En la
imagen aparece parte de la infografía del Instituto Geográfico Nacional (Red
Sísmica Nacional). Ver documento completo en el enlace:
https://www.ign.es/web/resources/sismologia/qhacer/qhacer.html
El otro día, en la primera parte de “Tiembla la tierra y tiemblo yo”, dejamos a nuestra vecina Andrea, en una encrucijada. No parecía tener claro qué era más temible, sufrir un nuevo terremoto o esperar a que llegara. El caso es que la ansiedad apenas le daba tregua, se produjera o no otro seísmo.
Y es que una falla que se desplaza bruscamente bajo la tierra no solo puede fracturar su corteza, también desgarra el alma de quienes habitamos sobre ella, infligiendo una herida emocional que tarda en cicatrizar.
El rugido subterráneo que precede al temblor ya te pone el vello de punta. Sentir el suelo moverse bajo tus pies y presenciar cómo las fachadas que flanquean la calle o las paredes en el interior de tu piso se cimbrean como juncos doblegados por el viento mientras caen objetos con estrépito a tu alrededor y se agrietan las paredes, provoca el pánico en la mayoría de los mortales (que precisamente en momentos así nos sentimos más mortales que nunca).
Pero fijaros que casi peor es la angustia de la espera a nuevas réplicas o a un terremoto más intenso. Esa incertidumbre es la que nos remata. Tendemos a permanecer hipervigilantes durante días, semanas y hasta varios meses después, si no indefinidamente. Nos llegamos a obsesionar recolectando datos de sismos cercanos, de la magnitud y profundidad que sea, los notemos o no. Cuando transcurren varios días sin sentir ninguno y se produce una nueva sacudida, regresamos a la casilla de salida del tablero del terror. Y si pasa tiempo sin tan siquiera percibir un leve movimiento, tememos que se esté preparando un terremoto como el de Venezuela o Colombia...
Un mes y pico después no se ha repetido en Granada ninguno similar a los de mediados de agosto, pero sus consecuencias perduran reflejadas en noticias de sucesos -algunos luctuosos como el de un pobre operario que falleció tras caerle encima una chimenea que trataba de reparar-, en campañas preventivas que nos recuerdan que el riesgo permanece, en los rincones de hogares aún con desperfectos, en los tramos de calles y soportales que permanecen precintados hasta volver a ser seguros, y hasta en las pesadillas recurrentes que nos atenazan.
Para reducir la angustia en estos casos es pertinente seguir algunos consejos convencionales, como prepararse para un hipotético nuevo episodio sísmico:
· Saber cómo debemos actuar antes, durante y después de un terremoto, y obrar en consecuencia (por ejemplo, dejando una mochilita con un kit de emergencias en la entrada de la casa; localizando lugares seguros de la vivienda o lugar de trabajo o estudio para protegerse de la caída de objetos y ensayar los pasos a seguir, como un simulacro) nos ayudará a sentir cierto grado de control de la situación frente a un fenómeno que en realidad no podemos controlar.
Por eso he empezado el artículo remitiendo a la infografía del IGN. También hay material de interés del Servicio de Emergencias de Andalucía 112, en concreto una guía para adultos y otra infantil ( ver enlace al documento a pie de página [*]), esta última puede ser de referencia para los simulacros que se van a realizar en los centros educativos a finales de septiembre.
· Esforzarnos por seguir haciendo vida normal, con o sin episodios sísmicos entre medias, contribuirá a que el temor persistente pase antes a un segundo plano hasta terminar por desaparecer prácticamente. Huir de los escenarios donde se han producido los temblores no es recomendable transcurrido un tiempo desde que se produjeron los últimos episodios más traumáticos. Mantenernos activos y ocupados, incluyendo distracciones gratificantes en nuestro tiempo de ocio, va en la misma dirección.
Otros consejos no tan ortodoxos, que yo añado porque el sentido del humor y la creatividad han demostrado ser útiles en terapia, pueden ser:
· Al sentir un sobresalto tras una falsa alarma (he imaginado que era un terremoto y he comprobado que no), respiraré hondo un par de veces y me repetiré mentalmente: “Un susto no vale un disgusto”, sonriéndome para mis adentros.
· Si el sobresalto se ha debido a un temblor perceptible, entre leve y moderado, pero breve, respiraré varias veces lenta y profundamente, me obligaré a sonreír y me diré: “Sea meneo o sacudida, yo sigo con mi vida”. Acto seguido proseguiré con lo que andaba haciendo o iniciaré alguna actividad que merezca mi atención.
· Si llegara a producirse un terremoto de más envergadura, me concentraré en seguir las pautas de las campañas antes mencionadas, mientras me esfuerzo en canturrear una versión bailable del lema del 112: “Agáchate, cúbrete, agárrate, cha-cha-chá, (respiro hondo) agáchate, cúbrete, agárrate, cha-cha-chá (respiro hondo)”; o bien algún estribillo de alguna de esas canciones que me levantan la moral (nunca es tarde si no eres de los que cantan en la ducha o en un karaoke).
· La calma tensa que viene después es para evaluar daños si no ha habido grandes desperfectos o derrumbamientos, al tiempo que trato de calmarme y tranquilizar a quienes me rodean. Nuestras miradas se cruzan y alguien suspira de alivio: somos carne de trauma, pero vivimos para contarlo. Vaya consejos de mierda que da el psicólogo friki ese, dice otro, y de pronto resuena una carcajada que casi hace temblar la tierra.
EPÍLOGO (Charla
entre lectores):
-No me convence la deriva del artículo, pasa de lo serio a lo frívolo sin venir a cuento. Con este tema de los terremotos, poca broma.
-Puede que
tengas razón, pero el autor alega que el humor es un recurso terapéutico.
-Venga ya,
no mezclemos churras con merinas.
-¿Tú llegaste
a ver la peli aquella de “La vida es bella”?
-¿Aquella
de Roberto Begnini, que lo mismo ríes que lloras?
-Correcto.
-Cómo olvidarla,
obra maestra, conmovedora.
-Pues eso.
REQUETEPÍLOGO
(parchecillos del autor):
Que conste que no pretendía comparar la calidad de mis artículos con la magistral película de Begnini.
ÚLTIMA NOTA
ACLARATORIA (ya en serio, pero tampoco demasiado):
Intercalar
o superponer mensajes de signo emocional contrario al de la cadena de
situaciones, pensamientos y emociones
negativas cuya intensidad, duración y frecuencia terminan desembocando en
trastornos de ansiedad y depresión, o alguna de sus variantes, ayuda a evitar
la consolidación de dichas cadenas, previniendo la perpetuación de un
sufrimiento crónico muy resistente al cambio.
Las frases
humorísticas y las cancioncillas son incongruentes con el ánimo y el tono
emocional de las situaciones percibidas como amenazantes, por eso logran
debilitar la reacción emocional de miedo, ansiedad y decaimiento que se
producen de manera automática ante dichas situaciones. Pero esto funciona sólo
cuando vencemos el lógico escepticismo inicial y ensayamos la fórmula tantas
veces como reaparezcan los sobresaltos, por más que nos cueste al principio.
En un artículo próximo (que tal vez titule “Ríete hasta de tu sombra”) abordaré la temática del poder sanador de la risa, en un contexto más amplio que el de una mera descripción de la “risoterapia”. Como acostumbro a decir, el que avisa no es traidor...
[*] Guía infantil para saber cómo actuar
ante terremotos: https://www.juntadeandalucia.es/sites/default/files/2025-06/Gu%C3%ADa%20did%C3%A1ctica%20terremotos%20ni%C3%B1os_24062025.pdf







