestas por la situación; que se contagian de los nervios y la tristeza de sus familias derivados de los problemas económicos y de salud que les tocan de cerca. 

La necesidad de jugar, de socializarse en un ambiente más abierto y amplio que el de su familia en el hogar, además -claro está- del derecho a una educación integral, plena y efectiva, justifican que se mantengan los centros escolares en funcionamiento, siempre que sea posible observar las debidas medidas preventivas. En ambos contextos, educativo y familiar, será clave potenciar, entre otras, capacidades como la resiliencia y valores como el altruismo desde las primeras etapas de la infancia. Esto solo será factible con la guía de personas expertas si se dispone de los recursos humanos que antes he apuntado.

Es cierto que hasta ahora el apoyo familiar espontáneo y la asistencia presencial a clase, cuando se han dado, han amortiguado en parte las secuelas emocionales de la pandemia; pero si no se refuerzan la atención y los recursos para poder minimizarlas, no podremos impedir que nuestras hijas e hijos de hoy se conviertan en adultos traumatizados mañana.




La "paradoja cognitiva" de las personas con el Síndrome de Asperger, por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

 

Fuente: pexels.es. Fotógrafa: Sharon McCutcheon

Hoy, 18 de febrero, se celebra el Día Internacional del Síndrome de Asperger, (SA) un trastorno generalizado del desarrollo incluido en la categoría diagnóstica de los trastornos del espectro autista.

 Las personas con SA comparten características con otras formas de autismo, pero disponen de lenguaje verbal, con sus peculiaridades, y poseen una capacidad intelectual media o incluso superior. De ahí que, a veces, también se considere que tienen una "discapacidad invisible", dado que sus problemas no son tan evidentes en un primer momento, a diferencia de lo que ocurre con otro tipo de déficits.

Parafraseando la guía “Un acercamiento al Síndrome de Asperger: una guía teórica y práctica” elaborada por la Asociación Asperger España con el asesoramiento técnico del Equipo Deletrea:

" (...) La presencia de una inteligencia media que caracteriza a la mayoría de las personas con SA puede llevar a infravalorar las dificultades y limitaciones con las que estas personas se encuentran en la vida diaria.

Poseer un cociente intelectual normal o superior no garantiza el desarrollo de una vida autónoma y satisfactoria. Cada vez se pone más énfasis en el concepto de inteligencia emocional o social, para designar aquella "inteligencia" que no es valorada en las pruebas estandarizadas y que es fundamental para la consecución del éxito personal, académico y profesional. Este tipo de inteligencia engloba capacidades tan importantes como la empatía, el juicio social, la capacidad de persuadir o negociar, etc. Para explicarlo con un ejemplo, ser capaz de almacenar gran cantidad de información o mostrar una excelente memoria para las fechas no son de gran ayuda a la hora de detectar si un compañero nos está engañando.

Es muy frecuente que los alumnos con SA presenten fracaso escolar (sobre todo a partir del segundo ciclo de Secundaria), fracaso difícil de entender si nos limitamos a valorar el CI. Las actitudes perfeccionistas de muchos chicos con SA, que llevan a una lenta ejecución de las tareas, las dificultades atencionales,  la desmotivación, la dificultad para comprender conceptos abstractos, las limitaciones a la hora de organizar las tareas o la mala estimación y planificación del tiempo son sólo algunos de los factores que limitan enormemente su éxito académico.

Por otra parte, en el mundo laboral las características inherentes al síndrome también obstaculizan su éxito profesional. La escasa comprensión de las normas implícitas que rigen el funcionamiento de una empresa, la escasez de habilidades empáticas, la mala administración y organización del tiempo, la presencia de comportamientos considerados extravagantes por los demás, dificultan la vida profesional de estas personas. El CI, considerado de manera aislada, es un mal predictor del éxito académico y profesional (...) "

Un caso particular que podemos encontrar con relativa frecuencia es el de personas con Asperger con altas capacidades que no pueden suplir su falta de habilidad en otros ámbitos tan importantes como el desarrollo socioafectivo y psicomotriz. Encontramos, por ejemplo, casos de jóvenes con una memoria y una expresión verbal excepcionales, a los que -sin embargo- cuesta comunicarse de una manera adaptativa, debido principalmente a importantes carencias en asertividad y empatía, falta de inteligencia emocional, rutinas compulsivas, rigidez mental, etc., que complican sobremanera sus opciones de integración en la sociedad.

 Las familias de personas con estas características reportan sus frustraciones, confusión, baja autoestima y alteraciones del estado de ánimo (cambios bruscos de humor, bloqueos…), que afectan a todos en casa. Pueden llegar a ser muy absorbentes, restando tiempo de atención o dedicación a los demás en el hogar y fuera del mismo.

 Algunas de las principales estrategias de intervención, siguiendo la pauta de la guía arriba citada, consistirán en:

-      Asegurar un ambiente estable y predecible, evitando cambios inesperados, lo que les proporciona sensación de seguridad.

-    Ayudarles a organizar su tiempo libre, evitando la inactividad o la dedicación excesiva a sus intereses especiales.

-    Enseñar de manera explícita habilidades y competencias que por lo general no suelen requerir una enseñanza formal y estructurada (como habilidades básicas de interacción social).

-   Priorizar objetivos relacionados con los rasgos nucleares del SA (dificultades de relación social, limitación en las competencias de comunicación y marcada inflexibilidad mental y comportamental).

-   Incluir los temas de interés para motivar en el aprendizaje de nuevos contenidos, a modo de gratificaciones o recompensas.

-  Prestar atención a los indicadores emocionales para prever y prevenir posibles alteraciones en el estado de ánimo.

-  Evitar en lo posible la crítica y el castigo, enfatizando más los factores motivadores antes mencionados.

El egoísmo y la soberbia -a menudo pedante- que exhiben algunas de estas personas en determinadas circunstancias y contextos, las hacen antipáticas a nuestros ojos. No debemos confundirnos: se trata de personas que necesitan ayuda para aprender a interpretar las claves sociales y emocionales que les permitirán desenvolverse de un modo más satisfactorio para ellas mismas y su entorno. Además, tampoco sería justo olvidar las cualidades positivas típicas de este colectivo, como su sinceridad, su conciencia moral, su perseverancia...

 En suma, podemos concluir que resulta una tarea ardua ayudar a una persona con Asperger a integrarse sin que se vea forzada a reprimir e incluso anular su espontaneidad como estrategia para pasar desapercibida. En esta misión perseguimos lograr un difícil equilibrio entre la adaptación y aceptación social de las personas con SA y la preservación y el respeto a su identidad y su singularidad. Ello pasa por el fomento de la sensibilidad de la sociedad (familia y comunidad) acerca de las personas con Asperger, haciendo una labor sistemática de divulgación e implementando políticas educativas, sociales y sanitarias que promuevan el desarrollo de programas de intervención adecuados.

 

 

 

 

Enfrentarse al miedo a los terremotos

Imagen mostrada en el artículo


En diferentes zonas del planeta el riesgo sísmico es mayor. Concretamente una de ellas se localiza en la Cordillera Subbética, constituida por sierras ubicadas en varias provincias andaluzas. Uno de los puntos calientes se encuentra en la zona de Sierra Elvira, en el área metropolitana de Granada, donde se encuentra una falla que separa la sierra de la vega granadina, responsable en parte del enjambre de seísmos que venimos padeciendo últimamente. Pero la verdad es que tanto en España como en muchos otros países del mundo hay numerosas zonas de alto riesgo, y cuando la tierra tiembla, la gente tiembla: se despierta en las personas un miedo atávico a los terremotos...

Así pues,  considero oportuno compartir aquí un enlace con un artículo de interés redactado por la Sección de Psicología de la Intervención en Crisis, Catástrofes y Emergencias del Colegio de Psicología de Andalucía Oriental.

http://www.copao.com/index.php/161-n1/1216-miedoterremoto


Como resumen transcribimos aquí un decálogo de consejos:

" (...)

El DECÁLOGO:

- Asumir que tienes un determinado miedo: reconocer la emoción que tienes es un paso fundamental. Considerando que sentir miedo es natural y que probablemente tiene un motivo.

- Reconocer que no tienes el control. El día a día, por muy controlado y organizado que te parezca, tiene cierto grado de incertidumbre. Tu mente tiene mecanismos que se activan sin que puedas controlarlos y ser consciente de ello. Además, no puedes controlar a los demás o a la naturaleza.

- Ampliar tu percepción. No te centres en los pensamientos catastróficos, no te dejes llevar por todo lo que escuchas. Deja de ver las imágenes del terremoto si te producen ansiedad.

- No hacer caso de noticias no oficiales, sobre todo, aquellas que son sumamente negativas.

- Si sentimos que nuestra respiración se acelera, podemos hacer 3-4 respiraciones lentas y profundas a la vez que nos decimos mensajes tranquilizadores, así podemos prevenir la ansiedad.

- Reconocer y dar valor a tus emociones. Nombra tus emociones y cómo de intensas son, no confundas el miedo con la ansiedad. El miedo y la ansiedad no son lo mismo. La ansiedad se suele manifestar de forma generalizada en el cuerpo y es la respuesta a otras emociones.

- Buscar un lugar que te aporte seguridad.

- Disminuir los riesgos (cúbrete la cabeza con tus manos, si tienes que abandonar tu casa usa las escaleras).

- Los menores pueden presentar síntomas de dependencia (no quieren quedarse o dormir solos). Es normal, debemos ser tolerantes ante esas conductas.

- Si después de semanas o un mes sigues teniendo miedo (a pesar de que ya no se hayan dado nuevos terremotos), busca ayuda profesional."


"Ante un futuro incierto", por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

Autor Diego F. Parra (Fuente: pexels.com)

Se acumulan los meses de incertidumbre, el término que más se repite últimamente, y no por casualidad. La pandemia apenas ha dado tregua y nos enfrenta a un doble escenario,  aparentemente paradójico. Por un lado, hay mucha gente asustada: personas mayores que temen por sus vidas; personas más jóvenes que ven peligrar sus trabajos, el sustento de sus familias; el personal sanitario, más preocupado ante la perspectiva de una inminente avalancha de ingresos hospitalarios. Por otro lado, vemos por la calle y en las noticias algunos individuos y grupos de personas insensatas que desprecian los esfuerzos más o menos atinados de las autoridades y la población en general por mantener bajo control al virus sin rematar la economía. Y en semanas recientes se ha desatado una polémica -entre otras- sobre la oportunidad del inicio del curso escolar en estos momentos, cuestionándose la adopción precipitada o tardía de numerosas decisiones de los políticos del ramo en un contexto de flagrante improvisación...

Amanecemos un día más con la frustración de sentirnos meros espectadores que asisten perplejos a una interminable sucesión de despropósitos en medio de una crisis sin precedentes. Es como si nuestra existencia se hubiera convertido en un remedo de aquella película de Harold Ramis, "Groundhog Day" (1993), más conocida en España como "Atrapados en el tiempo" (o “El día de la marmota”), en la que Bill Murray sufre una pesadilla cada mañana cuando se despierta y descubre que el mismo día se repite una y otra vez, y que -haga lo que haga- al final siempre se ve metido en los mismos  o peores atolladeros, malográndose todo intento de enmendar sus errores.

Más extraño e inquietante es un filme de M. Night Shyamalan cuyo tinte apocalíptico podría haberse inspirado perfectamente en los tiempos que vivimos, en los que -todavía más que las terribles amenazas del calentamiento global, las pandemias y otras catástrofes- preocupa la torpe o nula reacción a las mismas de una especie presuntamente inteligente como la nuestra. "The Happening" (2008), aquí titulado "El incidente", es el relato de la huida desesperada de un profesor de ciencias de Nueva York -encarnado por Mark Whalberg- y su mujer, tras producirse un fenómeno inexplicable que conduce a la gente a matarse de todas las formas imaginables. Los protagonistas se hallan atrapados en un mundo que ha enloquecido. Verdaderamente esta ficción cuasi-distópica recuerda demasiado al mundo real, sin duda abocado a la desaparición si quienes lo habitamos no revertimos esta vocación suicida que parece haberse adueñado de nuestras voluntades. Tanto en la imaginación del realizador de origen indio como en la realidad actual queda patente que el planeta se rebela y se defiende de las agresiones constantes de la Humanidad, que ponen en peligro la supervivencia de todos. Y mucho me temo que las tragedias que asolan el globo han sido hasta ahora únicamente señales de advertencia. La buena noticia es que tal vez estemos a tiempo de frenar este fenómeno de autolisis colectiva si logramos comprender -al menos en parte- lo que nos pasa, por qué nos pasa y qué podemos hacer para cambiarlo.

 A través del prisma de la psicología se aprecia cómo las personas vienen padeciendo durante un período de tiempo prolongado un carrusel de sentimientos y emociones negativas como el miedo, la ansiedad y la desesperanza, que se gestaron durante el estado de alarma y el confinamiento a raíz de la amenaza de primer orden que ha supuesto la pandemia. Alteraciones que siguen causando estragos en la población, que se resiste a aceptar que la denominada "nueva normalidad", tan anómala y enajenante, ha llegado para quedarse -al menos- una buena temporada. Y, como no se vislumbra con claridad lo que tardará en llegar el final de esta pesadilla que comienza a eternizarse, la gente demanda respuestas para conjurar la desesperación; certezas que ni la ciencia ni la política pueden ofrecer con la celeridad y la solidez que desearíamos. Esta cortapisa ha dado lugar a la proliferación de bulos y teorías "conspiranoicas" de todo tipo que nos llevan a situaciones de un surrealismo delirante que favorecen el caos y el desgobierno. Ante este panorama, no es raro experimentar cada vez una mayor indefensión y desconcierto.

 Si abordamos esto desde un análisis sociopolítico elemental, coincidiremos en que la envergadura de los problemas que nos acucian requeriría de liderazgos sólidos en los países más poderosos e influyentes que apostaran por resolver las cuestiones prioritarias de un modo cooperativo, afrontando con buenas dosis de inteligencia emocional la crisis planetaria provocada por la pandemia. Desgraciadamente, es bastante obvio que lo que abunda es precisamente lo contrario; líderes erráticos e imprudentes hasta provocar estupor. Todo esto propicia el ascenso de diferentes formas de populismos, a cuál más peligrosa y temible...

 Regresando al punto de vista de la psicología, me voy a centrar en una de las emociones potencialmente más destructivas: el miedo. Concretamente, el miedo expresado en el temor a lo desconocido, a lo diferente y al cambio. 

Sabemos, a priori, que el miedo desempeña un papel determinante en la supervivencia de la especie; en especial cuando éste es oportuno, proporcionado y racional, porque se manifiesta como una reacción emocional adecuada a amenazas reales, próximas en el espacio y el tiempo, acompañada de una respuesta adaptativa de prudencia y protección en forma de evitación del peligro -prevención- o huida del mismo. Sin embargo, cuando el miedo se apodera de todo y se descontrola, deja de ser funcional y se convierte en patológico. Existe una lista interminable de fobias, que se va actualizando según lo hacen nuestras costumbres y el mundo que nos rodea, igual que ocurre con las adicciones. Podemos llegar a tener miedo de todo lo imaginable, incluso desarrollar un miedo al miedo que subyace a los ataques de pánico, por ejemplo. En muchas ocasiones está justificado sentirlo: la existencia está plagada de riesgos que corremos por el mero hecho de estar vivos. Es natural preocuparse por la infinidad de factores que pueden comprometer nuestra salud y nuestro bienestar, pero empieza a ser un problema grave cuando vivimos con el susto en el cuerpo constantemente, por una cosa o por otra, ¡o por todas a la vez! Eso implica vivir una angustia permanente que llega a ser insoportable para cualquiera. Y la probabilidad de que se produzca esta situación aumenta en épocas donde el peligro percibido se generaliza, como en las pandemias.

El miedo, la inseguridad y la desconfianza desmedida, aparte de hacernos sufrir más de la cuenta, nos limita y empobrece, e incluso nos vuelve agresivos. 

El miedo alimentado por la ignorancia y el prejuicio sobre lo que percibimos como diferente nos lleva a cometer injusticias, a discriminar a personas que no lo merecen.

El miedo a lo desconocido nos conduce a desperdiciar ocasiones de avanzar en la vida, por negarnos sistemáticamente a asumir riesgos, ni siquiera aquellos que se podrían considerar justificados y controlados.

El miedo al cambio desemboca en el estancamiento, en la parálisis.

Buena parte de nuestros problemas actuales, pasados y futuros, como individuos y como sociedad, se originan y se agravan por el dominio que el miedo ejerce sobre nuestras acciones (e inacciones): Por el temor a protestar y a reclamar lo que por derecho nos corresponde, a exigir más a nuestros representantes, vaya que nos represalien y acabemos peor que estábamos. Por el temor a conocer y convivir con otras personas, por si nos decepcionan y nos hacen daño. Y el temor a negociar para resolver conflictos, por si nos terminan engañando o interpretando nuestra buena voluntad como una debilidad. El temor a probar, experimentar, ensayar nuevas fórmulas, explorar nuevos caminos para salir de un bache, de una crisis, por si nos equivocamos y empeora nuestra situación. ¿Cuántas ocasiones de ser más felices desperdiciamos por culpa del miedo?

 Así pues, la solución pasa por aprender a tolerar el miedo, a gestionarlo y superarlo siempre que sea factible; a mantenerlo a raya sin que impida que vivamos la vida, incluso durante una pandemia, y si me apuran hasta durante una guerra o un cataclismo. No nos queda otra que intentarlo al menos, si no queremos renunciar a que existir sea sinónimo de sentirnos vivos. Hagámoslo por nosotros mismos y por nuestros hijos e hijas. ¡ATREVÁMONOS!

 Parafraseando al entrañable autor Matt Haig, a quien sigo en redes sociales y cuya obra he leído y recomiendo encarecidamente, la incertidumbre tiene un lado positivo, y es que nos abre un mundo de posibilidades, algunas de las cuales son prometedoras. No perdamos, por tanto, nunca del todo la esperanza de ser capaces de labrarnos un futuro mejor, desde un presente de compromiso activo frente a la sinrazón, el egoísmo, el miedo y la injusticia.

 

 

"EL INSOMNIO DE MARINA, UNA ENFERMERA EN TIEMPOS DE PANDEMIA", por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

"Game Changer", @banksy.
Pintura donada por el autor a un hospital de Southampton.


Marina lleva sin pegar ojo demasiadas noches seguidas. Los turnos en la UCI han sido agotadores durante semanas, pero casi lo prefiere a las noches de descanso, cuando dispone de tiempo para pensar.
Se agobia dándole vueltas a mil cosas, empezando por los recuerdos de la pesadilla sufrida en el hospital, donde atendían a destajo casos graves de pacientes que empeoraban a un ritmo endiablado, bastantes de los cuales no llegaban a superar la enfermedad a pesar de la ventilación mecánica -cuando disponían de suficientes aparatos- y de los cócteles de tratamientos que les suministraban a la desesperada. ¡Qué impotencia!
También le invade el miedo de pillar el dichoso virus y contagiar a su marido hipertenso, o a sus hijos, tan pequeños; y estar fuera de juego varias semanas, dejando aún más mermado el servicio.
De pronto se llena de rabia, al ser consciente de lo indefensos que han estado ante la avalancha de casos, lo desprotegidos que aún se encuentran en el hospital, con la escasez de equipos de protección adecuados y de pruebas fiables; en medio -eso sí- de multitud de aplausos desde los balcones y de la comparecencia de políticos de todos los partidos sacando pecho por ellos y rasgándose las vestiduras por las cifras escandalosas de víctimas, entre las que se cuentan muchos sanitarios…
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 Nos felicitan en el Día Mundial del Personal de Enfermería; nos llaman heroínas, y hasta nos hacen la ola, pero yo no quiero convertirme en una heroína forzosa. Yo solo pretendo hacer mi trabajo en condiciones, ayudar a salvar vidas sin poner gratuitamente en peligro la mía ni las de quienes me rodean. No deseo recibir medallas, ni que otros se las pongan en mi nombre. Me repugna que utilicen el sufrimiento y el dolor de las víctimas como arma arrojadiza, los unos y los otros, con un ejército de “destroyers” dando la matraca en las redes sociales, los mismos que luego alternan los aplausos con las caceroladas. ¡Qué lamentable espectáculo! ¡¡Es que me enciendo!!
Y es entonces cuando me siento culpable -e incluso avergonzada- por dejarme llevar por la ira, por meter a todos en el mismo saco y no valorar y agradecer lo suficiente el gesto solidario, amable y generoso de mucha gente anónima, que no debo olvidar ni menospreciar. No era esa mi intención en absoluto. Tengo claro que necesitamos esa inyección de moral, especialmente en estos momentos de bajón, como el que me está dando ahora mismo.
 ¡Dios, se me va a ir la cabeza!
 ¡No! Ahora no puedo permitirme ese lujo, queda mucho por hacer.
Con el inicio de la “desescalada” nos pegamos patadas en el culo por entrar en la “nueva normalidad”, sin tener nada claro en qué demonios consistirá eso. La gente se desespera -que lo comprendo- por salir a tomar el aire, una cañita en una terraza; por sacar a sus chiquillos a que desfoguen; por recuperar su actividad normal, sus empleos y sus ingresos. Lógico. Pero yo no puedo evitar el tembleque ante la posibilidad de un rebrote, de una traumática vuelta a la línea de salida. Y me pregunto, sinceramente, si ahora estamos más preparados para afrontar un repunte de contagios. En parte, seguro que sí; pero queda un gran trecho por recorrer antes de considerar controlada la situación, y no sé si sería capaz de enfrentarme otra vez al escenario dantesco recién padecido.
Supongo que por eso me irrito tanto cuando veo o me cuentan cómo demasiada gente se salta las normas y las recomendaciones que lograrían prevenir en buena medida un nuevo descalabro social, económico y sanitario.
En fin, voy a tomarme un chute de valeriana forte con un gramo de melatonina y un zolpidem de postre -vaya gazpacho-, a ver si concilio el sueño, que falta me hace.
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 …Y Marina trata de echar, al menos, una cabezada que la ayude un poco a recuperar las fuerzas y el ánimo. Y esta vez -por fortuna- lo consigue, aunque sea durante un rato.
Buenas noches y buena suerte, querida Marina, porque tu suerte será también la nuestra.

  

Portada "The New Yorker", 6 de abril, 2020.

RECORDANDO A CANELO, UN PERRO QUE EMOCIONÓ A TODA CÁDIZ



"The Lost Playmate". Gustave Henry Mosler, 1902.
Canelo era un perro gaditano a quien la ciudad dedicó una calle y una placa como homenaje a su fidelidad, allá por el año 2003, cuando otro coronavirus -. el SARS-CoV- amenazaba al mundo, si bien no alcanzó -ni de lejos- la magnitud de la pandemia actual.

El mérito de Canelo para recibir el nombre de una calle fue nada menos que pasarse doce años a las puertas del hospital al que acompañaba a su dueño -que recibía tratamiento de diálisis- y donde el noble animal esperaba pacientemente a su salida. En una de aquellas ocasiones, una repentina complicación de salud derivó en el fallecimiento del pobre hombre en el interior del complejo médico. Canelo, ignorante del fatal desenlace, no quiso alejarse desde entonces del umbral de la entrada donde aguardaba al regreso de su amo. Tras numerosas vicisitudes ocurridas a lo largo de esos años, este entrañable can, famoso sin pretenderlo por velar a su amigo de por vida, y querido por tantas personas que se tropezaban con él por los alrededores del Hospital Puerta del Mar, encontró también la muerte al ser atropellado un aciago día de diciembre de 2002, mientras cruzaba la avenida principal de vuelta a su rincón de siempre.

Estaba acordándome de esta conmovedora historia porque estuve en mi tierra un fin de semana poco antes de la declaración del estado de alarma, y -paseando por la Avenida Ana de Viya- me detuve junto a mi mujer y mi hija ante la placa en homenaje a Canelo, en la calle lateral que bordea el recinto del hospital, calle que recibió su mismo nombre. Así fue como evoqué y compartí la singular historia de Canelo con mi familia. Unos días más tarde reparé en un cuadro, “The Lost Playmate”, cuya réplica tiene como imagen de perfil en una red social un amigo mío de Arcos de la Frontera. Un cuadro tan hermoso como triste de otro perro que añora, en este caso, a un pequeño compañero de juegos…

Y reflexionando sobre una de las consecuencias más crueles de esta pandemia, no poder despedirnos como es debido de los seres queridos que sucumben a la enfermedad, llegué a la conclusión de que Canelo había sufrido algo parecido. Él no tuvo la oportunidad de despedirse de su amigo, y no fue capaz de dejar atrás aquel momento y lugar en que su compañero de vida desapareció. En el caso de Canelo admiramos su lealtad y nos compadecemos de su solitud y su pérdida. Pero ¿qué ocurrirá con las personas que en estos días han perdido de un modo tan brusco a algún ser amado, sin poder acompañarle en el momento de su marcha, sin poder despedirse sujetando su mano?

¿Es posible afrontar el duelo en medio del escenario desolador del confinamiento y la distancia social que nos impiden o complican al extremo el deseo de poder cumplir con nuestros ritos, de dar el último adiós arropados por la comunidad a la que pertenecemos, a la que pertenecía la persona difunta?

Seguramente nos cueste aceptar que se puede superar este trance sin daños irreparables cuando nos embarga el dolor y se apodera de nosotros una tremenda impotencia; cuando en nuestro interior se entrecruzan sentimientos de incredulidad, rabia, extrañeza y una pena infinita.

Pero lo cierto es que, aunque nada ni nadie nos puede ahorrar el enorme sufrimiento de una pérdida así, recrudecido por formar parte de esta pesadilla distópica que nos ha tocado vivir, es posible en buena medida prevenir secuelas graves si seguimos estos consejos:

Ø  Transcurridos los primeros momentos (horas o días) de la marcha del ser querido, empezaremos a tomar conciencia de que estamos inmersos en un proceso de duelo, necesario para la aceptación y la superación de la pérdida, cuya duración y características dependerá de cada caso, cada persona y su contexto cultural. Por tanto, no procede juzgar qué es “lo normal” o “lo adecuado”, especialmente durante las primeras semanas.

Ø  Evitemos reprimir nuestras emociones, dejémoslas fluir y expresarse cuando aparezcan. Esto nos ayudará a avanzar por el arduo camino que inevitablemente habremos de recorrer. Vacío, dolor, ira, pena, añoranza, son algunos de los paisajes del ánimo por los que nos adentraremos para alcanzar un día la meta de ser capaces de reanudar nuestra vida anterior, aun aceptando que siempre quedará un poso de melancolía en algún rincón del alma.

Ø  A lo largo de este período de tiempo a algunas personas les pueden servir de consuelo sus creencias religiosas, y otras pueden sentirse reconfortadas por visiones filosóficas del mundo y la existencia, cuando unas u otras descansen sobre conceptos tales como la trascendencia del alma, la pervivencia del individuo a través del recuerdo de sus seres queridos y/o de la herencia genética, la conservación de la energía también entendida en un sentido espiritual, la unidad de la Naturaleza como un todo y de los seres que la integran, de la que proceden y a la que regresan…  Ideas que, de algún modo, te reconcilian con la inexorabilidad de la vida y la muerte.

Ø  Si, no obstante, sentimos que nos estancamos o incluso nos hundimos en este duro proceso de elaboración del duelo; si no experimentamos alivio ni mejora alguna pasados varios meses del deceso, no dudemos en pedir ayuda a nuestro círculo de amigos y parientes, y a profesionales que nos presten el apoyo necesario para, por fin, poder remontar.

Nuestro amigo Canelo encontró aliados que le acompañaron en su peculiar y admirable duelo. Abandonaba momentáneamente su puesto de guardia en la entrada del hospital para dar un paseo por la playa de la Victoria con algunos vecinos amables que lo mimaban, pero luego regresaba invariablemente a donde sentía cercana la presencia de su malogrado compañero. Esa fue su entrega, su ejemplo y esa es la lección vital que nos ha dejado. Tampoco nosotros traicionaremos el recuerdo de las personas amadas si seguimos adelante con nuestras vidas, evocando a menudo los instantes compartidos que dejaron una impronta en nuestra forma de ser, de sentir y de entender el mundo, realizando a nuestra manera modesta el mejor homenaje que podemos hacer a los ausentes.







Las necesidades de la infancia

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Considero relevante destacar del documento sobre todo dos cuestiones:  la importancia de tener en cuenta las necesidades de la infancia escuchando a los propios niños y niñas; y la de contar con las/los profesionales de la Psicología para que aporten su criterio experto.


TEXTO ÍNTEGRO DEL ARTÍCULO PUBLICADO EL 24 DE ABRIL DE 2020 EN LA WEB DEL COLEGIO OFICIAL DE PSICÓLOGOS/AS DE ANDALUCÍA ORIENTAL:

"Visión desde la Sección de Psicología de la Intervención Social del Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Oriental en relación a la medida de salida del confinamiento por parte de la infancia.

Los y las profesionales de la Psicología de la Intervención Social que trabajamos en el ámbito de la protección de la infancia y la adolescencia estamos muy familiarizados/as con el uso de taxonomías e indicadores de evaluación de las necesidades básicas de la infancia fundamentados en la evidencia científica y el consenso de expertos/as. En este sentido, una de las taxonomías más extendidas en España es la de Necesidades de la Infancia y Protección Infantil (Félix López, 1995), que cuenta con cinco agrupaciones de necesidades básicas; Físicas, de seguridad, emocionales, sociales y cognitivas. Las salidas parciales de niños y niñas del confinamiento serían un indicador de cobertura de una de las necesidades básicas de esta taxonomía, en concreto, de la categoría de necesidades físicas, en tanto en cuanto, suponga ejercicio y juego. La investigación científica sobre el desarrollo humano nos dice que, durante los primeros años de vida, la mayor parte del aprendizaje se da mediante el juego. Ahora bien, para que la medida no suponga la generación de otros escenarios de riesgo, se debe tener en cuenta que la misma no comprometa otras necesidades básicas, como es el caso la de protección ante condicionantes del entorno que supongan un riesgo para su integridad física; No es lo mismo que los niños y las niñas jueguen o hagan ejercicio en entornos seguros de amplias zonas verdes, que lo hagan en entornos urbanos desfavorecidos y carentes de los mismos. Tampoco es lo mismo que sean sacados a pasear, sin más objetivo, que esta actividad se convierta en un espacio significativo para el niño o la niña junto con la persona a su cargo.

Para ello, las salidas deben planificarse, adecuándolas a las características de cada menor, y aprovecharse como un espacio más de interacción; pueden ser útiles como reforzadores de las conductas positivas que han realizado o realizan durante el periodo de confinamiento; deben ser didácticas, pues el escenario al que saldrán ha variado significativamente del que era el habitual, el marco puede ser el mismo, pero las señales no, en según qué edades el hecho de cruzarse con personas “enmascaradas” puede ser asociado desde a emociones negativas (temor) como a emociones positivas (aventura); pueden ser terapéuticas, sobre todo en aquellos casos en los que las características de la vivienda o la dinámica relacional de la unidad familiar se asocian a indicadores de riesgo y, siempre, deben ser puestas en valor de los intereses y derechos de los/as menores. Si se tienen en cuenta estas características personales, la salida supondrá atención y cobertura al conjunto de necesidades básicas comentadas con anterioridad y será entonces cuando la medida adquiera el sentido para el que, según podemos entender desde el ámbito de la Psicología, se ha adoptado. Para que la salida a la calle no se convierta en una medida que fomente desigualdades, debe ir acompañada de una atención compensatoria de múltiples escenarios más carenciales, así como tener en cuenta la diversidad de situaciones en las que se encuentran los niños y las niñas. Como profesionales de la Psicología no debemos olvidar que existen contextos y realidades diversas en relación a la infancia y la adolescencia, que tienen que ser tenidas en cuenta para evitar generar situaciones de desigualdad, desventaja e indefensión. Recordamos, entre otras cuestiones, que hay menores que no se encuentran conviviendo en su núcleo familiar por diferentes casuísticas; situaciones de desamparo, menores extranjeros no acompañados, internamiento por la existencia de violencia filio-parental… Esta infancia y adolescencia que se encuentra en Centros de Protección, Terapéuticos y/o Centros de Reforma debe tener garantizada también la cobertura de sus necesidades para asegurar el adecuado desarrollo psicológico y mitigar el posible impacto de la situación de confinamiento. Por lo que sería conveniente que se estableciesen las medidas oportunas para facilitar la realización de las salidas de estos/as menores de manera prioritaria, si así se considera por parte del personal técnico, facilitando el acompañamiento necesario por parte de una figura adulta de referencia (profesional del equipo del centro), teniendo en cuenta las características personales de cada menor.

Otro escenario que echamos de menos en ésta, y otras medidas que se van tomando, es el de la participación real de los niños y las niñas en la toma de decisiones, haciéndonos eco de Convención de Derechos de la Infancia en lo tocante a que no son una posesión de sus progenitores/as o guardadores/as, ni del Estado, ni tampoco son personas en proceso de formación, sino que tienen la misma categoría como miembros del género humano. Dado que es un hecho que, como colectivo, tendrán una opinión al respecto, se considera necesario poner en marcha los mecanismos oportunos para hacerla valer.

Las medidas que sean tomadas en relación a la infancia y la adolescencia deben ser coherentes, estables y desde la óptica de la propia infancia, evitando que se adopten medidas precipitadas, o poco efectivas, al ser diseñadas más desde la óptica de las necesidades de progenitores/as y guardadores/as, que de la propia infancia.

Con todo ello, la medida también presenta interesantes oportunidades que debemos aprovechar desde el punto de vista relacional y comunitario:

·Desde el punto de vista relacional, es importante aprovechar la salida para que se convierta en un espacio de significación, tanto del hecho en sí como de la relación, no en un acto de rutina o desahogo. Es necesario valorar la importancia de ese momento y disfrutarlo. Para ello, aconsejamos que progenitores/as y personas guardadoras, previamente a la salida programen la acción, comenzando por dejar muy claras las normas y reglas de seguridad, asegurándose de que se han entendido bien. Durante la salida hay que tratar de vivir lo más plenamente posible la experiencia, tomando consciencia de la importancia de lo que estamos haciendo. Es posible que salir con los niños y las niñas nos produzca algún tipo de temor, lo cual es normal, por lo que recomendamos que no se trate de evitar ese sentimiento, sino que se actúe con él, focalizando la atención en el niño o la niña y en el disfrute de la acción.

·En un nivel más comunitario, la medida también resulta interesante, pues lo que “normalmente” antes de la crisis eran espacios invadidos por el tráfico rodado, en este momento se convierte en una oportunidad de recuperación de los necesarios espacios para la infancia que, además cuentan con una mejora en la calidad del aire, lo cual nos puede ayudar a reflexionar mejor sobre qué ambiente es el que queremos seguir construyendo.

Finalmente, desde el ámbito del conocimiento de la Psicología de la Intervención Social, como conjunto de saberes y prácticas fundamentadas en la ciencia del comportamiento humano que se aplican a las interacciones entre personas, grupos, organizaciones, comunidades, poblaciones específicas o la sociedad en general, con la finalidad de conseguir su empoderamiento, la mejora de su calidad de vida, una sociedad inclusiva, la reducción de las desigualdades y el cambio social (López-Cabanas, 2017), entendemos que las medidas e instrucciones que se acuerden en esta situación de alarma, por tratarse de una situación directamente relacionada con nuestra disciplina, deberían contar con el necesario asesoramiento profesional para garantizar que se adoptan respetando los necesarios criterios técnicos y atendiendo con rigor a los derechos y necesidades específicas de las personas que puedan verse afectados."

Cuando el virus ha entrado en casa


Imagen tomada del Blog de la Unidad de Enfermedad Inflamatoria Intestinal
 del Hospital La Fe de Valencia
En muchos hogares hay personas contagiadas con el COVID-19 que apenas se han percatado de ello, y otras -en cambio- a quienes la infección está afectando con severidad.

En todo caso, estas personas han de sufrir un aislamiento más férreo que el mero confinamiento al que está sometido el resto de la población. Con el agravante de sentirse abandonadas, incluso ignoradas, si los síntomas no llegan a ser valorados, aparentemente, como acreedores de una intervención urgente.

El contacto con el personal médico se limita a una magra conversación telefónica y, si no te estás asfixiando, la receta que te prescriben se reduce a "calma, paciencia y paracetamol".

Mucha gente está atemorizada ante la incógnita de cómo evolucionará su enfermedad, pues inevitablemente les llegan noticias de pacientes que han empeorado de una forma tan brusca y fulminante que han tenido un desenlace fatal.

Se encuentran muy solas en el seno de la propia familia, con un escaso o nulo contacto humano obligado por las estrictas medidas contra el contagio, eso si tienen la suerte de vivir con parientes.

Padecer dolor e incertidumbre prácticamente en soledad supone pasar por una prueba muy dura.

En otros casos más extremos, las personas enfermas son ingresadas en un hospital sin poder ver a sus seres queridos de cerca, quién sabe por cuánto tiempo; o están recluidas en residencias de mayores que ahora se parecen más que nunca a morideros...

En esas y otras circunstancias similares, la experiencia del confinamiento se convierte en un verdadero drama. Sin embargo, es posible paliar tanto sufrimiento en cierta medida, si seguimos -entre otros- estos consejos:
  • Prestemos más atención a las buenas noticias y a los mensajes de aliento y consuelo. Como, por ejemplo, que las UCIs se van descongestionando; que aumenta la progresión de personas curadas; que la sociedad en general y los profesionales sanitarios en particular están entregados a la tarea de aliviar el sufrimiento y de salvar vidas, y se va ganando cada vez más terreno a la pandemia. 
  • Confiemos, de veras, en que el desenlace de esta historia va a ser finalmente, el más deseado, y por fortuna, el más probable: que la gran mayoría de nosotras/os y nuestras personas allegadas también superaremos la enfermedad.
  • Apoyémonos en la solidaridad y la empatía de quienes nos rodean, presencial o virtualmente, para cargarnos de energía, recuperar el ánimo y, en los casos en los que hayamos perdido a alguien cercano, para afrontar el duelo del modo más llevadero posible (a este tema dedicaré una entrada más adelante).
Sin embargo, la cosa se complica si resulta que eres un/a profesional asistencial de los servicios socio-sanitarios: te ves sacudido de pronto como si te hubieran empujado a un cacharro de feria en marcha y sin protección, zarandeado en cada curva, en cada pendiente de un trayecto que se hace interminable, contra el habitáculo donde has aterrizado de cualquier manera; mareado por un carrusel de emociones y sentimientos encontrados, agitado por la gran responsabilidad, la preocupación, el miedo, y el agotamiento que sufre la Humanidad en estos momentos, pero elevado a la enésima potencia... Esta situación merece un capítulo aparte del cuaderno de bitácora de la pandemia, que subiré al blog del Psicólogo de Familia en próximos días.