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“Deporte de competición en la infancia: preparación para la vida o maltrato (2ª parte)”, por Eduardo Riol Hernández

 

Foto de Yan Krukov. Pexels.com


Si nos centramos ahora en el deporte de base, varias reflexiones que suscitaron el mundo del deporte profesional y de élite en el artículo anterior son extrapolables aquí. Y es que también se producen anomalías en el nivel inicial. Hay casos de niños y jóvenes que se sienten presionados o maltratados en algún momento de su experiencia deportiva.

Lo que a tan corta edad empieza siendo una actividad extraescolar de esparcimiento y poco más, a veces se acaba convirtiendo en una fuente de estrés intolerable, en una actividad de competición a ultranza donde solo vale ganar; aunque conlleve un coste de sufrimiento e infelicidad del/la joven deportista.

Cuando la educación física y la promoción de la salud, que deberían ser nuestro principal móvil para seguir animando a chicos y chicas a hacer deporte, quedan en un segundo plano muy por detrás del prurito de acumular éxitos y victorias, empiezan los problemas. Cuántas familias, monitores, entrenadores conocemos que paulatinamente se van transformando en agresivos “managers” de sus hijos.

Las claves para evitar que esto llegue a suceder se resumen en:

-        Tener siempre presentes las metas, los valores primordiales que subyacen a la práctica saludable del deporte y el ejercicio físico, especialmente en edades tempranas y el deporte de base: contribuir a la socialización a través del juego; fomentar la salud física y mental de las personas en su desarrollo corporal, cognitivo y socioafectivo.

-        Primar valores como el afán de superación, la cooperación y el altruismo, incluso en escenarios de competición, sobre otras consideraciones.

Es importante insistir aquí en que dichos valores han de adaptarse a la edad y características personales del/la joven deportista. En una primera etapa, cuando se inicia la práctica del deporte como actividad universal al alcance de todas las personas, debemos entender que no todo el mundo tiene el mismo talento, potencial o interés por alcanzar la excelencia a través de dichas prácticas.

Desde otra perspectiva que no me parece incompatible, hay padres y educadores que consideran que ejercitarse en un deporte con un elevado grado de exigencia, ayuda a contrarrestar la baja tolerancia a la frustración y la falta de autocontrol de que adolecen muchos niños y jóvenes de nuestro tiempo.

Lo mismo se podría decir de la oportunidad de contrarrestar la sobreprotección a que hemos sometido a muchos de ellos, que dificulta el afrontamiento de situaciones de un estrés moderado.

En este sentido existe también el peligro de consentir que nuestros hijos abandonen cada actividad que emprenden al poco de iniciarla, por capricho o por no sobreponerse al mínimo contratiempo. Pero no es menos cierto que a veces los adultos nos empeñamos en que los niños se mantengan perseverantes solo porque nosotros mismos hubiéramos querido tener esa oportunidad en nuestra infancia, o porque tenemos unas expectativas desmedidas sobre el potencial de nuestros hijos.

Claro que la disciplina y la exigencia en la práctica del deporte y el ejercicio físico son beneficiosos en la formación y el desarrollo de nuestros hijos e hijas, pero siempre que se observen las recomendaciones de graduarlas y adaptarlas proporcionalmente a la edad, condiciones y circunstancias de los pequeños y los/las jóvenes; que se escuchen sus deseos y demandas, a la vez que el consejo de personas expertas, a la hora de decidir sobre su presente y su futuro a este respecto.

Si no calibramos bien el grado de presión que pueden soportar nuestros hijos; si no respetamos los límites tolerables teniendo en cuenta sus intereses y necesidades además de su potencial, estaremos vulnerando su derecho a disfrutar de una infancia y adolescencia felices, y amenazando seriamente su salud física y mental.

"La última noche de las Perseidas (Un cuento sobre pérdidas y reencuentros, ánimas y estrellas fugaces)" , por Eduardo Riol Hernández.

 

IAA-CSIC (Fuente Europa Press, 11-8-2021)

Era verano en Granada y en casa estábamos emocionados planeando -un año más- la tradicional excursión nocturna al Suspiro del Moro, un puerto de montaña ideal para contemplar la lluvia de estrellas. Mis abuelos maternos también se apuntaron, aunque en esta ocasión mi madre tenía dudas de si era buena idea porque estaban delicados de salud. Pero, al final, todos nos subimos al autocar de la asociación local de senderistas.
Alrededor de las nueve de la noche nos detuvimos en un promontorio despejado de vegetación y preparamos todos los bártulos, desde las tiendas de campaña hasta los telescopios que había traído Alba, una guía de la sociedad astronómica.
Nos juntamos allí por lo menos seis familias, más los organizadores. Había gente de todas las edades, pero poca gente joven para mi gusto. De todos modos, estaba mi hermana y unos amigos del barrio que suelen venir a estas excursiones: ¡Algo es algo!
Los mayores “de bastón”, como dice mi padre coloquialmente, estaban representados por mis abuelos Joaquín y Puri, y una señora que yo creo que también rondaba los ochenta. Sin embargo, a ella se la veía más ágil y lúcida que a los nuestros. Los oí charlar un rato sobre “lágrimas de San Lorenzo”, mezcladas con no sé qué de los “okupas” y la factura de la luz. Bueno, mi abuela Puri no hablaba, sonreía en silencio y miraba al cielo… Últimamente casi siempre está así, callada y mirando al infinito. Mi abuelo le coge la mano y se la acaricia, entonces su sonrisa se agranda y él -en cambio- deja escapar una lágrima, no sé si de San Lorenzo o de San Joaquín.
Llegó la hora en que la noche cerrada, aliada con una discreta luna nueva, iba a dar paso a un espectáculo irrepetible, o eso decía la astrónoma mientras nos orientaba para reconocer las constelaciones más populares, algunas a simple vista, otras con el telescopio. Por su parte, mis padres comentaban en el grupo algo sobre la contaminación lumínica de las ciudades, aunque noté a mi madre inquieta, mirando a menudo de reojo a los abuelos.
Los demás chavales y yo estábamos expectantes, pero no tanto como el primer año, cuando éramos más pequeños y nos sorprendió la novedad de todas aquellas estrellas fugaces cayendo del cielo, como los fuegos artificiales que anuncian el inicio de la feria del Corpus. Confieso que yo tampoco perdía de vista a mis abuelos; los notaba raros, con una chispa extraña en sus ojos que parecía un reflejo de aquellas mismas estrellas que aún no se habían asomado al firmamento.
Se habían sentado uno al lado del otro en unas sillas plegables reclinadas en un ángulo cómodo para observar el cielo. Estaban un poco apartados del campamento, y casi a oscuras como estábamos apenas se intuía su presencia. Los pude vigilar un rato gracias a unos prismáticos con infrarrojos que me prestó un amigo de mis padres, que se dedicaba a la fotografía de naturaleza. Así logré también divisar un animal que tenía pinta de ser un zorro merodeando, que se adentró por unos matorrales a cierta distancia, no sin antes dedicarme una mirada enigmática; o eso pensé.
A lo largo de la noche “los meteoros dejaron tras de sí estelas de luz de una belleza fulgurante”, en palabras de mi tía Marisa, la poeta de la familia. Yo aguanté despierto más tiempo que otros años, contemplando hipnotizado aquellos restos de algún cometa ya lejano, pero pasada la medianoche caí en un dulce sopor arropado por una manta de viaje con la que alguien debió de cubrir mi saco de dormir.
Poco antes del amanecer las voces alteradas de varias personas, entre las que destacaba la de mi madre, me despertaron bruscamente: “¿Dónde están?  No pueden haber ido muy lejos”. A pesar de la confusión del momento, deduje que se refería a mis abuelos. Me incorporé dando un brinco que me hizo tambalear del mareo, pero no tardé en espabilarme del todo y colaborar en la búsqueda, una larga, amarga e infructuosa búsqueda…
El misterio de la desaparición de mis abuelos ha protagonizado las noticias durante semanas, ha sido tema de análisis en tertulias matinales y hasta lo han sacado en ese programa nocturno sobre sucesos sobrenaturales y ovnis, pero mi familia siempre se ha negado a participar en todo lo que no fueran programas informativos serios, y siempre a través de un portavoz, el marido de mi tía Marisa, el tío Arturo, que se ofreció voluntario para tan ingrata misión. 
Varios meses después el misterio permanecía sin resolver. Mi familia se encontraba sumida en la desesperación; mi madre, en particular, estaba deprimida y atormentada por aquella pesadilla que no tenía fin. Necesitábamos el descanso de conocer la verdad, aunque fuera a costa de confirmar la temida noticia de que habían fallecido. 
Se acercaba la noche de Difuntos, más popularmente conocida como la noche de Halloween entre los de mi edad. Yo llevaba varias noches viendo a mis abuelos en sueños, pero no sentía miedo ni pena, porque los veía felices: mi abuela Puri me sonreía, ¡y el abuelo Joaquín me guiñaba un ojo! Solo me contrariaba que parecían querer decirme algo y yo no los podía oír; intentaba leerles los labios sin éxito. El sueño se repetía invariable cada noche, y me dejaba una sensación agridulce. No me atrevía a compartirlo con nadie en casa, me preocupaba la reacción de mi madre. Al final me decidí a comentarlo con mi tía Marisa, que además de poeta era un poco bruja. Se tomó muy en serio mi historia, se quedó un buen rato pensativa, y después me dijo con un tono afectuoso: “La próxima vez trata de escuchar mirándolos a los ojos, no a los labios. Hazlo con todo tu ser, no solo con la vista o los oídos. Si aparecen en tus sueños una y otra vez es porque tenéis una conexión que va más allá de los sentidos convencionales. Pronto averiguarás lo que te quieren decir, aunque intuyo que -en el fondo- ya lo sabes.” Las palabras de mi tía tuvieron sobre mí un efecto inexplicable; en un primer momento me sentí reconfortado pero luego, con el eco de su voz en mi cabeza (“…en el fondo ya lo sabes”), experimenté un estremecimiento que aún me da escalofríos recordar.
 Después de aquello me quedé prácticamente mudo aguardando la llegada de la noche, que precisamente era la señalada Noche de Difuntos. No soy nada supersticioso, ni temo daño alguno de los muertos, ¡pero tampoco soy de piedra! El caso es que haciendo tiempo, curioseando entre los libros de mis padres, cayó en mis manos “El bosque animado”, de un tal Wenceslao Fernández Flores, que no pude evitar hojear, maldita ocurrencia. Al rato lo solté para no sugestionarme más, pero ya era tarde. Imaginaba las almas en pena de la Santa Compaña vagando por un pinar próximo al Suspiro del Moro, y secuestrando a mis abuelos en un descuido del grupo… Así las cosas, esa noche no podía pegar ojo, y fue muy entrada la madrugada cuando me venció el cansancio.
Una pálida luna en cuarto menguante velaba mi sueño. A su alrededor, ráfagas de estrellas fugaces iluminaban la noche de forma intermitente. Algunas se precipitaban como serpentinas de colores que sugerían la celebración de un festejo. De pronto, mis abuelos surgieron como flotando sobre una bruma que envolvía los matorrales y arbustos de aquel paraje que me resultaba familiar. Al instante, de unos altavoces invisibles que debían de estar por todos lados brotó una melodía armoniosa que me sonaba de algún concierto al que ellos mismos me habrían llevado de pequeño, seguro que un poco a regañadientes. Se trataba de la “Danza de los Espíritus Benditos”, de Gluck (me lo chivó una aplicación de mi móvil, que sí, que lo llevo siempre conmigo, incluso en sueños). Joaquín y Puri, con un semblante jovial y romántico, bailaban animadamente cogidos de la mano como si hubiesen rejuvenecido varias décadas. En la vida real, lo más cerca que yo los había visto de un baile era al entrar o salir del Palacio de la Música, una discoteca muy popular para vejetes marchosos. Podréis suponer que yo estaba flipando: ¡vaya sueño más alucinante!, como todo sueño que se precie, por otra parte. Entonces, mis abuelos me invitaron con un gesto a unirme a ellos, y no lo dudé, me lancé a abrazarles, pero -de repente- la música empezó a ralentizarse y sin querer me fui frenando hasta quedar paralizado, luchando inútilmente por avanzar hacia donde se encontraban, como en la más clásica de las pesadillas. ¡Ah, nooo!! Esto no tocaba ahora, amigo mío, no lo iba a permitir: era MI sueño. Así que hice un esfuerzo por concentrarme, los miré fijamente a los ojos, y de nuevo la música sonó como al principio. Logré por fin darles alcance casi sin resuello, suspiré de alivio y formamos un pequeño corro con las manos entrelazadas. Su tacto era cálido y firme en contra de lo que podía esperar viniendo de…¿un par de muertos? ¡Parecían más vivos que yo! ¿Me habría muerto yo? 
Por un momento abrí los ojos, espantado por la duda me había despertado. Reconocí mi dormitorio y respiré hondo. Algo más calmado, volví a cerrarlos y regresé al compás de los espíritus dichosos (que no es lo mismo que los dichosos espíritus, digo yo, ¡en qué cosas me entretengo!). Esperad, algo había cambiado. Notaba otra presencia, pero no se veía a nadie más. Me pareció vislumbrar una cola rojiza desapareciendo entre unos matojos.  La música cesó y la pareja dejó de bailar. Aún sonreían cuando mi abuelo empezó a mover los labios sin que yo oyera su voz, como en los sueños anteriores. Me concentré en su mirada, recordando las palabras de mi tía, pero nada. Y entonces me di cuenta de que también mi abuela trataba de decirme algo, sin articular palabra. Fijé la vista en sus ojos y en su sonrisa, e inmediatamente me inundó un calor tibio al sentir su voz dirigiéndose a mí: “Cariño, diles a todos que estamos bien. Vimos caer una hermosa estrella fugaz a unos metros del campamento y nos acercamos hasta allí dando un paseo. Es un trayecto solo de ida, hijo mío.” “Pero, abuela, ¡no me creerán! ¿Y cómo podremos ir a vuestro lado?”, le respondí con el alma en vilo. Sentí entonces la voz de mi abuelo Joaquín que me miraba compasivo: “Diles que no busquen más, tan solo habitamos vuestros sueños y recuerdos…Una noche de Las Perseidas de algún día lejano veréis un zorro llegar que os guiará hasta donde nos encontramos”. ¡El zorro! Me quedé en suspenso por un instante. Luego quise acercarme otra vez y tocarlos y abrazarlos, pero ya se despedían desvaneciéndose en la misma bruma que los trajo hasta mí. 
Entonces desperté definitivamente. Tenía muchas preguntas que se agolpaban en mi cabeza. También, algunas certezas que aún no estaba preparado para asumir. Después de aquello seguimos yendo cada año sin falta al Suspiro del Moro cada noche de las Perseidas, en busca de una estrella fugaz y un zorro…
Entretanto, la vida transcurre con sus penas y sus alegrías. Y yo cada día me levanto agradecido de tener una nueva oportunidad de disfrutar cada momento que vivo, y que sueño, y que recuerdo, como sentido homenaje a quienes seguimos aquí y a quienes añoramos.

(En memoria de Loli Cañas Muñoz y de tantos seres queridos que viven en nosotros).

“Deporte de competición en la infancia: preparación para la vida o maltrato (1ª parte)”, por Eduardo Riol Hernández.

 

           
   Foto de Tima Miroshnichenko. Pexels.com

Este verano han tenido lugar los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Tokio 2020. Se trata del mayor evento que ensalza la excelencia en la competición a escala planetaria. Han sido unos juegos extraños y heroicos, marcados por la pandemia y por la toma de conciencia de la importancia de preservar la salud mental de las personas participantes. Noticias como la retirada momentánea de alguien tan mediático como la gimnasta estadounidense Simone Biles, o la de tenistas como Naomi Osaka en el grand-slam de tenis de Roland Garros, unos meses atrás, por similares razones -de tipo psicológico-, dieron pie a una retahíla de declaraciones públicas en el mismo sentido por parte de deportistas procedentes de muy variadas disciplinas y otras personalidades vinculadas al mundo del deporte.

        

Estos hechos me han traído a la memoria un reportaje que vi hace bastantes años en televisión sobre la trayectoria deportiva y personal de la tenista aragonesa Conchita Martínez. En aquel entonces me impactó el relato de una joven traumatizada por un entorno de exigencia desmedida que convirtió su vida en un infierno durante aquella etapa. Felizmente, hoy es una mujer adulta con una carrera de éxito que entrena a otros jóvenes deportistas. Me gustaría conocer su punto de vista, como experta y veterana, de lo que sucede en la alta competición en materia de salud mental. Podría contribuir a orientar a las familias y al personal técnico encargado de su preparación, a fin de prevenir y tratar los problemas emocionales que suelen sufrir muchas de estas jóvenes desde su infancia. Posiblemente nos ayudaría a dilucidar si en demasiadas ocasiones se ha podido someter a niños y adolescentes con talento a una presión excesiva en pro de un esperado “éxito”, traducido en forma de victorias, récords y premios. Si se han antepuesto otros intereses -como los económicos, el orgullo del club o territorio representado, etc.- al desarrollo personal sano y equilibrado de atletas y jugadores.

Desde mi punto de vista, el exceso de rigor en los entrenamientos y el control e implantación de determinados hábitos de vida que se exigen a muchos desde temprana edad pueden convertirse en una forma de maltrato.

Si se juzga exagerada mi argumentación, pensemos en los casos que se repiten en el mundo de la gimnasia artística, por ejemplo, o fuera del ámbito estrictamente deportivo, en el ballet clásico, o el ajedrez. Hasta qué punto se llega a veces a forzar los pequeños cuerpos y mentes de criaturas que pueden ver en riesgo incluso su crecimiento y la morfología corporal adecuada, su desarrollo socioafectivo…

No se cuestiona aquí la conveniencia de fomentar en los jóvenes el espíritu de sacrificio, o de inculcarles el valor del esfuerzo. Solo pretendo subrayar la relevancia de hacerlo en su justa medida y adaptado a la edad y circunstancias de cada deportista. Si el adiestramiento en cualquier disciplina no se lleva a cabo de un modo progresivo y dentro de unos límites, se corre el peligro de terminar infligiendo una  tortura en toda regla.

(Continúa en la 2º parte)


El "pin parental" o la consagración de una educación "a la carta"

 

Imagen de Katerina Holmes (pexels.com)

Quienes me conocen o me leen saben de mi defensa constante de las bondades de la familia. Es la proveedora principal de recursos para cubrir las necesidades de las personas; desde el sustento al afecto, pasando por el apoyo de todo tipo para que sus miembros obtengan el mayor bienestar posible en este mundo. Y la responsabilidad de dirigir la educación que precisa cada individuo en sus primeros años de vida hasta alcanzar su autonomía recae, sobre todo, en los progenitores. Esta postura la he defendido reiteradamente allí donde he tenido ocasión, como psicólogo y como padre, con una trayectoria que ronda los treinta años en el desempeño de ambos roles.


Pero ser proveedor principal no es lo mismo que exclusivo: El Estado también debe contribuir a garantizar la subsistencia y a promover el bienestar de la ciudadanía, a menudo con la colaboración de organizaciones de diversa índole que nutren la sociedad civil (instituciones religiosas y laicas; voluntariado de ONGs, etc.). También es responsabilidad del Estado proporcionar una educación básica a los individuos inspirada en valores universales que los prepare para convivir en una sociedad democrática.

Que el Estado vele por la satisfacción y el respeto de tales necesidades y derechos permitirá que se corrijan disfunciones en aquellas familias donde se hace dejación de esta responsabilidad, cuando por distintas circunstancias no se dispensen los cuidados mínimos exigibles en su seno. Por ello las leyes anteponen el interés superior de los menores a los derechos que como padres y madres podamos atribuirnos. Conviene recordar en este punto que somos tutores de nuestros hijos, no dueños de sus vidas ni de su albedrío.


Por otro lado, el Estado tampoco es garante privativo y excluyente de los derechos y necesidades de los que los más jóvenes son acreedores. Partimos de la referencia a unos poderes también sujetos a controles y límites, como es el caso de un Estado democrático -y social- de derecho regulado en la Constitución Española, norma fundamental bajo la que toda la ciudadanía de este país debe regirse.


Así pues, el éxito de un itinerario educativo diseñado para convertir aprendices de ciudadanos en personas cívicas, con juicio propio y espíritu crítico, dependerá del equilibrio de influencias procedentes del ámbito familiar, escolar y social.

Desde esta perspectiva, considero que no es pertinente una educación “a la carta”, según gustos y pareceres, como la que derivaría del establecimiento del llamado “pin parental”, medidas de consentimiento o autorización expresa de los progenitores permitiendo o denegando la participación de sus hijos en cada actividad complementaria que se incluya en el currículo escolar de cada centro, empezando por las que se imparten por personal ajeno al claustro de profesores.


Moviéndonos entre el mundo de lo inverosímil y lo posible, ¿será potestad de los padres decidir si es apropiado que sus hijos asistan o no a una charla sobre “ciber-acoso” impartida por agentes expertos de la Policía? ¿O tal vez será opinable la participación de los estudiantes en actividades prácticas de educación vial organizadas por responsables municipales? ¿Dejamos en manos de algún padre “terraplanista” y/o “creacionista” el permiso para que sus hijos puedan asistir a actividades divulgativas sobre Astronomía y Biología en el museo de las ciencias local? ¿Es opinable la importancia, la necesidad y el derecho de nuestros hijos a conocer el Sistema Solar y la Evolución de las Especies hasta donde nos permiten los avances de la ciencia actual?
Y llevando la lógica del derecho a elegir de los padres más allá del currículo académico, ¿podríamos asumir también que alguna madre “anti-vacunas” decida no vacunar a su hijo durante la campaña de vacunación escolar; o que algún padre “testigo de Jehová” impida que a su hija le hagan una transfusión de sangre cuando corre peligro su salud y hasta su vida?


Organizaciones como el Foro de la Familia en Murcia alegan que la intención de esta medida del “pin parental” es impedir la ideologización y el adoctrinamiento. Entiendo que se refieren a las que provengan de gobernantes no afines a su propia ideología y/o a la posible doctrina religiosa del culto al que sean fieles, claro. Y el foco de la batalla que les mueve parece centrado en sustraerse a las actividades formativas en el ámbito de la educación sexual, el respeto a la diversidad y a los derechos humanos… Llamativo, y preocupante.


Cabe replicar, entre otras cuestiones, que existen mecanismos de control y participación que dan protagonismo a las familias en el ámbito de la comunidad educativa, como son las AMPAS y los Consejos Escolares. Son órganos de representación democrática donde las familias tienen voz y voto. Es en esos foros donde se puede y se debe debatir cómo se concretan en cada territorio y en cada centro determinados aspectos acerca de los objetivos y los contenidos curriculares plasmados en el Plan de Centro, así como cuestiones relativas a la convivencia y el funcionamiento del mismo.


Ciertamente se podrá argumentar que el poder de decisión de esos órganos de representación de las familias es limitado; y que estas han perdido peso en los últimos años en el ámbito de los consejos escolares. Igualmente se puede alegar que las instituciones del Estado administradas por el gobierno de turno dejan mucho que desear en la aplicación de políticas educativas que deberían inspirarse en la vocación de universalidad y de respeto a la pluralidad que impregnan la Carta Magna y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no en intereses partidistas o en enfoques sectarios. Pero, según yo lo veo, pretender neutralizar la arbitrariedad, el sectarismo, la prepotencia o el gregarismo del que unos actores acusan a otros en el escenario educativo autorizando el ejercicio de un veto a discreción -el “pin parental”- es un error.


La solución, a mi entender, pasa por que la sociedad española apremie a sus representantes para que asuman de una vez por todas la tarea necesaria y urgente de consensuar unos principios mínimos, básicos y universales basados en la traslación de los mandatos recogidos en la Constitución y en el Derecho Internacional suscrito por el Estado español a una realidad histórica y social en constante evolución.


Las sociedades modernas y globalizadas incluyen cada vez más familias de diversa procedencia y mentalidad, con diferentes aspectos, creencias e ideologías. Para fomentar la cohesión, la cooperación y la convivencia pacífica en este contexto, debemos redoblar esfuerzos por identificarnos de forma unánime con esos principios morales comunes consensuados previamente, regulados en leyes y normas emanadas de la voluntad de la mayoría. Una mayoría que, en democracia, ha de respetar desde luego a las minorías, pero salvaguardando -como ya he apuntado- a través de la educación el cumplimiento de los preceptos morales que deberá observar el conjunto de la ciudadanía.


Esto solo se puede lograr afianzando una educación que asegure unos fundamentos éticos compartidos, blindando un currículo básico transversal de formación en valores que nadie esté legitimado para boicotear: ni las confesiones religiosas, ni los partidos políticos, ni “lobbies” de diferente naturaleza, ni familia ni sujeto alguno, que deliberadamente confundan el valor sagrado de la libertad con la imposición de su punto de vista particular sobre el interés general de la sociedad.


De este modo, formaremos y educaremos a nuestras hijas e hijos para que aprendan a desenvolverse en un entorno plural donde la discrepancia es legítima e imperan la promoción del conocimiento y la ciencia, la cultura de la negociación, el consenso, la tolerancia, la solidaridad y la convivencia, inspiradas esencialmente en los principios de igualdad, justicia y libertad que, en contra de lo que desde algunas tribunas “tuiteras” se quiere dar a entender, no son principios antagónicos e incompatibles, sino precisamente lo opuesto.

La ola invisible de la pandemia, por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

Imagen extraída de:
 https://www.diariomedico.com/medicina/medicina-preventiva/las-cuatro-oleadas-de-la-pandemia.html

 Hace ya varios meses que la OMS advirtió sobre los efectos devastadores que la pandemia de la COVID-19 estaba produciendo en la salud mental de colectivos profesionales como el sanitario y del conjunto de la sociedad. Con especial repercusión en víctimas menos evidentes, como es el caso de niños/as y adolescentes (a priori se esperaba mayor prevalencia en los mayores, pero seguramente por sus trayectorias vitales -marcadas por momentos más duros- estaban más preparados para resistir, dentro de lo que cabe).

Lo venían avisando también numerosas asociaciones y entidades profesionales del ámbito de la salud; y particularmente, del sector de la psicología. Esta semana lo ha recordado un político -Íñigo Errejón- en la sesión de control al gobierno en el Congreso de los Diputados: La cuarta ola de la pandemia afectará aún más de lleno a la salud mental, y es urgente dotar los servicios públicos de salud de muchos más profesionales de la Psicología, tanto en Atención Primaria como en la Hospitalaria, incorporándolos también en equipos de Prevención y Salud Comunitaria.

Debemos entender esto como una prioridad, no un asunto secundario: recordemos que una de las primeras causas de mortalidad en niños y jóvenes es el suicidio. Hay que centrarse, por tanto, en esta población que -de una forma menos visible- está acusando los efectos del aislamiento y las limitaciones a su desarrollo socioafectivo que conllevan las restricciones impuestas por la situación; que se contagian de los nervios y la tristeza de sus familias derivados de los problemas económicos y de salud que les tocan de cerca. 

La necesidad de jugar, de socializarse en un ambiente más abierto y amplio que el de su familia en el hogar, además -claro está- del derecho a una educación integral, plena y efectiva, justifican que se mantengan los centros escolares en funcionamiento, siempre que sea posible observar las debidas medidas preventivas. En ambos contextos, educativo y familiar, será clave potenciar, entre otras, capacidades como la resiliencia y valores como el altruismo desde las primeras etapas de la infancia. Esto solo será factible con la guía de personas expertas si se dispone de los recursos humanos que antes he apuntado.

Es cierto que hasta ahora el apoyo familiar espontáneo y la asistencia presencial a clase, cuando se han dado, han amortiguado en parte las secuelas emocionales de la pandemia; pero si no se refuerzan la atención y los recursos para poder minimizarlas, no podremos impedir que nuestras hijas e hijos de hoy se conviertan en adultos traumatizados mañana.




La "paradoja cognitiva" de las personas con el Síndrome de Asperger, por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

 

Fuente: pexels.es. Fotógrafa: Sharon McCutcheon

Hoy, 18 de febrero, se celebra el Día Internacional del Síndrome de Asperger, (SA) un trastorno generalizado del desarrollo incluido en la categoría diagnóstica de los trastornos del espectro autista.

 Las personas con SA comparten características con otras formas de autismo, pero disponen de lenguaje verbal, con sus peculiaridades, y poseen una capacidad intelectual media o incluso superior. De ahí que, a veces, también se considere que tienen una "discapacidad invisible", dado que sus problemas no son tan evidentes en un primer momento, a diferencia de lo que ocurre con otro tipo de déficits.

Parafraseando la guía “Un acercamiento al Síndrome de Asperger: una guía teórica y práctica” elaborada por la Asociación Asperger España con el asesoramiento técnico del Equipo Deletrea:

" (...) La presencia de una inteligencia media que caracteriza a la mayoría de las personas con SA puede llevar a infravalorar las dificultades y limitaciones con las que estas personas se encuentran en la vida diaria.

Poseer un cociente intelectual normal o superior no garantiza el desarrollo de una vida autónoma y satisfactoria. Cada vez se pone más énfasis en el concepto de inteligencia emocional o social, para designar aquella "inteligencia" que no es valorada en las pruebas estandarizadas y que es fundamental para la consecución del éxito personal, académico y profesional. Este tipo de inteligencia engloba capacidades tan importantes como la empatía, el juicio social, la capacidad de persuadir o negociar, etc. Para explicarlo con un ejemplo, ser capaz de almacenar gran cantidad de información o mostrar una excelente memoria para las fechas no son de gran ayuda a la hora de detectar si un compañero nos está engañando.

Es muy frecuente que los alumnos con SA presenten fracaso escolar (sobre todo a partir del segundo ciclo de Secundaria), fracaso difícil de entender si nos limitamos a valorar el CI. Las actitudes perfeccionistas de muchos chicos con SA, que llevan a una lenta ejecución de las tareas, las dificultades atencionales,  la desmotivación, la dificultad para comprender conceptos abstractos, las limitaciones a la hora de organizar las tareas o la mala estimación y planificación del tiempo son sólo algunos de los factores que limitan enormemente su éxito académico.

Por otra parte, en el mundo laboral las características inherentes al síndrome también obstaculizan su éxito profesional. La escasa comprensión de las normas implícitas que rigen el funcionamiento de una empresa, la escasez de habilidades empáticas, la mala administración y organización del tiempo, la presencia de comportamientos considerados extravagantes por los demás, dificultan la vida profesional de estas personas. El CI, considerado de manera aislada, es un mal predictor del éxito académico y profesional (...) "

Un caso particular que podemos encontrar con relativa frecuencia es el de personas con Asperger con altas capacidades que no pueden suplir su falta de habilidad en otros ámbitos tan importantes como el desarrollo socioafectivo y psicomotriz. Encontramos, por ejemplo, casos de jóvenes con una memoria y una expresión verbal excepcionales, a los que -sin embargo- cuesta comunicarse de una manera adaptativa, debido principalmente a importantes carencias en asertividad y empatía, falta de inteligencia emocional, rutinas compulsivas, rigidez mental, etc., que complican sobremanera sus opciones de integración en la sociedad.

 Las familias de personas con estas características reportan sus frustraciones, confusión, baja autoestima y alteraciones del estado de ánimo (cambios bruscos de humor, bloqueos…), que afectan a todos en casa. Pueden llegar a ser muy absorbentes, restando tiempo de atención o dedicación a los demás en el hogar y fuera del mismo.

 Algunas de las principales estrategias de intervención, siguiendo la pauta de la guía arriba citada, consistirán en:

-      Asegurar un ambiente estable y predecible, evitando cambios inesperados, lo que les proporciona sensación de seguridad.

-    Ayudarles a organizar su tiempo libre, evitando la inactividad o la dedicación excesiva a sus intereses especiales.

-    Enseñar de manera explícita habilidades y competencias que por lo general no suelen requerir una enseñanza formal y estructurada (como habilidades básicas de interacción social).

-   Priorizar objetivos relacionados con los rasgos nucleares del SA (dificultades de relación social, limitación en las competencias de comunicación y marcada inflexibilidad mental y comportamental).

-   Incluir los temas de interés para motivar en el aprendizaje de nuevos contenidos, a modo de gratificaciones o recompensas.

-  Prestar atención a los indicadores emocionales para prever y prevenir posibles alteraciones en el estado de ánimo.

-  Evitar en lo posible la crítica y el castigo, enfatizando más los factores motivadores antes mencionados.

El egoísmo y la soberbia -a menudo pedante- que exhiben algunas de estas personas en determinadas circunstancias y contextos, las hacen antipáticas a nuestros ojos. No debemos confundirnos: se trata de personas que necesitan ayuda para aprender a interpretar las claves sociales y emocionales que les permitirán desenvolverse de un modo más satisfactorio para ellas mismas y su entorno. Además, tampoco sería justo olvidar las cualidades positivas típicas de este colectivo, como su sinceridad, su conciencia moral, su perseverancia...

 En suma, podemos concluir que resulta una tarea ardua ayudar a una persona con Asperger a integrarse sin que se vea forzada a reprimir e incluso anular su espontaneidad como estrategia para pasar desapercibida. En esta misión perseguimos lograr un difícil equilibrio entre la adaptación y aceptación social de las personas con SA y la preservación y el respeto a su identidad y su singularidad. Ello pasa por el fomento de la sensibilidad de la sociedad (familia y comunidad) acerca de las personas con Asperger, haciendo una labor sistemática de divulgación e implementando políticas educativas, sociales y sanitarias que promuevan el desarrollo de programas de intervención adecuados.

 

 

 

 

Enfrentarse al miedo a los terremotos

Imagen mostrada en el artículo


En diferentes zonas del planeta el riesgo sísmico es mayor. Concretamente una de ellas se localiza en la Cordillera Subbética, constituida por sierras ubicadas en varias provincias andaluzas. Uno de los puntos calientes se encuentra en la zona de Sierra Elvira, en el área metropolitana de Granada, donde se encuentra una falla que separa la sierra de la vega granadina, responsable en parte del enjambre de seísmos que venimos padeciendo últimamente. Pero la verdad es que tanto en España como en muchos otros países del mundo hay numerosas zonas de alto riesgo, y cuando la tierra tiembla, la gente tiembla: se despierta en las personas un miedo atávico a los terremotos...

Así pues,  considero oportuno compartir aquí un enlace con un artículo de interés redactado por la Sección de Psicología de la Intervención en Crisis, Catástrofes y Emergencias del Colegio de Psicología de Andalucía Oriental.

http://www.copao.com/index.php/161-n1/1216-miedoterremoto


Como resumen transcribimos aquí un decálogo de consejos:

" (...)

El DECÁLOGO:

- Asumir que tienes un determinado miedo: reconocer la emoción que tienes es un paso fundamental. Considerando que sentir miedo es natural y que probablemente tiene un motivo.

- Reconocer que no tienes el control. El día a día, por muy controlado y organizado que te parezca, tiene cierto grado de incertidumbre. Tu mente tiene mecanismos que se activan sin que puedas controlarlos y ser consciente de ello. Además, no puedes controlar a los demás o a la naturaleza.

- Ampliar tu percepción. No te centres en los pensamientos catastróficos, no te dejes llevar por todo lo que escuchas. Deja de ver las imágenes del terremoto si te producen ansiedad.

- No hacer caso de noticias no oficiales, sobre todo, aquellas que son sumamente negativas.

- Si sentimos que nuestra respiración se acelera, podemos hacer 3-4 respiraciones lentas y profundas a la vez que nos decimos mensajes tranquilizadores, así podemos prevenir la ansiedad.

- Reconocer y dar valor a tus emociones. Nombra tus emociones y cómo de intensas son, no confundas el miedo con la ansiedad. El miedo y la ansiedad no son lo mismo. La ansiedad se suele manifestar de forma generalizada en el cuerpo y es la respuesta a otras emociones.

- Buscar un lugar que te aporte seguridad.

- Disminuir los riesgos (cúbrete la cabeza con tus manos, si tienes que abandonar tu casa usa las escaleras).

- Los menores pueden presentar síntomas de dependencia (no quieren quedarse o dormir solos). Es normal, debemos ser tolerantes ante esas conductas.

- Si después de semanas o un mes sigues teniendo miedo (a pesar de que ya no se hayan dado nuevos terremotos), busca ayuda profesional."


"Ante un futuro incierto", por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

Autor Diego F. Parra (Fuente: pexels.com)

Se acumulan los meses de incertidumbre, el término que más se repite últimamente, y no por casualidad. La pandemia apenas ha dado tregua y nos enfrenta a un doble escenario,  aparentemente paradójico. Por un lado, hay mucha gente asustada: personas mayores que temen por sus vidas; personas más jóvenes que ven peligrar sus trabajos, el sustento de sus familias; el personal sanitario, más preocupado ante la perspectiva de una inminente avalancha de ingresos hospitalarios. Por otro lado, vemos por la calle y en las noticias algunos individuos y grupos de personas insensatas que desprecian los esfuerzos más o menos atinados de las autoridades y la población en general por mantener bajo control al virus sin rematar la economía. Y en semanas recientes se ha desatado una polémica -entre otras- sobre la oportunidad del inicio del curso escolar en estos momentos, cuestionándose la adopción precipitada o tardía de numerosas decisiones de los políticos del ramo en un contexto de flagrante improvisación...

Amanecemos un día más con la frustración de sentirnos meros espectadores que asisten perplejos a una interminable sucesión de despropósitos en medio de una crisis sin precedentes. Es como si nuestra existencia se hubiera convertido en un remedo de aquella película de Harold Ramis, "Groundhog Day" (1993), más conocida en España como "Atrapados en el tiempo" (o “El día de la marmota”), en la que Bill Murray sufre una pesadilla cada mañana cuando se despierta y descubre que el mismo día se repite una y otra vez, y que -haga lo que haga- al final siempre se ve metido en los mismos  o peores atolladeros, malográndose todo intento de enmendar sus errores.

Más extraño e inquietante es un filme de M. Night Shyamalan cuyo tinte apocalíptico podría haberse inspirado perfectamente en los tiempos que vivimos, en los que -todavía más que las terribles amenazas del calentamiento global, las pandemias y otras catástrofes- preocupa la torpe o nula reacción a las mismas de una especie presuntamente inteligente como la nuestra. "The Happening" (2008), aquí titulado "El incidente", es el relato de la huida desesperada de un profesor de ciencias de Nueva York -encarnado por Mark Whalberg- y su mujer, tras producirse un fenómeno inexplicable que conduce a la gente a matarse de todas las formas imaginables. Los protagonistas se hallan atrapados en un mundo que ha enloquecido. Verdaderamente esta ficción cuasi-distópica recuerda demasiado al mundo real, sin duda abocado a la desaparición si quienes lo habitamos no revertimos esta vocación suicida que parece haberse adueñado de nuestras voluntades. Tanto en la imaginación del realizador de origen indio como en la realidad actual queda patente que el planeta se rebela y se defiende de las agresiones constantes de la Humanidad, que ponen en peligro la supervivencia de todos. Y mucho me temo que las tragedias que asolan el globo han sido hasta ahora únicamente señales de advertencia. La buena noticia es que tal vez estemos a tiempo de frenar este fenómeno de autolisis colectiva si logramos comprender -al menos en parte- lo que nos pasa, por qué nos pasa y qué podemos hacer para cambiarlo.

 A través del prisma de la psicología se aprecia cómo las personas vienen padeciendo durante un período de tiempo prolongado un carrusel de sentimientos y emociones negativas como el miedo, la ansiedad y la desesperanza, que se gestaron durante el estado de alarma y el confinamiento a raíz de la amenaza de primer orden que ha supuesto la pandemia. Alteraciones que siguen causando estragos en la población, que se resiste a aceptar que la denominada "nueva normalidad", tan anómala y enajenante, ha llegado para quedarse -al menos- una buena temporada. Y, como no se vislumbra con claridad lo que tardará en llegar el final de esta pesadilla que comienza a eternizarse, la gente demanda respuestas para conjurar la desesperación; certezas que ni la ciencia ni la política pueden ofrecer con la celeridad y la solidez que desearíamos. Esta cortapisa ha dado lugar a la proliferación de bulos y teorías "conspiranoicas" de todo tipo que nos llevan a situaciones de un surrealismo delirante que favorecen el caos y el desgobierno. Ante este panorama, no es raro experimentar cada vez una mayor indefensión y desconcierto.

 Si abordamos esto desde un análisis sociopolítico elemental, coincidiremos en que la envergadura de los problemas que nos acucian requeriría de liderazgos sólidos en los países más poderosos e influyentes que apostaran por resolver las cuestiones prioritarias de un modo cooperativo, afrontando con buenas dosis de inteligencia emocional la crisis planetaria provocada por la pandemia. Desgraciadamente, es bastante obvio que lo que abunda es precisamente lo contrario; líderes erráticos e imprudentes hasta provocar estupor. Todo esto propicia el ascenso de diferentes formas de populismos, a cuál más peligrosa y temible...

 Regresando al punto de vista de la psicología, me voy a centrar en una de las emociones potencialmente más destructivas: el miedo. Concretamente, el miedo expresado en el temor a lo desconocido, a lo diferente y al cambio. 

Sabemos, a priori, que el miedo desempeña un papel determinante en la supervivencia de la especie; en especial cuando éste es oportuno, proporcionado y racional, porque se manifiesta como una reacción emocional adecuada a amenazas reales, próximas en el espacio y el tiempo, acompañada de una respuesta adaptativa de prudencia y protección en forma de evitación del peligro -prevención- o huida del mismo. Sin embargo, cuando el miedo se apodera de todo y se descontrola, deja de ser funcional y se convierte en patológico. Existe una lista interminable de fobias, que se va actualizando según lo hacen nuestras costumbres y el mundo que nos rodea, igual que ocurre con las adicciones. Podemos llegar a tener miedo de todo lo imaginable, incluso desarrollar un miedo al miedo que subyace a los ataques de pánico, por ejemplo. En muchas ocasiones está justificado sentirlo: la existencia está plagada de riesgos que corremos por el mero hecho de estar vivos. Es natural preocuparse por la infinidad de factores que pueden comprometer nuestra salud y nuestro bienestar, pero empieza a ser un problema grave cuando vivimos con el susto en el cuerpo constantemente, por una cosa o por otra, ¡o por todas a la vez! Eso implica vivir una angustia permanente que llega a ser insoportable para cualquiera. Y la probabilidad de que se produzca esta situación aumenta en épocas donde el peligro percibido se generaliza, como en las pandemias.

El miedo, la inseguridad y la desconfianza desmedida, aparte de hacernos sufrir más de la cuenta, nos limita y empobrece, e incluso nos vuelve agresivos. 

El miedo alimentado por la ignorancia y el prejuicio sobre lo que percibimos como diferente nos lleva a cometer injusticias, a discriminar a personas que no lo merecen.

El miedo a lo desconocido nos conduce a desperdiciar ocasiones de avanzar en la vida, por negarnos sistemáticamente a asumir riesgos, ni siquiera aquellos que se podrían considerar justificados y controlados.

El miedo al cambio desemboca en el estancamiento, en la parálisis.

Buena parte de nuestros problemas actuales, pasados y futuros, como individuos y como sociedad, se originan y se agravan por el dominio que el miedo ejerce sobre nuestras acciones (e inacciones): Por el temor a protestar y a reclamar lo que por derecho nos corresponde, a exigir más a nuestros representantes, vaya que nos represalien y acabemos peor que estábamos. Por el temor a conocer y convivir con otras personas, por si nos decepcionan y nos hacen daño. Y el temor a negociar para resolver conflictos, por si nos terminan engañando o interpretando nuestra buena voluntad como una debilidad. El temor a probar, experimentar, ensayar nuevas fórmulas, explorar nuevos caminos para salir de un bache, de una crisis, por si nos equivocamos y empeora nuestra situación. ¿Cuántas ocasiones de ser más felices desperdiciamos por culpa del miedo?

 Así pues, la solución pasa por aprender a tolerar el miedo, a gestionarlo y superarlo siempre que sea factible; a mantenerlo a raya sin que impida que vivamos la vida, incluso durante una pandemia, y si me apuran hasta durante una guerra o un cataclismo. No nos queda otra que intentarlo al menos, si no queremos renunciar a que existir sea sinónimo de sentirnos vivos. Hagámoslo por nosotros mismos y por nuestros hijos e hijas. ¡ATREVÁMONOS!

 Parafraseando al entrañable autor Matt Haig, a quien sigo en redes sociales y cuya obra he leído y recomiendo encarecidamente, la incertidumbre tiene un lado positivo, y es que nos abre un mundo de posibilidades, algunas de las cuales son prometedoras. No perdamos, por tanto, nunca del todo la esperanza de ser capaces de labrarnos un futuro mejor, desde un presente de compromiso activo frente a la sinrazón, el egoísmo, el miedo y la injusticia.

 

 

"EL INSOMNIO DE MARINA, UNA ENFERMERA EN TIEMPOS DE PANDEMIA", por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

"Game Changer", @banksy.
Pintura donada por el autor a un hospital de Southampton.


Marina lleva sin pegar ojo demasiadas noches seguidas. Los turnos en la UCI han sido agotadores durante semanas, pero casi lo prefiere a las noches de descanso, cuando dispone de tiempo para pensar.
Se agobia dándole vueltas a mil cosas, empezando por los recuerdos de la pesadilla sufrida en el hospital, donde atendían a destajo casos graves de pacientes que empeoraban a un ritmo endiablado, bastantes de los cuales no llegaban a superar la enfermedad a pesar de la ventilación mecánica -cuando disponían de suficientes aparatos- y de los cócteles de tratamientos que les suministraban a la desesperada. ¡Qué impotencia!
También le invade el miedo de pillar el dichoso virus y contagiar a su marido hipertenso, o a sus hijos, tan pequeños; y estar fuera de juego varias semanas, dejando aún más mermado el servicio.
De pronto se llena de rabia, al ser consciente de lo indefensos que han estado ante la avalancha de casos, lo desprotegidos que aún se encuentran en el hospital, con la escasez de equipos de protección adecuados y de pruebas fiables; en medio -eso sí- de multitud de aplausos desde los balcones y de la comparecencia de políticos de todos los partidos sacando pecho por ellos y rasgándose las vestiduras por las cifras escandalosas de víctimas, entre las que se cuentan muchos sanitarios…
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 Nos felicitan en el Día Mundial del Personal de Enfermería; nos llaman heroínas, y hasta nos hacen la ola, pero yo no quiero convertirme en una heroína forzosa. Yo solo pretendo hacer mi trabajo en condiciones, ayudar a salvar vidas sin poner gratuitamente en peligro la mía ni las de quienes me rodean. No deseo recibir medallas, ni que otros se las pongan en mi nombre. Me repugna que utilicen el sufrimiento y el dolor de las víctimas como arma arrojadiza, los unos y los otros, con un ejército de “destroyers” dando la matraca en las redes sociales, los mismos que luego alternan los aplausos con las caceroladas. ¡Qué lamentable espectáculo! ¡¡Es que me enciendo!!
Y es entonces cuando me siento culpable -e incluso avergonzada- por dejarme llevar por la ira, por meter a todos en el mismo saco y no valorar y agradecer lo suficiente el gesto solidario, amable y generoso de mucha gente anónima, que no debo olvidar ni menospreciar. No era esa mi intención en absoluto. Tengo claro que necesitamos esa inyección de moral, especialmente en estos momentos de bajón, como el que me está dando ahora mismo.
 ¡Dios, se me va a ir la cabeza!
 ¡No! Ahora no puedo permitirme ese lujo, queda mucho por hacer.
Con el inicio de la “desescalada” nos pegamos patadas en el culo por entrar en la “nueva normalidad”, sin tener nada claro en qué demonios consistirá eso. La gente se desespera -que lo comprendo- por salir a tomar el aire, una cañita en una terraza; por sacar a sus chiquillos a que desfoguen; por recuperar su actividad normal, sus empleos y sus ingresos. Lógico. Pero yo no puedo evitar el tembleque ante la posibilidad de un rebrote, de una traumática vuelta a la línea de salida. Y me pregunto, sinceramente, si ahora estamos más preparados para afrontar un repunte de contagios. En parte, seguro que sí; pero queda un gran trecho por recorrer antes de considerar controlada la situación, y no sé si sería capaz de enfrentarme otra vez al escenario dantesco recién padecido.
Supongo que por eso me irrito tanto cuando veo o me cuentan cómo demasiada gente se salta las normas y las recomendaciones que lograrían prevenir en buena medida un nuevo descalabro social, económico y sanitario.
En fin, voy a tomarme un chute de valeriana forte con un gramo de melatonina y un zolpidem de postre -vaya gazpacho-, a ver si concilio el sueño, que falta me hace.
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 …Y Marina trata de echar, al menos, una cabezada que la ayude un poco a recuperar las fuerzas y el ánimo. Y esta vez -por fortuna- lo consigue, aunque sea durante un rato.
Buenas noches y buena suerte, querida Marina, porque tu suerte será también la nuestra.

  

Portada "The New Yorker", 6 de abril, 2020.

RECORDANDO A CANELO, UN PERRO QUE EMOCIONÓ A TODA CÁDIZ



"The Lost Playmate". Gustave Henry Mosler, 1902.
Canelo era un perro gaditano a quien la ciudad dedicó una calle y una placa como homenaje a su fidelidad, allá por el año 2003, cuando otro coronavirus -. el SARS-CoV- amenazaba al mundo, si bien no alcanzó -ni de lejos- la magnitud de la pandemia actual.

El mérito de Canelo para recibir el nombre de una calle fue nada menos que pasarse doce años a las puertas del hospital al que acompañaba a su dueño -que recibía tratamiento de diálisis- y donde el noble animal esperaba pacientemente a su salida. En una de aquellas ocasiones, una repentina complicación de salud derivó en el fallecimiento del pobre hombre en el interior del complejo médico. Canelo, ignorante del fatal desenlace, no quiso alejarse desde entonces del umbral de la entrada donde aguardaba al regreso de su amo. Tras numerosas vicisitudes ocurridas a lo largo de esos años, este entrañable can, famoso sin pretenderlo por velar a su amigo de por vida, y querido por tantas personas que se tropezaban con él por los alrededores del Hospital Puerta del Mar, encontró también la muerte al ser atropellado un aciago día de diciembre de 2002, mientras cruzaba la avenida principal de vuelta a su rincón de siempre.

Estaba acordándome de esta conmovedora historia porque estuve en mi tierra un fin de semana poco antes de la declaración del estado de alarma, y -paseando por la Avenida Ana de Viya- me detuve junto a mi mujer y mi hija ante la placa en homenaje a Canelo, en la calle lateral que bordea el recinto del hospital, calle que recibió su mismo nombre. Así fue como evoqué y compartí la singular historia de Canelo con mi familia. Unos días más tarde reparé en un cuadro, “The Lost Playmate”, cuya réplica tiene como imagen de perfil en una red social un amigo mío de Arcos de la Frontera. Un cuadro tan hermoso como triste de otro perro que añora, en este caso, a un pequeño compañero de juegos…

Y reflexionando sobre una de las consecuencias más crueles de esta pandemia, no poder despedirnos como es debido de los seres queridos que sucumben a la enfermedad, llegué a la conclusión de que Canelo había sufrido algo parecido. Él no tuvo la oportunidad de despedirse de su amigo, y no fue capaz de dejar atrás aquel momento y lugar en que su compañero de vida desapareció. En el caso de Canelo admiramos su lealtad y nos compadecemos de su solitud y su pérdida. Pero ¿qué ocurrirá con las personas que en estos días han perdido de un modo tan brusco a algún ser amado, sin poder acompañarle en el momento de su marcha, sin poder despedirse sujetando su mano?

¿Es posible afrontar el duelo en medio del escenario desolador del confinamiento y la distancia social que nos impiden o complican al extremo el deseo de poder cumplir con nuestros ritos, de dar el último adiós arropados por la comunidad a la que pertenecemos, a la que pertenecía la persona difunta?

Seguramente nos cueste aceptar que se puede superar este trance sin daños irreparables cuando nos embarga el dolor y se apodera de nosotros una tremenda impotencia; cuando en nuestro interior se entrecruzan sentimientos de incredulidad, rabia, extrañeza y una pena infinita.

Pero lo cierto es que, aunque nada ni nadie nos puede ahorrar el enorme sufrimiento de una pérdida así, recrudecido por formar parte de esta pesadilla distópica que nos ha tocado vivir, es posible en buena medida prevenir secuelas graves si seguimos estos consejos:

Ø  Transcurridos los primeros momentos (horas o días) de la marcha del ser querido, empezaremos a tomar conciencia de que estamos inmersos en un proceso de duelo, necesario para la aceptación y la superación de la pérdida, cuya duración y características dependerá de cada caso, cada persona y su contexto cultural. Por tanto, no procede juzgar qué es “lo normal” o “lo adecuado”, especialmente durante las primeras semanas.

Ø  Evitemos reprimir nuestras emociones, dejémoslas fluir y expresarse cuando aparezcan. Esto nos ayudará a avanzar por el arduo camino que inevitablemente habremos de recorrer. Vacío, dolor, ira, pena, añoranza, son algunos de los paisajes del ánimo por los que nos adentraremos para alcanzar un día la meta de ser capaces de reanudar nuestra vida anterior, aun aceptando que siempre quedará un poso de melancolía en algún rincón del alma.

Ø  A lo largo de este período de tiempo a algunas personas les pueden servir de consuelo sus creencias religiosas, y otras pueden sentirse reconfortadas por visiones filosóficas del mundo y la existencia, cuando unas u otras descansen sobre conceptos tales como la trascendencia del alma, la pervivencia del individuo a través del recuerdo de sus seres queridos y/o de la herencia genética, la conservación de la energía también entendida en un sentido espiritual, la unidad de la Naturaleza como un todo y de los seres que la integran, de la que proceden y a la que regresan…  Ideas que, de algún modo, te reconcilian con la inexorabilidad de la vida y la muerte.

Ø  Si, no obstante, sentimos que nos estancamos o incluso nos hundimos en este duro proceso de elaboración del duelo; si no experimentamos alivio ni mejora alguna pasados varios meses del deceso, no dudemos en pedir ayuda a nuestro círculo de amigos y parientes, y a profesionales que nos presten el apoyo necesario para, por fin, poder remontar.

Nuestro amigo Canelo encontró aliados que le acompañaron en su peculiar y admirable duelo. Abandonaba momentáneamente su puesto de guardia en la entrada del hospital para dar un paseo por la playa de la Victoria con algunos vecinos amables que lo mimaban, pero luego regresaba invariablemente a donde sentía cercana la presencia de su malogrado compañero. Esa fue su entrega, su ejemplo y esa es la lección vital que nos ha dejado. Tampoco nosotros traicionaremos el recuerdo de las personas amadas si seguimos adelante con nuestras vidas, evocando a menudo los instantes compartidos que dejaron una impronta en nuestra forma de ser, de sentir y de entender el mundo, realizando a nuestra manera modesta el mejor homenaje que podemos hacer a los ausentes.