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"Tiembla la tierra y tiemblo yo (II): Cómo aliviar nuestro temor". Por Eduardo Riol Hernández


En la imagen aparece parte de la infografía del Instituto Geográfico Nacional (Red Sísmica Nacional). Ver documento completo en el enlace:

https://www.ign.es/web/resources/sismologia/qhacer/qhacer.html

 El otro día, en la primera parte de “Tiembla la tierra y tiemblo yo”, dejamos a nuestra vecina Andrea, en una encrucijada. No parecía tener claro qué era más temible, sufrir un nuevo terremoto o esperar a que llegara. El caso es que la ansiedad apenas le daba tregua, se produjera o no otro seísmo.


  Y es que una falla que se desplaza bruscamente bajo la tierra no solo puede fracturar su corteza, también desgarra el alma de quienes habitamos sobre ella, infligiendo una herida emocional que tarda en cicatrizar.

 El rugido subterráneo que precede al temblor ya te pone el vello de punta. Sentir el suelo moverse bajo tus pies y presenciar cómo las fachadas que flanquean la calle o las paredes en el interior de tu piso se cimbrean como juncos doblegados por el viento mientras caen objetos con estrépito a tu alrededor y se agrietan las paredes, provoca el pánico en la mayoría de los mortales (que precisamente en momentos así nos sentimos más mortales que nunca).

 Pero fijaros que casi peor es la angustia de la espera a nuevas réplicas o a un terremoto más intenso. Esa incertidumbre es la que nos remata. Tendemos a permanecer hipervigilantes durante días, semanas y hasta varios meses después, si no indefinidamente. Nos llegamos a obsesionar recolectando datos de sismos cercanos, de la magnitud y profundidad que sea, los notemos o no. Cuando transcurren varios días sin sentir ninguno y se produce una nueva sacudida, regresamos a la casilla de salida del tablero del terror. Y si pasa tiempo sin tan siquiera percibir un leve movimiento, tememos que se esté preparando un terremoto como el de Venezuela o Colombia...

 Un mes y pico después no se ha repetido en Granada ninguno similar a los de mediados de agosto, pero sus consecuencias perduran reflejadas en noticias de sucesos -algunos luctuosos como el de un pobre operario que falleció tras caerle encima una chimenea que trataba de reparar-, en campañas preventivas que nos recuerdan que el riesgo permanece, en los rincones de hogares aún con desperfectos, en los tramos de calles y soportales que permanecen precintados hasta volver a ser seguros,  y hasta en las pesadillas recurrentes que nos atenazan.

 Para reducir la angustia en estos casos es pertinente seguir algunos consejos convencionales, como prepararse para un hipotético nuevo episodio sísmico:

 ·  Saber cómo debemos actuar antes, durante y después de un terremoto, y obrar en consecuencia (por ejemplo, dejando una mochilita con un kit de emergencias en la entrada de la casa; localizando lugares seguros de la vivienda o lugar de trabajo o estudio para protegerse de la caída de objetos y ensayar los pasos a seguir, como un simulacro) nos ayudará a sentir cierto grado de control de la situación frente a un fenómeno que en realidad no podemos controlar.

Por eso he empezado el artículo remitiendo a la infografía del IGN. También hay material de interés del Servicio de Emergencias de Andalucía 112, en concreto una guía para adultos y otra infantil ( ver enlace al documento a pie de página [*]), esta última  puede ser de referencia para los simulacros que se van a realizar en los centros educativos a finales de septiembre.

·  Esforzarnos por seguir haciendo vida normal, con o sin episodios sísmicos entre medias, contribuirá a que el temor persistente pase antes a un segundo plano hasta terminar por desaparecer prácticamente. Huir de los escenarios donde se han producido los temblores no es recomendable transcurrido un tiempo desde que se produjeron los últimos episodios más traumáticos. Mantenernos activos y ocupados, incluyendo distracciones gratificantes en nuestro tiempo de ocio, va en la misma dirección.

Otros consejos no tan ortodoxos, que yo añado porque el sentido del humor y la creatividad han demostrado ser útiles en terapia, pueden ser: 

·     Al sentir un sobresalto tras una falsa alarma (he imaginado que era un terremoto y he comprobado que no), respiraré hondo un par de veces y me repetiré mentalmente: “Un susto no vale un disgusto”, sonriéndome para mis adentros.

·    Si el sobresalto se ha debido a un temblor perceptible, entre leve y moderado, pero breve, respiraré varias veces lenta y profundamente, me obligaré a sonreír y me diré: “Sea meneo o sacudida, yo sigo con mi vida”. Acto seguido proseguiré con lo que andaba haciendo o iniciaré alguna actividad que merezca mi atención.

 ·     Si llegara a producirse un terremoto de más envergadura, me concentraré en seguir las pautas de las campañas antes mencionadas, mientras me esfuerzo en canturrear una versión bailable del lema del 112: “Agáchate, cúbrete, agárrate, cha-cha-chá, (respiro hondo) agáchate, cúbrete, agárrate, cha-cha-chá (respiro hondo)”; o bien algún estribillo de alguna de esas canciones que me levantan la moral (nunca es tarde si no eres de los que cantan en la ducha o en un karaoke).

 ·    La calma tensa que viene después es para evaluar daños si no ha habido grandes desperfectos o derrumbamientos, al tiempo que trato de calmarme y tranquilizar a quienes me rodean.  Nuestras miradas se cruzan y alguien suspira de alivio: somos carne de trauma, pero vivimos para contarlo. Vaya consejos de mierda que da el psicólogo friki ese, dice otro, y de pronto resuena una carcajada que casi hace temblar la tierra.

 

EPÍLOGO (Charla entre lectores):

 -No me convence la deriva del artículo, pasa de lo serio a lo frívolo sin venir a cuento. Con este tema de los terremotos, poca broma.

-Puede que tengas razón, pero el autor alega que el humor es un recurso terapéutico.

-Venga ya, no mezclemos churras con merinas.

-¿Tú llegaste a ver la peli aquella de “La vida es bella”?

-¿Aquella de Roberto Begnini, que lo mismo ríes que lloras?

-Correcto.

-Cómo olvidarla, obra maestra, conmovedora.

-Pues eso.

 

REQUETEPÍLOGO (parchecillos del autor):

 Que conste que no pretendía comparar la calidad de mis artículos con la magistral película de Begnini.

 

ÚLTIMA NOTA ACLARATORIA (ya en serio, pero tampoco demasiado):

Intercalar o superponer mensajes de signo emocional contrario al de la cadena de situaciones,  pensamientos y emociones negativas cuya intensidad, duración y frecuencia terminan desembocando en trastornos de ansiedad y depresión, o alguna de sus variantes, ayuda a evitar la consolidación de dichas cadenas, previniendo la perpetuación de un sufrimiento crónico muy resistente al cambio.

Las frases humorísticas y las cancioncillas son incongruentes con el ánimo y el tono emocional de las situaciones percibidas como amenazantes, por eso logran debilitar la reacción emocional de miedo, ansiedad y decaimiento que se producen de manera automática ante dichas situaciones. Pero esto funciona sólo cuando vencemos el lógico escepticismo inicial y ensayamos la fórmula tantas veces como reaparezcan los sobresaltos, por más que nos cueste al principio.

 En un artículo próximo (que tal vez titule “Ríete hasta de tu sombra”) abordaré la temática del poder sanador de la risa, en un contexto más amplio que el de una mera descripción de la “risoterapia”. Como acostumbro a decir, el que avisa no es traidor...

 

[*] Guía infantil para saber cómo actuar ante terremotos: https://www.juntadeandalucia.es/sites/default/files/2025-06/Gu%C3%ADa%20did%C3%A1ctica%20terremotos%20ni%C3%B1os_24062025.pdf

"Tiembla la tierra y tiemblo yo", por Eduardo Riol Hernández

 

Foto de  Samiran Biswas (en Pexels.com)


Andrea permanece tumbada en la cama una madrugada más, con un ojo cerrado y otro entornado. Ha vuelto a oír los ladridos persistentes de los perros a lo lejos, ahora más cerca. A veces vibra el cristal de la ventana o cruje un mueble, se sobresalta y se recuesta dando un bote en la cama, ya con ambos ojos abiertos como platos. Su corazón late de nuevo con fuerza, a punto de salírsele por la boca. Y los ronquidos de Roberto a su lado no ayudan precisamente.

 ¡Otra noche más sin terremotos!

*   *   *

 “La Hermandad del Cristo de San Agustín de Granada celebra este lunes, 14 de septiembre, una jornada extraordinaria con la Renovación del Voto de Acción de Gracias y la Solemne Procesión Extraordinaria de Rogativas en honor al Santísimo Cristo de San Agustín, Sagrado Protector de la ciudad de Granada.

 El cortejo recorrerá durante la tarde-noche algunas de las principales calles del centro histórico de Granada después de partir desde la Santa Iglesia Catedral. La procesión tiene lugar en el marco de las rogativas motivadas por los terremotos registrados en Granada.”

(Noticia de la web granadadigital.es, 13/09/2026).

*   *   *

 La pobre Andrea representa a una parte notable de la población residente en Granada y su área metropolitana, un mes después del inicio de la serie sísmica que -aunque aparentemente va remitiendo- todavía retumba en nuestras cabezas.

 Por otro lado, sacar en procesión al Cristo para prevenir una catástrofe mayor nos recuerda que las diversas manifestaciones del pensamiento mágico aún constituyen un recurso usual en pleno siglo XXI. A mucha gente le consuela creer que pueden impedir una tragedia a base de fervorosos rezos. Yo respeto sus creencias si estas les ayudan de alguna manera a vencer el miedo que les atormenta, pero animo a seguir unos consejos complementarios que pueden ser de utilidad a todas las personas, independientemente de sus creencias.

 Basándonos en parte en el decálogo de recomendaciones que elaboró el Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Oriental tras el enjambre sísmico de 2021 en Granada y las localidades del cinturón, empezamos por asumir -en primer lugar- que no se tiene el control de la situación y que ello puede generar miedo. Pero ese temor no tiene por qué ser malo, si se sabe cómo afrontarlo. Por lo tanto, vamos a hacer algo para modular y afrontar nuestro miedo a los terremotos. Empecemos por:

  •  Asumir que sentir miedo es natural en estas circunstancias en las que nos sentimos vulnerables e impotentes ante la imposibilidad de controlar estos sucesos.
  •   Tomar conciencia de que anticipar la posible repetición de los episodios traumáticos vividos puede generar ansiedad, lo que también es una reacción natural.
  •   Entender que la falta de control de los acontecimientos y la incertidumbre favorecen el sufrimiento emocional, pero es posible aprender a manejar el miedo y la ansiedad practicando técnicas de reestructuración cognitiva y de autocontrol emocional que terminarán aliviando dicho sufrimiento.

 En un próximo artículo del blog, segunda y última parte del actual, prometo entrar en detalle sobre consejos prácticos que nos ayudarán a reducir el malestar que muchos llevamos arrastrando desde hace varias semanas.

 Entretanto, me despido constatando el hecho de que la Alhambra y numerosos monumentos que integran el patrimonio de la ciudad han sobrevivido durante siglos a seísmos, guerras y otras desgracias, demostrando una resiliencia que igualmente caracteriza a sus habitantes de antes y de ahora.



"Tormentas de verano", por Eduardo Riol Hernández

Fotografía de Reychel Sanner (fuente: pexels.com)


 Se podría decir que las vacaciones “las carga el diablo”. Y es que nos las prometemos muy felices haciendo planes para disfrutar de un merecido descanso y de la compañía de nuestros seres queridos, y luego a menudo nuestras expectativas se frustran y entramos en crisis que no pocas veces conducen a una ruptura, o algo peor.

Las crisis pueden ser pasajeras como una tormenta estival, pero suelen dejar daños irreparables después, un árbol quemado por la caída de un rayo, o hasta un bosque calcinado por la propagación del incendio. Otras veces la tierra mojada tras el temporal refresca el ambiente, como las reconciliaciones que, al menos de momento, ponen fin a los conflictos.

Una pareja con hijos, que se queja de la falta de tiempo para compartir todos juntos, se da cuenta de que no está preparada para esa convivencia intensiva sin tirarse de los pelos. El fuerte calor tampoco ayuda, nos vuelve más irritables y apáticos. Dormimos peor, le damos más vueltas a las cosas; muchos factores -en suma- que propician roces más frecuentes y exacerbados.

En ocasiones se llega a la violencia verbal, física y psicológica que se traduce en maltrato e incluso en crímenes, en los casos más extremos. Las reyertas en general, y la violencia de género en particular, aumentan sensiblemente durante el verano. Los prejuicios sexistas que aún emponzoñan las relaciones, la falta de inteligencia emocional en situaciones de convivencia más exigentes -o simplemente- diferentes, y la guinda del estrés térmico que nos agota y nos saca de quicio, son una mala combinación.

Las crisis con peor pronóstico son aquellas que se acumulan a otras más antiguas, aparcadas pero no resueltas. El malestar y la insatisfacción latente y cronificada se añaden al conflicto estacional que puede detonar esa carga explosiva con el temporizador reactivado. Si el contexto en el que nos encontramos se parece más a este último, lo más probable es que colapsemos antes o después. Debemos prepararnos, por tanto, para tratar de salvar los muebles permitiendo una explosión controlada, que reduzca la onda expansiva.

Aunque tal vez exista una última oportunidad de reconducir la crisis y superarla buscando consejo profesional. Si fuera ya demasiado tarde, lo suyo sería prestarse a una negociación civilizada que contribuya a un contexto post-ruptura lo más pacífico y amistoso posible, especialmente si se tienen hijos en común. Aspirar a regular los términos de la separación de mutuo acuerdo debería ser nuestra prioridad. Esto se favorece participando voluntariamente en un proceso de mediación familiar cuando la pareja por sí sola no se ve capaz de lograrlo.

Afortunadamente, existen abundantes casos en que las crisis son puntuales y se superan con un desenlace más feliz, aprendiendo a vencer los conflictos afrontándolos (no eludiéndolos al precio de seguir juntos pero amargados y resignados), y negociando soluciones que favorezcan una mejora real y duradera de la relación.

En todo caso, es mejor prevenir el deterioro de la convivencia -sea o no puntual- en estos períodos de mayor presencia y contacto. A tal fin puede ser de utilidad seguir algunos consejos:

-          Planificar las vacaciones entre todos, sin imposiciones unilaterales por parte de nadie y teniendo en cuenta las circunstancias (disponibilidad de tiempo y presupuesto, entre otros condicionantes).

-          Moderar las expectativas de disfrute vacacional para no frustrarse si no se cumplen. A este respecto es importante no culpar a otros de los imprevistos que den al traste con parte de nuestros planes, ni pagarla con los demás. Ser flexible y adaptarse a cómo vienen las cosas cuando no dependen de nuestra voluntad es, aquí como en tantas otras situaciones, de una importancia vital.

-          Adoptar una actitud de colaboración durante los preparativos, la estancia y el regreso. Si estamos de vacaciones, lo estamos todos, hay que compartir las tareas para que nadie se quede sin disfrutar y descansar.

-          Evitar en lo posible exponernos a los rigores del calor; mantener una hidratación adecuada y ajustar la actividad a la humedad y la temperatura ambiente nos salvarán de algún susto de salud y del distrés emocional.

-          Compartir experiencias gratificantes, a veces más para unos que para otros (en esos casos habrá que encontrar un equilibrio que satisfaga a la mayoría), tan sencillas pero efectivas como participar en actividades lúdicas y recreativas al aire libre, explorar sitios con encanto, a veces simplemente por ser diferentes a los habituales, no necesariamente por su espectacularidad. Y si no podemos viajar este año porque la economía no lo permite, siempre podemos disfrutar de pequeños placeres similares a los que he mencionado, pero más cerca de casa. Alguna escapada o excursión; dormir más, leer, escuchar música, pasear, meditar...

Al final, disponer de más tiempo libre durante unos días es ya un lujo que no tiene precio, aprovechémoslo sabiendo valorar el privilegio que supone poder compartirlo con la familia y los amigos. Porque, como es bien sabido, después de la tempestad llega la calma, siempre que no seamos nosotros quienes persigamos el mal tiempo.


“¿Estamos creando monstruos? La adolescencia, más allá de una serie de Netflix”, por Eduardo Riol Hernández

  
Tomado de pexels.com. Foto de “Mati Mango”


 (Advertencia de “spoilers”)

“¡Mis hijos no son monstruos! En todo caso, los del vecino…”                                                                        PADRE ANÓNIMO

Durante las últimas semanas la historia de Jamie Miller ha saltado de la ficción a nuestros hogares con tanto interés como alarma. Un chico de trece años que procede de una familia “normal” resulta ser el asesino de una compañera del instituto. Un muchacho de aspecto frágil y angelical, ha de ser un error.

No proviene de un hogar desestructurado, con padres maltratadores o negligentes, alcohólicos o adictos a otras drogas. Tampoco hay un historial previo de violencia en su entorno doméstico ni del propio chaval. ¿Cómo ha podido ocurrir?

Tal vez se nos olvida que pocos días antes del impacto de esta serie británica nos sacudió la noticia del estrangulamiento de una educadora social por parte de varios adolescentes que sí tenían antecedentes pero que también procedían de familias normativas, lo mismo que el chorreo de casos de agresiones y violaciones grupales que empiezan a ser algo habitual entre jóvenes menores de edad (últimos casos conocidos en Santander, Almendralejo…) Y estas son historias de la vida real y de aquí al lado.

¿Será verdad entonces que estamos creando -o criando- monstruos?

Seguramente no nos daremos por aludidos, como el padre anónimo de antes. La mayor parte del tiempo pensaremos en nuestros hijos e hijas como seres inocentes, si acaso víctimas potenciales, nunca verdugos. Y esto puede ser seguramente una parte del problema...

Pero si queremos poder responder con realismo a la pregunta en cuestión hay que matizar la dimensión del problema: a pesar de la frecuencia cada vez mayor de episodios de violencia grave, en un país como el nuestro, con cerca de veinte mil centros educativos y alrededor de nueve millones de estudiantes no universitarios, los hechos que nutren las noticias de sucesos y los que inspiran series como “Adolescencia” no son representativos de la mayoría de los niños y jóvenes escolarizados en España, sino de una mínima parte de ellos. Esto no supone negar ni quitarle importancia a estos casos, que ya son demasiados a partir del primero que se produce, sino la constatación de la magnitud real de este fenómeno en su manifestación más extrema.

(Una madre lectora suspira de alivio)

Acto seguido, sin embargo,  procede matizar lo antes matizado aseverando que otras violencias de intensidad baja o moderada sí están mucho más generalizadas y que estas pueden derivar eventualmente en las de índole más severa. Existen múltiples formas y grados de acoso dentro y fuera del ámbito escolar perpetrado a menudo por “compañeros” que pueden llegar a hacer mucho daño aunque no los identifiquemos como monstruos.

(La madre retira el suspiro)

Para mantener el propósito de hacer un diagnóstico más certero del tema es pertinente añadir que las causas de las diferentes manifestaciones de la violencia en edades tempranas, durante la niñez y la adolescencia, son numerosas y variadas; obedecen a una realidad compleja en la que interactúan muchos factores. Por tanto, aunque las redes sociales virtuales influyan en este fenómeno, atribuirles el origen poco menos que de casi todos los males de nuestro tiempo es una gran simplificación.

Cierto es que, según explica la catedrática de Psicología Evolutiva María José Díaz-Aguado en una entrevista de Ignacio Zafra publicada en El País el pasado 15 de diciembre, “(...) El ciberacoso, por un lado, reduce la posibilidad de que la víctima pueda escapar o encontrar un lugar seguro. Y al poder ser compartido rápidamente con más participantes, aumenta el riesgo de que el daño sea extenso y duradero. Desde el punto de vista de quienes acosan, además, hace más difícil que en el acoso presencial que empaticen con la víctima. Aumenta el riesgo de desconexión moral y la sensación de impunidad, lo que puede incrementar la crueldad de las agresiones (...)”. Así y todo, no perdamos de vista, que este factor no es el único que subyace a la violencia entre los jóvenes. Prohibir el uso de los dispositivos digitales y demonizar los medios tecnológicos no es la solución, hay que educar en su uso adecuado y supervisarlo.

Entre los factores que pueden ejercer igual o mayor influencia en la aparición, mantenimiento o agravamiento de comportamientos violentos, menciono algunos de los más significativos:

- La escasa o nula educación de los menores, dentro y fuera del ámbito doméstico, en el manejo de las emociones, en particular en el control de impulsos y la tolerancia a la frustración. En la serie de TV aludida, el pobre padre de Jamie quería ayudarle a superar sus decepciones mutuas llevándolo a entrenar boxeo (sin atraerle al chiquillo esa opción, aparentemente), con un resultado obviamente insatisfactorio. En el instituto, un personal desbordado oscilaba entre la coerción y la pasividad, sufriendo y contribuyendo a la vez a una situación caótica por momentos.

- El equívoco acerca de la naturaleza del estilo educativo democrático, que a veces degenera en permisivo o negligente. Estar pendientes de satisfacer las necesidades de los pequeños es compatible con ponerles límites que aprendan a respetar. Argumentar por ejemplo que no se debe decir nunca “NO” a un niño, porque se traumatiza, es una muestra de esa confusión.  

-  La falta de autoridad de los que deberían ser algunos de los referentes adultos más importantes de los menores (los propios padres; el profesorado; el personal sanitario; las fuerzas y cuerpos de seguridad, etc.), autoridad a veces deslegitimada por los mismos padres en presencia de los estudiantes: cuando un progenitor cuestiona o desautoriza al otro delante del hijo; cuando increpa o amenaza al tutor del menor por castigarle o ponerle mala nota...

- La pérdida de autoridad moral de algunos adultos presuntamente ejemplares, por sus comportamientos reprochables ante los menores o la ciudadanía en general: un religioso que abusa de sus fieles; un político que engaña y estafa a sus representados; un empresario que explota a sus trabajadores; un docente que se desentiende de alumnado víctima de maltrato o acoso (“porque es mejor que resuelvan sus problemas entre ellos”) o incluso participa activamente humillando en público a un estudiante “diferente”.

- La abundancia de modelos sociales que se muestran agresivos en un entorno cotidiano, recordemos los casos de padres y madres insultando y amenazando a árbitros y jugadores de fútbol menores de edad rivales de sus hijos desde las gradas, saltando al campo incluso, o atacando a otros padres...

- La obsesión por competir y compararse continuamente y la necesidad de recibir la aprobación del grupo de iguales a cualquier precio, hipertrofiada, justo es reconocerlo aquí, por el inmenso escaparate de las redes sociales digitales.

- La ausencia de una educación cívica y una educación sexual y socioafectiva que prevengan los efectos de la exposición prematura e indiscriminada al porno, las actitudes sexistas de los foros que abundan en internet y fuera, y los comportamientos discriminatorios en general.

- El miedo de los jóvenes a un futuro incierto (empleo precario, vivienda inaccesible, guerras y cambio climático, etc.) provoca también frustración y desánimo, acompañados regularmente de una ira mal controlada.

- La disponibilidad de sustancias adictivas con propiedades psicoactivas que reducen aún más el control de los impulsos,  la gestión de las emociones y alteran la percepción de la realidad; algunas de las cuales siguen siendo socialmente aceptadas (en según qué latitudes resulta graciosa la primera borrachera de un menor de edad).

Y podría seguir un rato enumerando claves que dan cuenta de por qué la violencia estalla a veces; no he aludido a los factores hormonales y los mecanismos biológicos de la agresividad, que también tienen su papel, ni al déficit creciente de descanso nocturno en los jóvenes, que suele correlacionar con el aumento de la labilidad emocional, la hipersensibilidad, la irritabilidad y la impulsividad. Pero no se trata de hacer aquí un ensayo de una extensión que daría para un libro, sino de detenernos un momento a reflexionar sobre un tema que nos preocupa sobremanera, para intentar entenderlo un poco mejor y tal vez poner de nuestra parte lo que esté en nuestra mano para mejorar la situación, quizá baste con no mirar para otro lado o echar la culpa al vecino...

Ya para ir concluyendo, imaginemos una chica o un chico cualquiera con la autoestima hundida, que sufre o siente el rechazo de los demás de forma continuada en el tiempo. Convengamos en que es carne de cañón para acabar haciéndose daño a sí mismo/a o a los otros. Y en un entorno donde la frustración se “resuelve” a menudo con agresividad, sin que las consecuencias estén claras (si eres menor eres inimputable; a veces la violencia se disculpa, o hasta se alienta y aplaude en determinados círculos y momentos), tenemos servida la tormenta perfecta. 

No pretendo dramatizar, esta no es una realidad nueva, la adolescencia siempre se ha caracterizado por ser una etapa de la vida relativamente turbulenta, pero también es una época en la que eclosiona el descubrimiento del amor, del placer, de la amistad, es un período donde todo se vive intensamente, también lo bueno...

Lisa Miller, la hermana de Jamie en la serie de Netflix, criada por los mismos padres, formada en el mismo instituto, es una joven educada y agradable, seguro que con sus crisis personales, sus errores y sus secretos, pero más estable emocionalmente en apariencia. Puede que ella hubiera logrado consolar a su hermano cuando Katie lo humilló en las redes, antes de ser apuñalada por aquel. Aconsejándole sobre cómo manejar la situación de otra manera con las chicas. Al mismo tiempo a Katie la podían haber ayudado cuando vulneraron su intimidad por internet, no compartiendo esas fotos de forma masiva, ni haciendo escarnio público de su persona... En fin, como soñar es gratis, no descartemos que otros Jaimies y Katies, que se encuentren ahora en medio de graves conflictos personales sí que logren encontrar salidas más pacíficas a estos con el apoyo de una sociedad más sensible y civilizada. Dejo para el siguiente artículo el abordaje de una serie de  pautas cuya adopción permitiría mejorar el panorama.

En eso estamos todas y todos profundamente concernidos si habéis mantenido el interés de leer este artículo hasta el final, entreverando algún que otro suspiro entre párrafo y párrafo.

"La mecedora y el Danubio Azul", por Eduardo Riol Hernández

 


A lo largo de mi infancia, mi abuela materna, Purificación, vivió con nosotros durante años. Se vino a casa cuando yo contaba pocos años de edad, supuestamente para ayudar a mi madre con mi hermano recién nacido. La razón principal, sin embargo, era que mi abuela estaba envejeciendo sola tras enviudar en Valencia años atrás, y con su hijo mayor era impensable que se fuera a vivir.

Mi abuela tenía un carácter complicado y era inevitable que se entrometiera antes o después en el matrimonio de mis padres.

En ocasiones advierto a las parejas que acuden al gabinete que vivir bajo el mismo techo que los padres o suegros suele ser una amenaza para su relación, porque incluso cuando se trata de personas afables, como mínimo se pierde intimidad. Aunque, para ser justos, a cambio los mayores nos prestan -según sus posibilidades- apoyo cuidando de los nietos, echando una mano con las tareas del hogar, contribuyendo a los gastos domésticos, etc. Sin olvidar que a veces ocurre al revés: tras las crisis económicas de las últimas décadas, más de una vez son las parejas jóvenes con hijos las que se acoplan al domicilio paterno. En cualquier caso, los problemas de convivencia aparecen igualmente.

En el caso concreto de mi familia, mi abuela había tenido a mi madre con cuarenta y dos años y cuando se vino a vivir a Cádiz con nosotros rondaba los setenta. Setenta años de una viuda que iba con el siglo, nacida en 1900, con la mentalidad de entonces; una mujer de carácter seco, si no agrio, metida en la casa de su hija, también de temperamento fuerte, con la que nunca se había llevado precisamente bien.

Al principio mi padre trató de contemporizar con su suegra durante un tiempo, pero su esfuerzo fue inútil. Cuando las desavenencias se recrudecieron mi madre le dio un ultimátum a mi abuela y esta, herida en su orgullo, decidió mudarse a una residencia de mayores llevada por monjas. Allí duró unas pocas semanas, no porque falleciera repentinamente, sino porque a mis padres les remordía la conciencia y en una visita la animaron a regresar a casa. Craso error, según se vio luego. El tiempo que mi abuela pasó en la residencia íbamos a verla cada semana, el trato con mis padres mejoró y allí estaba bien atendida por las monjitas. A su vuelta a casa el deterioro de la convivencia no tardó en resurgir.

Esta vez mi padre optó por dejar de dirigirle la palabra. Así se pasaron largas temporadas, sin hablarse y evitándose todo lo que podían, lo que no impedía que mi abuela siguiera metiendo cizaña por lo bajini. Mis padres se separaron y posteriormente divorciaron varios años después. No pretendo insinuar que la causante de la ruptura fuera “doña Pura”, como la llamaban en el barrio. Claro que algo influyó, además de otros factores que contribuyeron de forma determinante al alejamiento progresivo e irreversible de mis padres, como la muerte de mi hermano Alfonsito en cuarenta y ocho horas por una meningitis galopante con solo cuatro años (entonces yo contaba cinco y unos meses, y ahí se puede decir que acabó mi infancia; tras un bofetón de realidad de tal magnitud nunca llegas a recuperarte del todo). Mis padres no supieron apoyarse mutuamente y pasaron el duelo cada uno a su manera; mi padre se refugió en el trabajo y mi madre en la Iglesia, aunque ninguno de estos consuelos llegó a serlo realmente ni duró demasiado. Mi abuela en ese período estuvo prudente y además se volcó ayudando en casa, siempre desde una ostensible distancia emocional. Años después, no obstante, vinieron al mundo mis otros dos hermanos, que trajeron nuevas alegrías a la familia, aunque lamentablemente no bastaron para una verdadera reconciliación de mis padres. Me daba lástima por mis hermanos, que se perdieron la primera época relativamente feliz de nuestros padres. Guardo como oro en paño un recuerdo de los cuatro (Alfonsito era el cuarto, mi abuela no acostumbraba a venir) cantando “Los duros antiguos” en el coche, de excursión por los pueblos blancos…

Regresando al tiempo en que los dos retoños aparecen en escena, imaginad una casa donde los adultos apenas se hablan y, cuando lo hacen, a menudo es para discutir. Los pequeños notan que algo no va bien, pero se distraen con sus juegos infantiles y sus peleas de hermanos. Y el primogénito, un viejo disfrazado de adolescente, se pasa el tiempo debatiéndose entre sus propios conflictos y los del resto. Ocasionalmente mis padres se desahogaban charlando conmigo (eran más bien monólogos), cada uno por un lado criticándome al otro. Yo me prestaba a medias, hasta donde me sentía capaz, temiendo que aquello saltara por los aires antes o después.

No quiero adoptar el papel de víctima en solitario, pues todos lo fuimos; ni de hijo modelo, porque tampoco lo era. Sobre el lado menos edificante de mi actitud en aquella época hay algo de lo que me arrepiento especialmente: mi madre quiso separarse por primera vez de mi padre cuando yo tenía trece años, y cometió el error de pedirme opinión: Yo le respondí que "ni pensarlo". Como si yo tuviera derecho a condenar a mi madre, y por extensión a mi padre -aunque él no se planteara la ruptura-, a ser infeliz el resto de su vida; ella tenía entonces treinta y siete años. Podría habernos ahorrado un buen montón de años de discusiones y quebrantos. Yo era bastante maduro para mi corta edad, pero no lo suficiente para tal acto de valentía y generosidad. No estaba preparado aún para apoyar a mi madre en lo que yo interpretaba equivocadamente como la destrucción de la familia. Años más tarde mi postura cambió; antes fui testigo de varias depresiones de mi madre.

Otro aspecto de mi conducta que lamento es haber tratado mal a mi abuela Pura, faltándole al respeto con mis burlas y desprecios, medio en broma medio en serio, no sé si como válvula de escape, o simplemente porque era un "malaje", como se dice en mi tierra.  El caso es que los dos nos lanzábamos pullas y nos decíamos lindezas más a menudo de lo que quisiera recordar durante muchos de aquellos años. Y sin embargo, yo intuía y luego supe con certeza que mi abuela tenía pasión por mí y yo, por mi parte,  la llegué a querer como a pocas personas he querido. Ella me lo demostraba a su manera: de pequeño me daba a escondidas frutos secos y golosinas que guardaba en su cuarto reservados solo para nosotros dos. Me daba dinero para el desayuno cuando iba al instituto, que yo guardaba para comprarme libros y cómics a costa de pasar un poco de hambre. Cuando me marché a Granada para estudiar la carrera siguió ayudándome, comprándome ropa y complementando la ayuda que me daban mis padres para mis gastos.

 Ella no tenía otro modo de expresar su cariño, y yo por mi parte, que también era más bien arisco con buena parte de la familia, se lo agradecía portándome mejor con ella, más al pasar los años, pues cada vez estaba más frágil de salud. Cuando esta se resintió drásticamente tras cumplir los noventa y la vida se le escapaba por momentos, estuvo esperando a que yo pudiera coger un permiso de mi trabajo en Granada para despedirse de mí. La misma noche del día en que llegué a Cádiz para verla por última vez me quedé a su lado, sus ojos brillaron al verme y con un hilo de voz me dijo “Hijo mío, ¡cuánto cuesta morirse!”. Unas horas después, de madrugada, mi abuela descansó por fin; falleció cogida de mi mano.

Yo tenía veintitrés años, a punto de ser padre por vez primera, y ese día volví a sentir que algo se rompía muy dentro de mí despertando un viejo dolor agazapado en un rincón de mi alma desde hacía dieciocho años. El niño desconsolado que asomaba en ese momento a la superficie de mi conciencia luchaba con las lágrimas empeñado en creer por un instante que mi abuela se había reunido con mi hermano Alfonso en alguna estrella o nube desde la que velaban por los que seguíamos temporalmente aquí abajo, un poco más solos que antes.

Recuerdo esos días a mi madre tan triste como agotada y hasta mi padre, que tantos años de beligerancia había padecido con mi abuela, emocionado y apesadumbrado por su muerte, sin saber que él la seguiría pronto, quizás a una nube o estrella vecina, a los cincuenta y seis años, edad que yo ahora acabo de superar.

Hace ya muchos años que me faltan los dos y aún conservo vagos recuerdos de sus numerosos desencuentros. Sin embargo, cada uno de enero acude a mi mente con nitidez la imagen de mi abuela en su mecedora y mi padre en una butaca próxima, viendo por la tele el concierto de Año Nuevo de la Ópera de Viena. Durante unas horas firmaban tácitamente una tregua, unidos por su amor a la música clásica y a la tradición. Y así es como me gusta recordarlos mientras suena de fondo mi vals preferido, el “Danubio Azul”.

*     *     *

Tras la lectura de este fragmento de mi vida, que comparto aquí hoy sin filtros, habréis podido adivinar algunas de las razones por las que mi vocación se encaminó a la psicología y a la orientación y la terapia familiar.

De nuevo, uno de mis escritos ha quedado algo más lacrimógeno de lo que me gustaría, con el agravante de que se trataba de mi propia historia. No era mi intención deprimiros ni daros pena, sino mostrar la vida tal como es, a fin de aprender juntos a aceptar lo inevitable, a combatir lo evitable, a disfrutar más de los momentos felices y a afrontar con el menor sufrimiento posible los aciagos.  Espero haberlo logrado, al menos un poquito.



 


"Futurofobia. Ensayo, fábula y delirio". Por Eduardo Riol Hernández



Imagen del cuadro "El Grito", de Edvard Münch


— Se acerca el final...

— ¿El Apocalipsis?

­­ — ¡El final del otoño!

*   *   *

— “Winter is coming…” (Se avecina el invierno)

— ¡Qué bien que llega la nieve, podremos jugar con los trineos!

—¡Ay, Dios, muchas personas sin hogar morirán de hipotermia!

— ¡Jon Snow nos salvará, con permiso de la reina dragón!

*   *   *

No, no os estoy tomando el pelo. Solo que he querido empezar de un modo diferente -un tanto frívolo, lo reconozco- otro artículo más donde nuestros miedos acaparan el protagonismo. Me tentaba abordar el asunto con una pizca de humor friki, con guiño incluido a quienes seguíais como yo la serie “Juego de Tronos”. Así restamos cierto dramatismo al tema, más después de ilustrarlo con una imagen tan impactante como la del famoso cuadro “El Grito”, de mi tocayo Edvard Münch.

El título, la imagen y la introducción de esta nueva entrega despistan bastante, pero enseguida vamos a ver que están relacionados.

He tomado prestado el término “futurofobia”, un neologismo que da nombre a un interesante y oportuno libro del periodista y escritor Héctor García Barnés, para referirme en parte a lo que el autor define como “sustituir la ilusión por el pesimismo”, solo que poniendo en mi caso mayor énfasis en el temor a lo que está por venir en un mundo sin porvenir, valga el juego de palabras.

El cuadro de Münch se presta a muchas interpretaciones. Se dice que quien grita es la Naturaleza, no el hombre del primer plano, que en realidad se tapa los oídos o se echa las manos a la cabeza ante un estruendo ensordecedor. Pero,  ¿por qué gritan la una, el otro, o ambos? De alegría no parece. El paisaje sugiere un torrente, un abismo o un torbellino amenazante con un horizonte en llamas al fondo; el hombre huye angustiado por esa pasarela por donde desfilan otras siluetas con gesto impasible. El grito, los gritos, pueden ser de pánico o desesperación, de rabia o de dolor, o tal vez de todo eso junto.

Y volvemos al miedo al futuro, frente a peligros anunciados o inciertos. Un futuro que ya está presente porque ya está sucediendo o porque lo anticipamos. Un futuro que ya sufrimos en sus diversas manifestaciones, como la llamada “eco-ansiedad”, ante los malos augurios del cambio climático y la ocurrencia de desastres “naturales” cada vez más frecuentes y extendidos; o la creciente inquietud derivada del convulso panorama de polarización, extremismo y violencia en todos los órdenes de la vida (moral, social, económico y político) a escala internacional.

No es de extrañar, pues, que jóvenes y mayores coincidan a menudo en el rechazo a enterarse de lo que pasa, que eviten en lo posible saturarse de malas noticias que nutren la actualidad. Sin olvidar que abunda la desinformación, los bulos que deforman, exageran o se inventan directamente una “realidad” alternativa, que nos crispa y amedrenta aún más. Otros por el contrario se convierten en consumidores compulsivos de noticias o pseudo-noticias de catástrofes varias. Terminamos pensando que todo está mal y aún puede empeorar.

Y si descendemos al plano de la vida cotidiana y concreta de cada cual y ponemos el foco en las jóvenes generaciones que han vivido una relativa abundancia y de pronto se ven abocadas a una reducción drástica de su poder adquisitivo, presenciamos el drama de una juventud frustrada,  obligada a permanecer indefinidamente en casa de sus padres o  a compartir piso de alquiler como estudiantes talluditos, sin poder emanciparse aunque trabajen, dada la precariedad del empleo y la situación cercana a la pobreza de no pocos asalariados y autónomos, ante el desfase entre los ingresos y el coste de la vida. ¿A quién le quedan ganas de formar una familia en estas circunstancias?

*   *   *

— “¡Me estoy rayaaaandoooo!!!”, protesta una joven graduada en paro mientras lee.

— Perdona, la he fastidiado. Mi intención era hacer un relato desenfadado del asunto.

— ¡¿Con el dichoso cuadro ese encabezando el artículo?!

— No te falta razón. Lo peor es que he acabado convirtiéndome en otro agorero de turno, y podría seguir aventurando desgracias sin esforzarme demasiado.

—¡Socorroooo! ¿Dónde está Jon Nieve?

*   *   *

 Pero no caigamos en el error de pensar que esto es nuevo de ahora, en mayor o menor medida ha ocurrido siempre. La impresión de que la Humanidad va a la deriva y de que mil terribles amenazas se ciernen sobre el planeta no es una novedad. Recuerdo sin ir más lejos aquella pintada de mayo del 68 que hoy diríamos se hizo viral: “Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo me estoy poniendo muy malito” (versión libre de un grafitero gaditano).

Imaginemos cómo se sentirían los polacos buena parte del siglo XX, invadidos primero por los nazis y luego por los soviéticos, o el conjunto de Europa en el período pre- post- y entre guerras mundiales. ¿Y los humanos que sufrieron terribles epidemias, hambrunas, cataclismos y alguna que otra glaciación, siglos o milenios atrás? ¿Cuántas veces pensarían que aquello era la antesala del fin del mundo?… La Historia está trufada de momentos críticos para la Humanidad a los que esta ha sobrevivido. Tal vez nuestro mayor problema es que podríamos llegar a morir de “éxito”: ¡hemos superado la cifra de ocho mil millones de habitantes!

Sin embargo, los avances de la ciencia y la tecnología, bien empleados, y el fomento de una conciencia moral enfocada al bien colectivo a medio y largo plazo, aún pueden librarnos de una virtual desaparición o de vernos condenados a sobrevivir a duras penas en un escenario distópico. Muchos no tardaremos en respondernos que el ser humano no escarmienta, persevera en sus errores y cada vez tiene más capacidad de autodestrucción, que la razón es débil frente a la ceguera de la avaricia y el egoísmo sin freno. La réplica, sin embargo, llega también pronto: destacados pensadores señalan que un análisis detenido del acontecer humano refleja claramente el progreso imparable que ha tenido lugar en los últimos siglos.

El debate está servido. ¿Ha desaparecido la esclavitud, por ejemplo? Según se mire, hay reductos de diferentes formas de esclavitud diseminados por el orbe, la trata de personas, la explotación laboral…Pero hoy día son mayormente fenómenos residuales y perseguidos. No son hechos generalizados, no los permite la ley ni los aprueba la moral como siglos atrás. Ciertamente a toda reflexión de esta índole se le pueden contraponer matices y excepciones. La diferencia es que en la actualidad los hechos más abominables son eso, excepciones, antes eran la norma.

Ese pobre hombre del cuadro de Münch teme más la indiferencia de sus semejantes, que pasean ajenos al drama que les rodea, que a la amenaza que se fragua a su alrededor.

El impulso de una educación moral inspirada en una ética universal que trascienda ideologías y religiones particulares es un propósito muy ambicioso, algunos pensarán que utópico, pero no debemos renunciar a él.

*   *   *

EPÍLOGO

A lo lejos se oye redoblar los tambores, se intuye el ruido de sables entrechocando… El fogonazo de un dragón cabreado ha dejado calvo y chamuscado al pobre hombrecillo que se desgañita tratando de escapar del cuadro de Münch.

Mientras, un cansino y trasnochado escritor de blogs adormece a sus lectores con un soporífero discurso…

 ¡Un momento, algo ha cambiado! Jon Snow y la Khaleessi han dejado de batirse en un duelo absurdo y letal y se dirigen cogiditos de la mano a la Escuela de Líderes Por la Paz Mundial, fundada por un tal Mahatma Gandhi.

¡Qué alivio, una vez más salvados por la campana!!!

*   *   *

Definitivamente, al autor de estas líneas se le va un poco la pinza de cuando en cuando...

¡Amén!

 

 


"Las cosquillas de la bruja", por Eduardo Riol Hernández

 

Foto de Pedro Dias. Tomado de Pexels.Com

El pequeño de cuatro años trata de dormir a pesar del intenso calor de esa noche de primeros de junio, que anuncia la llegada inminente del verano. Está acostado en la cama de su abuela, por hallarse en la habitación relativamente más fresca de la casa y estar la buena señora pasando unos días en el pueblo. Pero extraña su propia cama y no para de dar vueltas y vueltas aferrado a la sábana -puede más el miedo que el bochorno- hasta que por fin logra adormilarse.

En algún momento de ese sueño agitado el niño despierta con una sensación de angustia: él suele dormir de lado y está notando unas inquietantes cosquillas en la axila más elevada, unas cosquillas recurrentes que se desplazan hacia la tetilla próxima, pero teme moverse y demostrar que está despierto. Tampoco se atreve a abrir los ojos, anticipando el horror de enfrentarse a lo que intuye provoca esas cosquillas, ¡una bruja que le roza la piel con sus largas uñas!...

Una sucesión de gotitas de sudor resbala incesante por el pecho del pequeño, impidiendo que su terrorífica pesadilla cese.

*     *     *

El miedo es una constante en nuestra existencia. Hay miedos atávicos, miedos irracionales, fobias; hay miedo al miedo, análogo de la ansiedad. El miedo paralizante nos impide actuar y nos roba oportunidades de vivir experiencias enriquecedoras. El miedo cerval nos impulsa a la ciega huida o a la violencia atroz. Por tratar de evitar el dolor y el sufrimiento extremos llegamos a perder el juicio.

Sin embargo, el miedo es necesario en nuestras vidas. Un miedo racional y controlado nos hace estar alerta, prever amenazas, esquivar peligros, nos hace ser más prudentes. ¿Por qué no aceptamos entonces que hemos de convivir con el miedo, familiarizarnos con él, y hacerlo nuestro aliado en la medida de lo posible?

*     *     *

Muchos veranos sofocantes y muchas pesadillas después, ese niño, ya adolescente, descubrió la verdadera naturaleza de la temible bruja. Una de esas noches en las que el sudor le produjo el mismo cosquilleo estando entre el sueño y la vigilia, evocó repentinamente aquella pretérita sensación de terror, pero esta vez un residuo de conciencia le permitió identificar el origen de esas “cosquillas”, produciendo en él una amalgama de sentimientos encontrados: alivio, rabia, satisfacción, vergüenza…

*     *     *

A ese niño o esa niña cuyos miedos crecen a la par que su conciencia del mundo y su imaginación le podemos ayudar enseñándole a manejar sus miedos con paciencia y comprensión, sin burlas ni humillaciones. Mostrándole el modo de tolerarlo como un acompañante molesto e inevitable al que podemos domesticar.

Equiparar el valor a la ausencia de miedo es un desatino: se es valiente justo cuando logramos afrontar ese miedo omnipresente sin renunciar a hacer lo que creemos que debemos hacer o lo que simplemente deseamos hacer.

Y combatir el miedo con más imaginación y con humor suele ayudar. Antes de saber que la bruja de nuestra historia era una secreción corporal producto del calor, antes por tanto de encontrar una explicación lógica tranquilizadora a un fenómeno que interpretábamos como un acto de magia negra, la mente infantil puede vencer a la bruja aprendiendo a tomar las riendas del sueño y cortándole las uñas o jugando al truco o trato con ella.

 


"¡Salta conmigo!", por Eduardo Riol Hernández

 

Tomado de pexels.com. Foto de Karolina Grabowska

Se puede saltar de alegría por una buena noticia. Se puede saltar jugando, para divertirse o para competir. Se puede saltar bailando al ritmo de tu grupo favorito. Pero también se puede saltar de miedo cuando te dan un susto, o para apartarte de algo que te da asco. Incluso se puede saltar al vacío, huyendo de un fuego pavoroso que te rodea, o por la desesperación de no ver otra salida a un sufrimiento que te resulta insoportable; tal vez por la pérdida de un ser querido o una ruptura sentimental que no se logra superar, por el rechazo de la gente que te importa, por sentir que no vales nada, que vivir así no merece la pena…

Yo solo te pido que antes de dar ese último salto irreversible me des la mano y te vengas a saltar conmigo un rato en esa cama elástica de la niñez donde puedas volver a reír a carcajadas, ajeno a la crueldad, la injusticia y la miseria que aguardan a la vuelta de la esquina, en el patio del colegio o en la soledad de tu cuarto.

Después, ya que estamos, iremos a saltar en la pista de baile de aquella concurrida discoteca o a las fiestas del barrio, sin temor al ridículo, alentados por esa música tan animada que por unos instantes casi te devuelven las ganas de vivir.  Aquí y ahora te duele menos ser invisible para otros o sufrir sus desprecios y humillaciones. Te das cuenta de que en realidad no les necesitas para estar a gusto. Y te preguntas, sin mucha convicción pero con un atisbo de esperanza, si la vida aún te reserva, también a ti, oportunidades de disfrutar.

Al acabar el día, sin embargo, regresan las dudas y los temores, te convences de que durante las horas anteriores has sido víctima de un espejismo. La angustia de otra noche solitaria te asfixia y quieres escapar. Te asomas a la terraza del salón, calibrando si la altura es suficiente para acabar de una vez con todo. De pronto, los reflejos de unos charcos en la calle te hacen guiños y te despistas por un momento de tu cometido: valorar la mortalidad potencial del salto. El caso es que no te queda claro, será mejor subir a la azotea, y te encaminas descalzo a la escalera. Entonces ves en un rincón de la entradita unas botas de agua de colores vivos, son de tu talla. Qué extraño, no recuerdas tener unas así desde el final de la Primaria.

Un impulso te hace cambiar de planes: en un suspiro te encuentras en la calle, saltando de charco en charco y dando gritos de júbilo que despiertan a los vecinos mayores, perplejos al ver un joven en pijama con aspecto de haberle tocado la lotería. Yo no te he podido acompañar aún, porque te espero en el futuro, soy tú pero algo más viejo, atiendo el Teléfono de la Esperanza como voluntario en mis ratos libres, si tú decides que la azotea puede esperar…

 

La Hipnosis como Terapia - II. El poder de la sugestión 3ª y última parte. Por Eduardo Riol Hernández

 


Fotografía tomada de: pexels-tyler-hendy-52062

En los artículos previos nos hemos acercado al magnético mundo de la hipnosis a través de diferentes prismas. Empezamos apuntando algunos datos relevantes, entreverados con un sencillo experimento que a más de uno dejó con la duda de si era “hipno-resistente” o fácilmente sugestionable (al final del presente artículo tendremos una nueva oportunidad de responder a esta pregunta).

Después relatamos una peculiar anécdota que daba cuenta de las consecuencias de “jugar” con la hipnosis para un grupo de universitarios que acabaron poco menos que como extras de una película de terror.

Proseguimos con el análisis de algunas creencias erróneas y mitos sobre la hipnosis, que nos condujo a una reflexión tangencial sobre la mala praxis de algunos “profesionales” carentes de código ético. Al mismo tiempo aclaramos -no obstante- que una persona, por el mero hecho de sumirse en un trance hipnótico, no queda automáticamente indefensa ante cualquier intento de abuso o manipulación.

Nos detuvimos otro momento a comentar qué cosas NO son hipnosis. Y ahora vamos a dar un último giro para describir lo que SÍ es hipnosis y no lo consideramos como tal,  a fin de poder delimitar mejor su naturaleza.

El conductor que circula varias horas por una carretera y un paisaje monótonos entra a menudo en un estado de ensoñación en el que su mente viaja a otro momento y lugar, y por un instante olvida que está al volante y no ve la carretera que tiene ante sus ojos, lo que puede provocar un accidente si no reacciona a tiempo y se espabila con ayuda de la radio o la conversación de un acompañante.

La jugadora de un partido de competición no advierte que se ha hecho una herida abierta en la rodilla hasta que se para el juego, ve la sangre y le empieza a doler.

Un chico está viendo su serie favorita y mientras ríe y llora con los protagonistas de la ficción no oye que están llamando insistentemente al timbre de la calle…

¿Tiene todo esto algo que ver con la hipnosis?

¿Y qué le sucede a esa congregación de monjas que sienten más cercana la presencia de Dios cuando rezan juntas el rosario susurrando de forma sincronizada oraciones que se repiten sin descanso? O al derviche que gira sobre sí mismo hasta la extenuación…

Recordemos una vez más que la alteración de la conciencia y la mayor susceptibilidad a la sugestión definen en buena medida nuestra estado cuando experimentamos el trance hipnótico. Ante estímulos repetitivos se produce un cierto estrechamiento perceptivo, nos concentramos mucho en algo y dejamos de percibir todo lo demás, o lo hacemos de un modo distinto al habitual, de tal forma que cambia nuestra manera ordinaria de reaccionar, o de no hacerlo, ante un estímulo presente o ausente.

Podemos dejar de escuchar un timbre que suena, de ver la carretera por la que circulamos, de sentir el dolor de una herida…Y, en cambio, también somos capaces de experimentar sensaciones o emociones en ausencia de los estímulos o las situaciones que normalmente los provocan. El miedo ante una amenaza inexistente, el dolor de una lesión imaginaria...El denominador común que subyace a tan variadas situaciones es la capacidad del ser humano de sugestionarse, espontánea o accidentalmente, fruto de los parámetros del momento vivido; o inducido deliberadamente por alguien, incluido uno mismo (autohipnosis).

¿Y si aprovecháramos el enorme poder de la sugestión para fines terapéuticos?¿Es posible revertir la naturaleza y el contenido de las sugestiones que nos provocan sufrimiento?¿Sustituirlas por otras que generen alivio y bienestar?

Tras un recorrido en espiral que nos ha aproximado cada vez más a la esencia de la hipnosis, basada en el fenómeno de la sugestión, llegamos al centro neurálgico de esta serie de artículos, sus aplicaciones en el ámbito de la salud.

La hipnoterapia ha demostrado ser útil para lidiar con trastornos de la salud mental, pero también contribuye a mejorar la salud física en sentido amplio.

Aliviar mediante hipnosis el dolor agudo o crónico, incidiendo sobre la parte subjetiva del dolor, permite complementar las terapias médicas y farmacológicas, limitando estas a lo estrictamente necesario, sorteando en parte sus efectos secundarios o adversos. Se puede inducir analgesia o anestesia dependiendo del caso y la persona; modificar el umbral del dolor, cambiar la modalidad sensorial de la experiencia nociceptiva a sensación de tacto / presión…

Superar adicciones a sustancias, dependencias conductuales o hábitos compulsivos es posible gracias a la hipnoterapia combinada con otros tratamientos de psicoterapia y farmacológicos cuando estén indicados.

Afrontar enfermedades graves, enfermedades degenerativas, con tratamientos cruentos o muy limitantes, es más llevadero con hipnoterapia, en conjunción con las terapias preceptivas en cada caso.

Es importante matizar aquí que, en los casos de enfermedades de origen orgánico, la hipnosis no cura sino que ayuda a sobrellevar mejor la dolencia e indirectamente puede favorecer la recuperación, dado que el cuerpo humano es una máquina que pivota en torno a varios ejes que se integran en uno: el eje psiconeuroendocrinoinmunológico. Por eso se producen fenómenos como que los cambios hormonales afecten a nuestro estado de ánimo,  que el estrés o la depresión correlacionen con una disminución de la respuesta inmune de nuestro organismo, es decir que “nos bajen las defensas”, o que seamos víctimas de trastornos psicosomáticos derivados de alteraciones emocionales que se pueden regular con hipnosis y psicoterapia. Del mismo modo, la ansiedad, las fobias, la depresión y otros trastornos de la salud mental se pueden modular con dichas técnicas.

En fin, las aplicaciones son múltiples. Hemos enumerado algunas de las principales, pero nos han quedado muchas en el tintero, desde la mejora de la concentración para el estudio hasta aliviar el malestar asociado a la menopausia (reducir sofocos con sugestiones de hipotermia), pasando por el control de la impulsividad, el fortalecimiento de la autoestima… Si siguiéramos daría para varias páginas más.

Ahora si lo deseas vamos a hacer un ejercicio para comprobar cómo actúan los mecanismos de la sugestión sobre nosotros.

Observa la imagen que ilustra este artículo  (si puede ser reprodúcela en otra pantalla mientras lees esto aquí, una pantalla de tamaño medio como la de una “tablet” al menos; si ha de ser en un móvil, ponlo en horizontal y evita ampliarla demasiado para poder contemplar la imagen completa). 

"Fíjate en alguno de los puntos negros que aparecen en el telón rosado que se divisa al fondo. Mantén la mirada sin parpadear y verás que los contornos se vuelven borrosos; los arcos que envuelven la estancia se desplazan y cambian de tamaño. Entonces te parece oír un rumor de agua en movimiento, ¡sí, se están formando unas ondas concéntricas que alteran la superficie del aljibe! Como olas minúsculas que rebosan e invaden lentamente el espacio en derredor, transportan la luz sinuosa de las ojivas que reflejan y llegan hasta ti transformadas en una brisa tenue que acaricia tu rostro y te susurra un mensaje en el oído…Todo parece cobrar vida..."

Bien. Lo más probable es que de primeras no hayas logrado meterte en situación, vuelve a intentarlo, relee el texto propuesto y mira fijamente de nuevo la imagen, mientras las palabras resuenan en tu cabeza... Así hasta tres veces.

 Este ejercicio se basa en la recreación de una sugestión de animación de los elementos que componen la imagen, partiendo de un efecto óptico y de la fatiga visual. Incorpora además sugestiones de otras modalidades sensoriales: auditivas y de tacto, más complicadas de evocar. Finalmente se sugiere la recepción de un mensaje, un elemento que implica un pensamiento verbalizado, que conlleva un plus de imaginación y creatividad. Por tanto, se trata de un ejercicio complejo que pone a prueba nuestra “sugestibilidad” en un sentido amplio y a diferentes niveles. Si en alguno de los tres intentos hemos llegado a apreciar mínimamente que la imagen cambiaba, que algo parecía moverse y ya está, nos situamos en un nivel promedio. Si además hemos percibido con cierto detalle las ondas, hemos oído el rumor del agua y/o sentido la brisa, ya estaremos en un nivel por encima de la media. Si por último, hemos escuchado un mensaje concreto en nuestro interior, la facilidad para sugestionarse es elevada. En este caso, sería también interesante conocer el tono emocional del mensaje, si era neutro, positivo o negativo: si nos dejaba indiferentes, nos agradaba o animaba, o nos inquietaba o lastimaba de algún modo. Esto daría cuenta del estado emocional que predomina en nosotros en el momento de hacer el ejercicio.

Si no hemos llegado a percibir ningún efecto o cambio en la imagen ni en nosotros al tratar de seguir las instrucciones del ejercicio, una vez más es probable que nos encontremos en el numeroso grupo de las personas “hipno-resistentes”. De cualquier manera, casi todo el mundo se puede beneficiar de la hipnosis, como de la meditación y un extenso abanico de técnicas que contribuyen a desarrollar los recursos y potencialidades de nuestra mente. Bastará con ejercitarse en la técnica que resulte más idónea para cada persona. Cuando la inducción clásica del trance hipnótico se resiste, suele funcionar mejor la técnica de auto-regulación, una variante de la hipnosis que se basa en la instigación de la sugestión a través de un método menos directo pero igual de eficaz, también con fines terapéuticos.

Si, a pesar de su extensión, os ha resultado interesante esta serie de artículos sobre la hipnosis en terapia que hoy concluye, os animo a participar con comentarios y a compartirlo con vuestros contactos en redes sociales.

Os agradezco mucho que me hayáis acompañado hasta aquí y deseo que sigáis con atención los próximos artículos donde abordaremos otras temáticas de interés en relación con la salud mental y el bienestar de las personas y sus familias.