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"EL INSOMNIO DE MARINA, UNA ENFERMERA EN TIEMPOS DE PANDEMIA", por Eduardo Riol Hernández (bio en blog)

"Game Changer", @banksy.
Pintura donada por el autor a un hospital de Southampton.


Marina lleva sin pegar ojo demasiadas noches seguidas. Los turnos en la UCI han sido agotadores durante semanas, pero casi lo prefiere a las noches de descanso, cuando dispone de tiempo para pensar.
Se agobia dándole vueltas a mil cosas, empezando por los recuerdos de la pesadilla sufrida en el hospital, donde atendían a destajo casos graves de pacientes que empeoraban a un ritmo endiablado, bastantes de los cuales no llegaban a superar la enfermedad a pesar de la ventilación mecánica -cuando disponían de suficientes aparatos- y de los cócteles de tratamientos que les suministraban a la desesperada. ¡Qué impotencia!
También le invade el miedo de pillar el dichoso virus y contagiar a su marido hipertenso, o a sus hijos, tan pequeños; y estar fuera de juego varias semanas, dejando aún más mermado el servicio.
De pronto se llena de rabia, al ser consciente de lo indefensos que han estado ante la avalancha de casos, lo desprotegidos que aún se encuentran en el hospital, con la escasez de equipos de protección adecuados y de pruebas fiables; en medio -eso sí- de multitud de aplausos desde los balcones y de la comparecencia de políticos de todos los partidos sacando pecho por ellos y rasgándose las vestiduras por las cifras escandalosas de víctimas, entre las que se cuentan muchos sanitarios…
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 Nos felicitan en el Día Mundial del Personal de Enfermería; nos llaman heroínas, y hasta nos hacen la ola, pero yo no quiero convertirme en una heroína forzosa. Yo solo pretendo hacer mi trabajo en condiciones, ayudar a salvar vidas sin poner gratuitamente en peligro la mía ni las de quienes me rodean. No deseo recibir medallas, ni que otros se las pongan en mi nombre. Me repugna que utilicen el sufrimiento y el dolor de las víctimas como arma arrojadiza, los unos y los otros, con un ejército de “destroyers” dando la matraca en las redes sociales, los mismos que luego alternan los aplausos con las caceroladas. ¡Qué lamentable espectáculo! ¡¡Es que me enciendo!!
Y es entonces cuando me siento culpable -e incluso avergonzada- por dejarme llevar por la ira, por meter a todos en el mismo saco y no valorar y agradecer lo suficiente el gesto solidario, amable y generoso de mucha gente anónima, que no debo olvidar ni menospreciar. No era esa mi intención en absoluto. Tengo claro que necesitamos esa inyección de moral, especialmente en estos momentos de bajón, como el que me está dando ahora mismo.
 ¡Dios, se me va a ir la cabeza!
 ¡No! Ahora no puedo permitirme ese lujo, queda mucho por hacer.
Con el inicio de la “desescalada” nos pegamos patadas en el culo por entrar en la “nueva normalidad”, sin tener nada claro en qué demonios consistirá eso. La gente se desespera -que lo comprendo- por salir a tomar el aire, una cañita en una terraza; por sacar a sus chiquillos a que desfoguen; por recuperar su actividad normal, sus empleos y sus ingresos. Lógico. Pero yo no puedo evitar el tembleque ante la posibilidad de un rebrote, de una traumática vuelta a la línea de salida. Y me pregunto, sinceramente, si ahora estamos más preparados para afrontar un repunte de contagios. En parte, seguro que sí; pero queda un gran trecho por recorrer antes de considerar controlada la situación, y no sé si sería capaz de enfrentarme otra vez al escenario dantesco recién padecido.
Supongo que por eso me irrito tanto cuando veo o me cuentan cómo demasiada gente se salta las normas y las recomendaciones que lograrían prevenir en buena medida un nuevo descalabro social, económico y sanitario.
En fin, voy a tomarme un chute de valeriana forte con un gramo de melatonina y un zolpidem de postre -vaya gazpacho-, a ver si concilio el sueño, que falta me hace.
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 …Y Marina trata de echar, al menos, una cabezada que la ayude un poco a recuperar las fuerzas y el ánimo. Y esta vez -por fortuna- lo consigue, aunque sea durante un rato.
Buenas noches y buena suerte, querida Marina, porque tu suerte será también la nuestra.

  

Portada "The New Yorker", 6 de abril, 2020.

RECORDANDO A CANELO, UN PERRO QUE EMOCIONÓ A TODA CÁDIZ



"The Lost Playmate". Gustave Henry Mosler, 1902.
Canelo era un perro gaditano a quien la ciudad dedicó una calle y una placa como homenaje a su fidelidad, allá por el año 2003, cuando otro coronavirus -. el SARS-CoV- amenazaba al mundo, si bien no alcanzó -ni de lejos- la magnitud de la pandemia actual.

El mérito de Canelo para recibir el nombre de una calle fue nada menos que pasarse doce años a las puertas del hospital al que acompañaba a su dueño -que recibía tratamiento de diálisis- y donde el noble animal esperaba pacientemente a su salida. En una de aquellas ocasiones, una repentina complicación de salud derivó en el fallecimiento del pobre hombre en el interior del complejo médico. Canelo, ignorante del fatal desenlace, no quiso alejarse desde entonces del umbral de la entrada donde aguardaba al regreso de su amo. Tras numerosas vicisitudes ocurridas a lo largo de esos años, este entrañable can, famoso sin pretenderlo por velar a su amigo de por vida, y querido por tantas personas que se tropezaban con él por los alrededores del Hospital Puerta del Mar, encontró también la muerte al ser atropellado un aciago día de diciembre de 2002, mientras cruzaba la avenida principal de vuelta a su rincón de siempre.

Estaba acordándome de esta conmovedora historia porque estuve en mi tierra un fin de semana poco antes de la declaración del estado de alarma, y -paseando por la Avenida Ana de Viya- me detuve junto a mi mujer y mi hija ante la placa en homenaje a Canelo, en la calle lateral que bordea el recinto del hospital, calle que recibió su mismo nombre. Así fue como evoqué y compartí la singular historia de Canelo con mi familia. Unos días más tarde reparé en un cuadro, “The Lost Playmate”, cuya réplica tiene como imagen de perfil en una red social un amigo mío de Arcos de la Frontera. Un cuadro tan hermoso como triste de otro perro que añora, en este caso, a un pequeño compañero de juegos…

Y reflexionando sobre una de las consecuencias más crueles de esta pandemia, no poder despedirnos como es debido de los seres queridos que sucumben a la enfermedad, llegué a la conclusión de que Canelo había sufrido algo parecido. Él no tuvo la oportunidad de despedirse de su amigo, y no fue capaz de dejar atrás aquel momento y lugar en que su compañero de vida desapareció. En el caso de Canelo admiramos su lealtad y nos compadecemos de su solitud y su pérdida. Pero ¿qué ocurrirá con las personas que en estos días han perdido de un modo tan brusco a algún ser amado, sin poder acompañarle en el momento de su marcha, sin poder despedirse sujetando su mano?

¿Es posible afrontar el duelo en medio del escenario desolador del confinamiento y la distancia social que nos impiden o complican al extremo el deseo de poder cumplir con nuestros ritos, de dar el último adiós arropados por la comunidad a la que pertenecemos, a la que pertenecía la persona difunta?

Seguramente nos cueste aceptar que se puede superar este trance sin daños irreparables cuando nos embarga el dolor y se apodera de nosotros una tremenda impotencia; cuando en nuestro interior se entrecruzan sentimientos de incredulidad, rabia, extrañeza y una pena infinita.

Pero lo cierto es que, aunque nada ni nadie nos puede ahorrar el enorme sufrimiento de una pérdida así, recrudecido por formar parte de esta pesadilla distópica que nos ha tocado vivir, es posible en buena medida prevenir secuelas graves si seguimos estos consejos:

Ø  Transcurridos los primeros momentos (horas o días) de la marcha del ser querido, empezaremos a tomar conciencia de que estamos inmersos en un proceso de duelo, necesario para la aceptación y la superación de la pérdida, cuya duración y características dependerá de cada caso, cada persona y su contexto cultural. Por tanto, no procede juzgar qué es “lo normal” o “lo adecuado”, especialmente durante las primeras semanas.

Ø  Evitemos reprimir nuestras emociones, dejémoslas fluir y expresarse cuando aparezcan. Esto nos ayudará a avanzar por el arduo camino que inevitablemente habremos de recorrer. Vacío, dolor, ira, pena, añoranza, son algunos de los paisajes del ánimo por los que nos adentraremos para alcanzar un día la meta de ser capaces de reanudar nuestra vida anterior, aun aceptando que siempre quedará un poso de melancolía en algún rincón del alma.

Ø  A lo largo de este período de tiempo a algunas personas les pueden servir de consuelo sus creencias religiosas, y otras pueden sentirse reconfortadas por visiones filosóficas del mundo y la existencia, cuando unas u otras descansen sobre conceptos tales como la trascendencia del alma, la pervivencia del individuo a través del recuerdo de sus seres queridos y/o de la herencia genética, la conservación de la energía también entendida en un sentido espiritual, la unidad de la Naturaleza como un todo y de los seres que la integran, de la que proceden y a la que regresan…  Ideas que, de algún modo, te reconcilian con la inexorabilidad de la vida y la muerte.

Ø  Si, no obstante, sentimos que nos estancamos o incluso nos hundimos en este duro proceso de elaboración del duelo; si no experimentamos alivio ni mejora alguna pasados varios meses del deceso, no dudemos en pedir ayuda a nuestro círculo de amigos y parientes, y a profesionales que nos presten el apoyo necesario para, por fin, poder remontar.

Nuestro amigo Canelo encontró aliados que le acompañaron en su peculiar y admirable duelo. Abandonaba momentáneamente su puesto de guardia en la entrada del hospital para dar un paseo por la playa de la Victoria con algunos vecinos amables que lo mimaban, pero luego regresaba invariablemente a donde sentía cercana la presencia de su malogrado compañero. Esa fue su entrega, su ejemplo y esa es la lección vital que nos ha dejado. Tampoco nosotros traicionaremos el recuerdo de las personas amadas si seguimos adelante con nuestras vidas, evocando a menudo los instantes compartidos que dejaron una impronta en nuestra forma de ser, de sentir y de entender el mundo, realizando a nuestra manera modesta el mejor homenaje que podemos hacer a los ausentes.