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El "pin parental" o la consagración de una educación "a la carta"

 

Imagen de Katerina Holmes (pexels.com)

Quienes me conocen o me leen saben de mi defensa constante de las bondades de la familia. Es la proveedora principal de recursos para cubrir las necesidades de las personas; desde el sustento al afecto, pasando por el apoyo de todo tipo para que sus miembros obtengan el mayor bienestar posible en este mundo. Y la responsabilidad de dirigir la educación que precisa cada individuo en sus primeros años de vida hasta alcanzar su autonomía recae, sobre todo, en los progenitores. Esta postura la he defendido reiteradamente allí donde he tenido ocasión, como psicólogo y como padre, con una trayectoria que ronda los treinta años en el desempeño de ambos roles.


Pero ser proveedor principal no es lo mismo que exclusivo: El Estado también debe contribuir a garantizar la subsistencia y a promover el bienestar de la ciudadanía, a menudo con la colaboración de organizaciones de diversa índole que nutren la sociedad civil (instituciones religiosas y laicas; voluntariado de ONGs, etc.). También es responsabilidad del Estado proporcionar una educación básica a los individuos inspirada en valores universales que los prepare para convivir en una sociedad democrática.

Que el Estado vele por la satisfacción y el cumplimiento de tales necesidades y derechos permitirá que se corrijan disfunciones en aquellas familias donde se hace dejación de esta responsabilidad, cuando por distintas circunstancias no se dispensen los cuidados mínimos exigibles en su seno. Por ello las leyes anteponen el interés superior de los menores a los derechos que como padres y madres podamos atribuirnos. Conviene recordar en este punto que somos tutores de nuestros hijos, no dueños de sus vidas ni de su albedrío.


Por otro lado, el Estado tampoco es garante privativo y excluyente de los derechos y necesidades de los que los más jóvenes son acreedores. Partimos de la referencia a unos poderes también sujetos a controles y límites, como es el caso de un Estado democrático -y social- de derecho regulado en la Constitución Española, norma fundamental bajo la que toda la ciudadanía de este país debe regirse.


Así pues, el éxito de un itinerario educativo diseñado para convertir aprendices de ciudadanos en personas cívicas, con juicio propio y espíritu crítico, dependerá del equilibrio de influencias procedentes del ámbito familiar, escolar y social.

Desde esta perspectiva, considero que no es pertinente una educación “a la carta”, según gustos y pareceres, como la que derivaría del establecimiento del llamado “pin parental”, medidas de consentimiento o autorización expresa de los progenitores permitiendo o denegando la participación de sus hijos en cada actividad complementaria que se incluya en el currículo escolar de cada centro, empezando por las que se imparten por personal ajeno al claustro de profesores.


Moviéndonos entre el mundo de lo inverosímil y lo posible, ¿será potestad de los padres decidir si es apropiado que sus hijos asistan o no a una charla sobre “ciber-acoso” impartida por agentes expertos de la Policía? ¿O tal vez será opinable la participación de los estudiantes en actividades prácticas de educación vial organizadas por responsables municipales? ¿Dejamos en manos de algún padre “terraplanista” y/o “creacionista” el permiso para que sus hijos puedan asistir a actividades divulgativas sobre Astronomía y Biología en el museo de las ciencias local? ¿Es opinable la importancia, la necesidad y el derecho de nuestros hijos a conocer el Sistema Solar y la Evolución de las Especies hasta donde nos permiten los avances de la ciencia actual?
Y llevando la lógica del derecho a elegir de los padres más allá del currículo académico, ¿podríamos asumir también que alguna madre “anti-vacunas” decida no vacunar a su hijo durante la campaña de vacunación escolar; o que algún padre “testigo de Jehová” impida que a su hija le hagan una transfusión de sangre cuando corre peligro su salud y hasta su vida?


Organizaciones como el Foro de la Familia en Murcia alegan que la intención de esta medida del “pin parental” es impedir la ideologización y el adoctrinamiento. Entiendo que se refieren a las que provengan de gobernantes no afines a su propia ideología y/o a la posible doctrina religiosa del culto al que sean fieles, claro. Y el foco de la batalla que les mueve parece centrado en sustraerse a las actividades formativas en el ámbito de la educación sexual, el respeto a la diversidad y a los derechos humanos… Llamativo, y preocupante.


Cabe replicar, entre otras cuestiones, que existen mecanismos de control y participación que dan protagonismo a las familias en el ámbito de la comunidad educativa, como son las AMPAS y los Consejos Escolares. Son órganos de representación democrática donde las familias tienen voz y voto. Es en esos foros donde se puede y se debe debatir cómo se concretan en cada territorio y en cada centro determinados aspectos acerca de los objetivos y los contenidos curriculares plasmados en el Plan de Centro, así como cuestiones relativas a la convivencia y el funcionamiento del mismo.


Ciertamente se podrá argumentar que el poder de decisión de esos órganos de representación de las familias es limitado; y que estas han perdido peso en los últimos años en el ámbito de los consejos escolares. Igualmente se puede alegar que las instituciones del Estado administradas por el gobierno de turno dejan mucho que desear en la aplicación de políticas educativas que deberían inspirarse en la vocación de universalidad y de respeto a la pluralidad que impregnan la Carta Magna y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no en intereses partidistas o en enfoques sectarios. Pero, según yo lo veo, pretender neutralizar la arbitrariedad, el sectarismo, la prepotencia o el gregarismo del que unos actores acusan a otros en el escenario educativo autorizando el ejercicio de un veto a discreción -el “pin parental”- es un error.


La solución, a mi entender, pasa por que la sociedad española apremie a sus representantes para que asuman de una vez por todas la tarea necesaria y urgente de consensuar unos principios mínimos, básicos y universales basados en la traslación de los mandatos recogidos en la Constitución y en el Derecho Internacional suscrito por el Estado español a una realidad histórica y social en constante evolución.


Las sociedades modernas y globalizadas incluyen cada vez más familias de diversa procedencia y mentalidad, con diferentes aspectos, creencias e ideologías. Para fomentar la cohesión, la cooperación y la convivencia pacífica en este contexto, debemos redoblar esfuerzos por identificarnos de forma unánime con esos principios morales comunes consensuados previamente, regulados en leyes y normas emanadas de la voluntad de la mayoría. Una mayoría que, en democracia, ha de respetar desde luego a las minorías, pero salvaguardando -como ya he apuntado- a través de la educación el cumplimiento de los preceptos morales que deberá observar el conjunto de la ciudadanía.


Esto solo se puede lograr afianzando una educación que asegure unos fundamentos éticos compartidos, blindando un currículo básico transversal de formación en valores que nadie esté legitimado para boicotear: ni las confesiones religiosas, ni los partidos políticos, ni “lobbies” de diferente naturaleza, ni familia ni sujeto alguno, que deliberadamente confundan el valor sagrado de la libertad con la imposición de su punto de vista particular sobre el interés general de la sociedad.


De este modo, formaremos y educaremos a nuestras hijas e hijos para que aprendan a desenvolverse en un entorno plural donde la discrepancia es legítima e imperan la promoción del conocimiento y la ciencia, la cultura de la negociación, el consenso, la tolerancia, la solidaridad y la convivencia, inspiradas esencialmente en los principios de igualdad, justicia y libertad que, en contra de lo que desde algunas tribunas “tuiteras” se quiere dar a entender, no son principios antagónicos e incompatibles, sino precisamente lo opuesto.

La ola invisible de la pandemia, por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

Imagen extraída de:
 https://www.diariomedico.com/medicina/medicina-preventiva/las-cuatro-oleadas-de-la-pandemia.html

 Hace ya varios meses que la OMS advirtió sobre los efectos devastadores que la pandemia de la COVID-19 estaba produciendo en la salud mental de colectivos profesionales como el sanitario y del conjunto de la sociedad. Con especial repercusión en víctimas menos evidentes, como es el caso de niños/as y adolescentes (a priori se esperaba mayor prevalencia en los mayores, pero seguramente por sus trayectorias vitales -marcadas por momentos más duros- estaban más preparados para resistir, dentro de lo que cabe).

Lo venían avisando también numerosas asociaciones y entidades profesionales del ámbito de la salud; y particularmente, del sector de la psicología. Esta semana lo ha recordado un político -Íñigo Errejón- en la sesión de control al gobierno en el Congreso de los Diputados: La cuarta ola de la pandemia afectará aún más de lleno a la salud mental, y es urgente dotar los servicios públicos de salud de muchos más profesionales de la Psicología, tanto en Atención Primaria como en la Hospitalaria, incorporándolos también en equipos de Prevención y Salud Comunitaria.

Debemos entender esto como una prioridad, no un asunto secundario: recordemos que una de las primeras causas de mortalidad en niños y jóvenes es el suicidio. Hay que centrarse, por tanto, en esta población que -de una forma menos visible- está acusando los efectos del aislamiento y las limitaciones a su desarrollo socioafectivo que conllevan las restricciones impuestas por la situación; que se contagian de los nervios y la tristeza de sus familias derivados de los problemas económicos y de salud que les tocan de cerca. 

La necesidad de jugar, de socializarse en un ambiente más abierto y amplio que el de su familia en el hogar, además -claro está- del derecho a una educación integral, plena y efectiva, justifican que se mantengan los centros escolares en funcionamiento, siempre que sea posible observar las debidas medidas preventivas. En ambos contextos, educativo y familiar, será clave potenciar, entre otras, capacidades como la resiliencia y valores como el altruismo desde las primeras etapas de la infancia. Esto solo será factible con la guía de personas expertas si se dispone de los recursos humanos que antes he apuntado.

Es cierto que hasta ahora el apoyo familiar espontáneo y la asistencia presencial a clase, cuando se han dado, han amortiguado en parte las secuelas emocionales de la pandemia; pero si no se refuerzan la atención y los recursos para poder minimizarlas, no podremos impedir que nuestras hijas e hijos de hoy se conviertan en adultos traumatizados mañana.




La "paradoja cognitiva" de las personas con el Síndrome de Asperger, por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

 

Fuente: pexels.es. Fotógrafa: Sharon McCutcheon

Hoy, 18 de febrero, se celebra el Día Internacional del Síndrome de Asperger, (SA) un trastorno generalizado del desarrollo incluido en la categoría diagnóstica de los trastornos del espectro autista.

 Las personas con SA comparten características con otras formas de autismo, pero disponen de lenguaje verbal, con sus peculiaridades, y poseen una capacidad intelectual media o incluso superior. De ahí que, a veces, también se considere que tienen una "discapacidad invisible", dado que sus problemas no son tan evidentes en un primer momento, a diferencia de lo que ocurre con otro tipo de déficits.

Parafraseando la guía “Un acercamiento al Síndrome de Asperger: una guía teórica y práctica” elaborada por la Asociación Asperger España con el asesoramiento técnico del Equipo Deletrea:

" (...) La presencia de una inteligencia media que caracteriza a la mayoría de las personas con SA puede llevar a infravalorar las dificultades y limitaciones con las que estas personas se encuentran en la vida diaria.

Poseer un cociente intelectual normal o superior no garantiza el desarrollo de una vida autónoma y satisfactoria. Cada vez se pone más énfasis en el concepto de inteligencia emocional o social, para designar aquella "inteligencia" que no es valorada en las pruebas estandarizadas y que es fundamental para la consecución del éxito personal, académico y profesional. Este tipo de inteligencia engloba capacidades tan importantes como la empatía, el juicio social, la capacidad de persuadir o negociar, etc. Para explicarlo con un ejemplo, ser capaz de almacenar gran cantidad de información o mostrar una excelente memoria para las fechas no son de gran ayuda a la hora de detectar si un compañero nos está engañando.

Es muy frecuente que los alumnos con SA presenten fracaso escolar (sobre todo a partir del segundo ciclo de Secundaria), fracaso difícil de entender si nos limitamos a valorar el CI. Las actitudes perfeccionistas de muchos chicos con SA, que llevan a una lenta ejecución de las tareas, las dificultades atencionales,  la desmotivación, la dificultad para comprender conceptos abstractos, las limitaciones a la hora de organizar las tareas o la mala estimación y planificación del tiempo son sólo algunos de los factores que limitan enormemente su éxito académico.

Por otra parte, en el mundo laboral las características inherentes al síndrome también obstaculizan su éxito profesional. La escasa comprensión de las normas implícitas que rigen el funcionamiento de una empresa, la escasez de habilidades empáticas, la mala administración y organización del tiempo, la presencia de comportamientos considerados extravagantes por los demás, dificultan la vida profesional de estas personas. El CI, considerado de manera aislada, es un mal predictor del éxito académico y profesional (...) "

Un caso particular que podemos encontrar con relativa frecuencia es el de personas con Asperger con altas capacidades que no pueden suplir su falta de habilidad en otros ámbitos tan importantes como el desarrollo socioafectivo y psicomotriz. Encontramos, por ejemplo, casos de jóvenes con una memoria y una expresión verbal excepcionales, a los que -sin embargo- cuesta comunicarse de una manera adaptativa, debido principalmente a importantes carencias en asertividad y empatía, falta de inteligencia emocional, rutinas compulsivas, rigidez mental, etc., que complican sobremanera sus opciones de integración en la sociedad.

 Las familias de personas con estas características reportan sus frustraciones, confusión, baja autoestima y alteraciones del estado de ánimo (cambios bruscos de humor, bloqueos…), que afectan a todos en casa. Pueden llegar a ser muy absorbentes, restando tiempo de atención o dedicación a los demás en el hogar y fuera del mismo.

 Algunas de las principales estrategias de intervención, siguiendo la pauta de la guía arriba citada, consistirán en:

-      Asegurar un ambiente estable y predecible, evitando cambios inesperados, lo que les proporciona sensación de seguridad.

-    Ayudarles a organizar su tiempo libre, evitando la inactividad o la dedicación excesiva a sus intereses especiales.

-    Enseñar de manera explícita habilidades y competencias que por lo general no suelen requerir una enseñanza formal y estructurada (como habilidades básicas de interacción social).

-   Priorizar objetivos relacionados con los rasgos nucleares del SA (dificultades de relación social, limitación en las competencias de comunicación y marcada inflexibilidad mental y comportamental).

-   Incluir los temas de interés para motivar en el aprendizaje de nuevos contenidos, a modo de gratificaciones o recompensas.

-  Prestar atención a los indicadores emocionales para prever y prevenir posibles alteraciones en el estado de ánimo.

-  Evitar en lo posible la crítica y el castigo, enfatizando más los factores motivadores antes mencionados.

El egoísmo y la soberbia -a menudo pedante- que exhiben algunas de estas personas en determinadas circunstancias y contextos, las hacen antipáticas a nuestros ojos. No debemos confundirnos: se trata de personas que necesitan ayuda para aprender a interpretar las claves sociales y emocionales que les permitirán desenvolverse de un modo más satisfactorio para ellas mismas y su entorno. Además, tampoco sería justo olvidar las cualidades positivas típicas de este colectivo, como su sinceridad, su conciencia moral, su perseverancia...

 En suma, podemos concluir que resulta una tarea ardua ayudar a una persona con Asperger a integrarse sin que se vea forzada a reprimir e incluso anular su espontaneidad como estrategia para pasar desapercibida. En esta misión perseguimos lograr un difícil equilibrio entre la adaptación y aceptación social de las personas con SA y la preservación y el respeto a su identidad y su singularidad. Ello pasa por el fomento de la sensibilidad de la sociedad (familia y comunidad) acerca de las personas con Asperger, haciendo una labor sistemática de divulgación e implementando políticas educativas, sociales y sanitarias que promuevan el desarrollo de programas de intervención adecuados.

 

 

 

 

Enfrentarse al miedo a los terremotos

Imagen mostrada en el artículo


En diferentes zonas del planeta el riesgo sísmico es mayor. Concretamente una de ellas se localiza en la Cordillera Subbética, constituida por sierras ubicadas en varias provincias andaluzas. Uno de los puntos calientes se encuentra en la zona de Sierra Elvira, en el área metropolitana de Granada, donde se encuentra una falla que separa la sierra de la vega granadina, responsable en parte del enjambre de seísmos que venimos padeciendo últimamente. Pero la verdad es que tanto en España como en muchos otros países del mundo hay numerosas zonas de alto riesgo, y cuando la tierra tiembla, la gente tiembla: se despierta en las personas un miedo atávico a los terremotos...

Así pues,  considero oportuno compartir aquí un enlace con un artículo de interés redactado por la Sección de Psicología de la Intervención en Crisis, Catástrofes y Emergencias del Colegio de Psicología de Andalucía Oriental.

http://www.copao.com/index.php/161-n1/1216-miedoterremoto


Como resumen transcribimos aquí un decálogo de consejos:

" (...)

El DECÁLOGO:

- Asumir que tienes un determinado miedo: reconocer la emoción que tienes es un paso fundamental. Considerando que sentir miedo es natural y que probablemente tiene un motivo.

- Reconocer que no tienes el control. El día a día, por muy controlado y organizado que te parezca, tiene cierto grado de incertidumbre. Tu mente tiene mecanismos que se activan sin que puedas controlarlos y ser consciente de ello. Además, no puedes controlar a los demás o a la naturaleza.

- Ampliar tu percepción. No te centres en los pensamientos catastróficos, no te dejes llevar por todo lo que escuchas. Deja de ver las imágenes del terremoto si te producen ansiedad.

- No hacer caso de noticias no oficiales, sobre todo, aquellas que son sumamente negativas.

- Si sentimos que nuestra respiración se acelera, podemos hacer 3-4 respiraciones lentas y profundas a la vez que nos decimos mensajes tranquilizadores, así podemos prevenir la ansiedad.

- Reconocer y dar valor a tus emociones. Nombra tus emociones y cómo de intensas son, no confundas el miedo con la ansiedad. El miedo y la ansiedad no son lo mismo. La ansiedad se suele manifestar de forma generalizada en el cuerpo y es la respuesta a otras emociones.

- Buscar un lugar que te aporte seguridad.

- Disminuir los riesgos (cúbrete la cabeza con tus manos, si tienes que abandonar tu casa usa las escaleras).

- Los menores pueden presentar síntomas de dependencia (no quieren quedarse o dormir solos). Es normal, debemos ser tolerantes ante esas conductas.

- Si después de semanas o un mes sigues teniendo miedo (a pesar de que ya no se hayan dado nuevos terremotos), busca ayuda profesional."