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“¿Estamos creando monstruos? La adolescencia, más allá de una serie de Netflix”, por Eduardo Riol Hernández

Tomado de pexels.com. Foto de “Mati Mango”
 

(Advertencia de “spoilers”)

“¡Mis hijos no son monstruos! En todo caso, los del vecino…”                                                                                   PADRE ANÓNIMO

Durante las últimas semanas la historia de Jamie Miller ha saltado de la ficción a nuestros hogares con tanto interés como alarma. Un chico de trece años que procede de una familia “normal” resulta ser el asesino de una compañera del instituto. Un muchacho de aspecto frágil y angelical, ha de ser un error.

No proviene de un hogar desestructurado, con padres maltratadores o negligentes, alcohólicos o adictos a otras drogas. Tampoco hay un historial previo de violencia en su entorno doméstico ni del propio chaval. ¿Cómo ha podido ocurrir?

Tal vez se nos olvida que pocos días antes del impacto de esta serie británica nos sacudió la noticia del estrangulamiento de una educadora social por parte de varios adolescentes que sí tenían antecedentes pero que también procedían de familias normativas, lo mismo que el chorreo de casos de agresiones y violaciones grupales que empiezan a ser algo habitual entre jóvenes menores de edad (últimos casos conocidos en Santander, Almendralejo…) Y estas son historias de la vida real y de aquí al lado.

¿Será verdad entonces que estamos creando -o criando- monstruos?

Seguramente no nos daremos por aludidos, como el padre anónimo de antes. La mayor parte del tiempo pensaremos en nuestros hijos e hijas como seres inocentes, si acaso víctimas potenciales, nunca verdugos. Y esto puede ser seguramente una parte del problema...

Pero si queremos poder responder con realismo a la pregunta en cuestión hay que matizar la dimensión del problema: a pesar de la frecuencia cada vez mayor de episodios de violencia grave, en un país como el nuestro, con cerca de veinte mil centros educativos y alrededor de nueve millones de estudiantes no universitarios, los hechos que nutren las noticias de sucesos y los que inspiran series como “Adolescencia” no son representativos de la mayoría de los niños y jóvenes escolarizados en España, sino de una mínima parte de ellos. Esto no supone negar ni quitarle importancia a estos casos que ya son demasiados a partir del primero que se produce, sino la constatación de la magnitud real de este fenómeno en su manifestación más extrema.

(Una madre lectora suspira de alivio)

Acto seguido, sin embargo,  procede matizar lo antes matizado aseverando que otras violencias de intensidad baja o moderada sí están mucho más generalizadas y que estas pueden derivar eventualmente en las de índole más severa. Existen múltiples formas y grados de acoso dentro y fuera del ámbito escolar perpetrado a menudo por “compañeros” que pueden llegar a hacer mucho daño aunque no los identifiquemos como monstruos.

(La madre retira el suspiro)

Para mantener el propósito de hacer un diagnóstico más certero del tema es pertinente añadir que las causas de las diferentes manifestaciones de la violencia en edades tempranas, durante la niñez y la adolescencia, son numerosas y variadas; obedecen a una realidad compleja en la que interactúan muchos factores. Por tanto, aunque las redes sociales virtuales influyan en este fenómeno, atribuirles el origen poco menos que de casi todos los males de nuestro tiempo es una gran simplificación.

Cierto es que, según explica la catedrática de Psicología Evolutiva María José Díaz-Aguado en una entrevista de Ignacio Zafra publicada en El País el pasado 15 de diciembre, “(...) El ciberacoso, por un lado, reduce la posibilidad de que la víctima pueda escapar o encontrar un lugar seguro. Y al poder ser compartido rápidamente con más participantes, aumenta el riesgo de que el daño sea extenso y duradero. Desde el punto de vista de quienes acosan, además, hace más difícil que en el acoso presencial que empaticen con la víctima. Aumenta el riesgo de desconexión moral y la sensación de impunidad, lo que puede incrementar la crueldad de las agresiones (...)”. Así y todo, no perdamos de vista, que este factor no es el único que subyace a la violencia entre los jóvenes. Prohibir el uso de los dispositivos digitales y demonizar los medios tecnológicos no es la solución, hay que educar en su uso adecuado y supervisarlo.

Entre los factores que pueden ejercer igual o mayor influencia en la aparición, mantenimiento o agravamiento de comportamientos violentos, menciono algunos de los más significativos:

-         La escasa o nula educación de los menores, dentro y fuera del ámbito doméstico, en el manejo de las emociones, en particular en el control de impulsos y la tolerancia a la frustración. En la serie de TV aludida, el pobre padre de Jamie quería ayudarle a superar sus decepciones mutuas llevándolo a entrenar boxeo (sin atraerle al chiquillo esa opción, aparentemente), con un resultado obviamente insatisfactorio. En el instituto, un personal desbordado oscilaba entre la coerción y la pasividad, sufriendo y contribuyendo a la vez a una situación caótica por momentos.

-         El equívoco acerca de la naturaleza del estilo educativo democrático, que a veces degenera en permisivo o negligente. Estar pendientes de satisfacer las necesidades de los pequeños es compatible con ponerles límites que aprendan a respetar. Argumentar por ejemplo que no se debe decir nunca “NO” a un niño, porque se traumatiza, es una muestra de esa confusión.  

-         La falta de autoridad de los que deberían ser algunos de los referentes adultos más importantes de los menores (los propios padres; el profesorado; el personal sanitario; las fuerzas y cuerpos de seguridad, etc.), autoridad a veces deslegitimada por los mismos padres en presencia de los estudiantes: cuando un progenitor cuestiona o desautoriza al otro delante del hijo; cuando increpa o amenaza al tutor del menor por castigarle o ponerle mala nota...

-         La pérdida de autoridad moral de algunos adultos presuntamente ejemplares, por sus comportamientos reprochables ante los menores o la ciudadanía en general: un religioso que abusa de sus fieles; un político que engaña y estafa a sus representados; un empresario que explota a sus trabajadores; un docente que se desentiende de alumnado víctima de maltrato o acoso (“porque es mejor que resuelvan sus problemas entre ellos”) o incluso participa activamente humillando en público a un estudiante “diferente”.

-         La abundancia de modelos sociales que se muestran agresivos en un entorno cotidiano, recordemos los casos de padres y madres insultando y amenazando a árbitros y jugadores de fútbol menores de edad rivales de sus hijos desde las gradas, saltando al campo incluso, o atacando a otros padres...

-         La obsesión por competir y compararse continuamente y la necesidad de recibir la aprobación del grupo de iguales a cualquier precio, hipertrofiada, justo es reconocerlo aquí, por el inmenso escaparate de las redes sociales digitales.

-         La ausencia de una educación cívica y una educación sexual y socioafectiva que prevengan los efectos de la exposición prematura e indiscriminada al porno, las actitudes sexistas de los foros que abundan en internet y fuera, y los comportamientos discriminatorios en general.

- El miedo de los jóvenes a un futuro incierto (empleo precario, vivienda inaccesible, guerras y cambio climático, etc.) provoca también frustración y desánimo, acompañados regularmente de una ira mal controlada.

-         La disponibilidad de sustancias adictivas con propiedades psicoactivas que reducen aún más el control de los impulsos,  la gestión de las emociones y alteran la percepción de la realidad; algunas de las cuales siguen siendo socialmente aceptadas (en según qué latitudes resulta graciosa la primera borrachera de un menor de edad).

Y podría seguir un rato enumerando claves que dan cuenta de por qué la violencia estalla a veces; no he aludido a los factores hormonales y los mecanismos biológicos de la agresividad, que también tienen su papel, ni al déficit creciente de descanso nocturno en los jóvenes, que suele correlacionar con el aumento de la labilidad emocional, la hipersensibilidad, la irritabilidad y la impulsividad. Pero no se trata de hacer aquí un ensayo de una extensión que daría para un libro, sino de detenernos un momento a reflexionar sobre un tema que nos preocupa sobremanera, para intentar entenderlo un poco mejor y tal vez poner de nuestra parte lo que esté en nuestra mano para mejorar la situación, quizá baste con no mirar para otro lado o echar la culpa al vecino...

Ya para ir concluyendo, imaginemos una chica o un chico cualquiera con la autoestima hundida, que sufre o siente el rechazo de los demás de forma continuada en el tiempo. Convengamos en que es carne de cañón para acabar haciéndose daño a sí mismo/a o a los otros. Y en un entorno donde la frustración se “resuelve” a menudo con agresividad, sin que las consecuencias estén claras (si eres menor eres inimputable; a veces la violencia se disculpa, o hasta se alienta y aplaude en determinados círculos y momentos), tenemos servida la tormenta perfecta. 

No pretendo dramatizar, esta no es una realidad nueva, la adolescencia siempre se ha caracterizado por ser una etapa de la vida relativamente turbulenta, pero también es una época donde eclosiona el descubrimiento del amor, del placer, de la amistad, es un período donde todo se vive intensamente, también lo bueno...

Lisa Miller, la hermana de Jamie en la serie de Netflix, criada por los mismos padres, formada en el mismo instituto, es una joven educada y agradable, seguro que con sus crisis personales, sus errores y sus secretos, pero más estable emocionalmente en apariencia. Puede que ella hubiera logrado consolar a su hermano cuando Katie lo humilló en las redes, antes de ser apuñalada por aquel. Aconsejándole sobre cómo manejar la situación de otra manera con las chicas. Al mismo tiempo a Katie la podían haber ayudado cuando vulneraron su intimidad por internet, no compartiendo esas fotos de forma masiva, ni haciendo escarnio público de su persona... En fin, como soñar es gratis, no descartemos que otros Jaimies y Katies, que se encuentren ahora en medio de graves conflictos personales sí que logren encontrar salidas más pacíficas a estos con el apoyo de una sociedad más sensible y civilizada. Dejo para el siguiente artículo el abordaje de una serie de  pautas cuya adopción permitiría mejorar el panorama.

En eso estamos todas y todos concernidos si habéis tenido el interés de leer este artículo hasta el final, entreverando algún que otro suspiro entre párrafo y párrafo.

"La mecedora y el Danubio Azul", por Eduardo Riol Hernández

 


A lo largo de mi infancia, mi abuela materna, Purificación, vivió con nosotros durante años. Se vino a casa cuando yo contaba pocos años de edad, supuestamente para ayudar a mi madre con mi hermano recién nacido. La razón principal, sin embargo, era que mi abuela estaba envejeciendo sola tras enviudar en Valencia años atrás, y con su hijo mayor era impensable que se fuera a vivir.

Mi abuela tenía un carácter complicado y era inevitable que se entrometiera antes o después en el matrimonio de mis padres.

En ocasiones advierto a las parejas que acuden al gabinete que vivir bajo el mismo techo que los padres o suegros suele ser una amenaza para su relación, porque incluso cuando se trata de personas afables, como mínimo se pierde intimidad. Aunque, para ser justos, a cambio los mayores nos prestan -según sus posibilidades- apoyo cuidando de los nietos, echando una mano con las tareas del hogar, contribuyendo a los gastos domésticos, etc. Sin olvidar que a veces ocurre al revés: tras las crisis económicas de las últimas décadas, más de una vez son las parejas jóvenes con hijos las que se acoplan al domicilio paterno. En cualquier caso, los problemas de convivencia aparecen igualmente.

En el caso concreto de mi familia, mi abuela había tenido a mi madre con cuarenta y dos años y cuando se vino a vivir a Cádiz con nosotros rondaba los setenta. Setenta años de una viuda que iba con el siglo, nacida en 1900, con la mentalidad de entonces; una mujer de carácter seco, si no agrio, metida en la casa de su hija, también de temperamento fuerte, con la que nunca se había llevado precisamente bien.

Al principio mi padre trató de contemporizar con su suegra durante un tiempo, pero su esfuerzo fue inútil. Cuando las desavenencias se recrudecieron mi madre le dio un ultimátum a mi abuela y esta, herida en su orgullo, decidió mudarse a una residencia de mayores llevada por monjas. Allí duró unas pocas semanas, no porque falleciera repentinamente, sino porque a mis padres les remordía la conciencia y en una visita la animaron a regresar a casa. Craso error, según se vio luego. El tiempo que mi abuela pasó en la residencia íbamos a verla cada semana, el trato con mis padres mejoró y allí estaba bien atendida por las monjitas. A su vuelta a casa el deterioro de la convivencia no tardó en resurgir.

Esta vez mi padre optó por dejar de dirigirle la palabra. Así se pasaron largas temporadas, sin hablarse y evitándose todo lo que podían, lo que no impedía que mi abuela siguiera metiendo cizaña por lo bajini. Mis padres se separaron y posteriormente divorciaron varios años después. No pretendo insinuar que la causante de la ruptura fuera “doña Pura”, como la llamaban en el barrio. Claro que algo influyó, además de otros factores que contribuyeron de forma determinante al alejamiento progresivo e irreversible de mis padres, como la muerte de mi hermano Alfonsito en cuarenta y ocho horas por una meningitis galopante con solo cuatro años (entonces yo contaba cinco y unos meses, y ahí se puede decir que acabó mi infancia; tras un bofetón de realidad de tal magnitud nunca llegas a recuperarte del todo). Mis padres no supieron apoyarse mutuamente y pasaron el duelo cada uno a su manera; mi padre se refugió en el trabajo y mi madre en la Iglesia, aunque ninguno de estos consuelos llegó a serlo realmente ni duró demasiado. Mi abuela en ese período estuvo prudente y además se volcó ayudando en casa, siempre desde una ostensible distancia emocional. Años después, no obstante, vinieron al mundo mis otros dos hermanos, que trajeron nuevas alegrías a la familia, aunque lamentablemente no bastaron para una verdadera reconciliación de mis padres. Me daba lástima por mis hermanos, que se perdieron la primera época relativamente feliz de nuestros padres. Guardo como oro en paño un recuerdo de los cuatro (Alfonsito era el cuarto, mi abuela no acostumbraba a venir) cantando “Los duros antiguos” en el coche, de excursión por los pueblos blancos…

Regresando al tiempo en que los dos retoños aparecen en escena, imaginad una casa donde los adultos apenas se hablan y, cuando lo hacen, a menudo es para discutir. Los pequeños notan que algo no va bien, pero se distraen con sus juegos infantiles y sus peleas de hermanos. Y el primogénito, un viejo disfrazado de adolescente, se pasa el tiempo debatiéndose entre sus propios conflictos y los del resto. Ocasionalmente mis padres se desahogaban charlando conmigo (eran más bien monólogos), cada uno por un lado criticándome al otro. Yo me prestaba a medias, hasta donde me sentía capaz, temiendo que aquello saltara por los aires antes o después.

No quiero adoptar el papel de víctima en solitario, pues todos lo fuimos; ni de hijo modelo, porque tampoco lo era. Sobre el lado menos edificante de mi actitud en aquella época hay algo de lo que me arrepiento especialmente: mi madre quiso separarse por primera vez de mi padre cuando yo tenía trece años, y cometió el error de pedirme opinión: Yo le respondí que "ni pensarlo". Como si yo tuviera derecho a condenar a mi madre, y por extensión a mi padre -aunque él no se planteara la ruptura-, a ser infeliz el resto de su vida; ella tenía entonces treinta y siete años. Podría habernos ahorrado un buen montón de años de discusiones y quebrantos. Yo era bastante maduro para mi corta edad, pero no lo suficiente para tal acto de valentía y generosidad. No estaba preparado aún para apoyar a mi madre en lo que yo interpretaba equivocadamente como la destrucción de la familia. Años más tarde mi postura cambió; antes fui testigo de varias depresiones de mi madre.

Otro aspecto de mi conducta que lamento es haber tratado mal a mi abuela Pura, faltándole al respeto con mis burlas y desprecios, medio en broma medio en serio, no sé si como válvula de escape, o simplemente porque era un "malaje", como se dice en mi tierra.  El caso es que los dos nos lanzábamos pullas y nos decíamos lindezas más a menudo de lo que quisiera recordar durante muchos de aquellos años. Y sin embargo, yo intuía y luego supe con certeza que mi abuela tenía pasión por mí y yo, por mi parte,  la llegué a querer como a pocas personas he querido. Ella me lo demostraba a su manera: de pequeño me daba a escondidas frutos secos y golosinas que guardaba en su cuarto reservados solo para nosotros dos. Me daba dinero para el desayuno cuando iba al instituto, que yo guardaba para comprarme libros y cómics a costa de pasar un poco de hambre. Cuando me marché a Granada para estudiar la carrera siguió ayudándome, comprándome ropa y complementando la ayuda que me daban mis padres para mis gastos.

 Ella no tenía otro modo de expresar su cariño, y yo por mi parte, que también era más bien arisco con buena parte de la familia, se lo agradecía portándome mejor con ella, más al pasar los años, pues cada vez estaba más frágil de salud. Cuando esta se resintió drásticamente tras cumplir los noventa y la vida se le escapaba por momentos, estuvo esperando a que yo pudiera coger un permiso de mi trabajo en Granada para despedirse de mí. La misma noche del día en que llegué a Cádiz para verla por última vez me quedé a su lado, sus ojos brillaron al verme y con un hilo de voz me dijo “Hijo mío, ¡cuánto cuesta morirse!”. Unas horas después, de madrugada, mi abuela descansó por fin; falleció cogida de mi mano.

Yo tenía veintitrés años, a punto de ser padre por vez primera, y ese día volví a sentir que algo se rompía muy dentro de mí despertando un viejo dolor agazapado en un rincón de mi alma desde hacía dieciocho años. El niño desconsolado que asomaba en ese momento a la superficie de mi conciencia luchaba con las lágrimas empeñado en creer por un instante que mi abuela se había reunido con mi hermano Alfonso en alguna estrella o nube desde la que velaban por los que seguíamos temporalmente aquí abajo, un poco más solos que antes.

Recuerdo esos días a mi madre tan triste como agotada y hasta mi padre, que tantos años de beligerancia había padecido con mi abuela, emocionado y apesadumbrado por su muerte, sin saber que él la seguiría pronto, quizás a una nube o estrella vecina, a los cincuenta y seis años, edad que yo ahora acabo de superar.

Hace ya muchos años que me faltan los dos y aún conservo vagos recuerdos de sus numerosos desencuentros. Sin embargo, cada uno de enero acude a mi mente con nitidez la imagen de mi abuela en su mecedora y mi padre en una butaca próxima, viendo por la tele el concierto de Año Nuevo de la Ópera de Viena. Durante unas horas firmaban tácitamente una tregua, unidos por su amor a la música clásica y a la tradición. Y así es como me gusta recordarlos mientras suena de fondo mi vals preferido, el “Danubio Azul”.

*     *     *

Tras la lectura de este fragmento de mi vida, que comparto aquí hoy sin filtros, habréis podido adivinar algunas de las razones por las que mi vocación se encaminó a la psicología y a la orientación y la terapia familiar.

De nuevo, uno de mis escritos ha quedado algo más lacrimógeno de lo que me gustaría, con el agravante de que se trataba de mi propia historia. No era mi intención deprimiros ni daros pena, sino mostrar la vida tal como es, a fin de aprender juntos a aceptar lo inevitable, a combatir lo evitable, a disfrutar más de los momentos felices y a afrontar con el menor sufrimiento posible los aciagos.  Espero haberlo logrado, al menos un poquito.



 


"Futurofobia. Ensayo, fábula y delirio". Por Eduardo Riol Hernández



Imagen del cuadro "El Grito", de Edvard Münch


Se acerca el final...

— ¿El Apocalipsis?

­­ — ¡El final del otoño!

*   *   *

“Winter is coming…” (Se avecina el invierno)

— ¡Qué bien que llega la nieve, podremos jugar con los trineos!

—¡Ay, Dios, muchas personas sin hogar morirán de hipotermia!

— ¡Jon Snow nos salvará, con permiso de la reina dragón!

*   *   *

No, no os estoy tomando el pelo. Solo que he querido empezar de un modo diferente -un tanto frívolo, lo reconozco- otro artículo más donde nuestros miedos acaparan el protagonismo. Me tentaba abordar el asunto con una pizca de humor friki, con guiño incluido a quienes seguíais como yo la serie “Juego de Tronos”. Así restamos cierto dramatismo al tema, más después de ilustrarlo con una imagen tan impactante como la del famoso cuadro “El Grito”, de mi tocayo Edvard Münch.

El título, la imagen y la introducción de esta nueva entrega despistan bastante, pero enseguida vamos a ver que están relacionados.

He tomado prestado el término “futurofobia”, un neologismo que da nombre a un interesante y oportuno libro del periodista y escritor Héctor García Barnés, para referirme en parte a lo que el autor define como “sustituir la ilusión por el pesimismo”, solo que poniendo en mi caso mayor énfasis en el temor a lo que está por venir en un mundo sin porvenir, valga el juego de palabras.

El cuadro de Münch se presta a muchas interpretaciones. Se dice que quien grita es la Naturaleza, no el hombre del primer plano, que en realidad se tapa los oídos o se echa las manos a la cabeza ante un estruendo ensordecedor. Pero,  ¿por qué gritan la una, el otro, o ambos? De alegría no parece. El paisaje sugiere un torrente, un abismo o un torbellino amenazante con un horizonte en llamas al fondo; el hombre huye angustiado por esa pasarela por donde desfilan otras siluetas con gesto impasible. El grito, los gritos, pueden ser de pánico o desesperación, de rabia o de dolor, o tal vez de todo eso junto.

Y volvemos al miedo al futuro, frente a peligros anunciados o inciertos. Un futuro que ya está presente porque ya está sucediendo o porque lo anticipamos. Un futuro que ya sufrimos en sus diversas manifestaciones, como la llamada eco-ansiedad, ante los malos augurios del cambio climático y la ocurrencia de desastres “naturales” cada vez más frecuentes y extendidos; o la creciente inquietud derivada del convulso panorama de polarización, extremismo y violencia en todos los órdenes de la vida (moral, social, económico y político) a escala internacional.

No es de extrañar, pues, que jóvenes y mayores coincidan a menudo en el rechazo a enterarse de lo que pasa, que eviten en lo posible saturarse de malas noticias que nutren la actualidad. Sin olvidar que abunda la desinformación, los bulos que deforman, exageran o se inventan directamente una “realidad” alternativa, que nos crispa y amedrenta aún más. Otros por el contrario se convierten en consumidores compulsivos de noticias o pseudo-noticias de catástrofes varias. Terminamos pensando que todo está mal y aún puede empeorar.

Y si descendemos al plano de la vida cotidiana y concreta de cada cual y ponemos el foco en las jóvenes generaciones que han vivido una relativa abundancia y de pronto se ven abocadas a una reducción drástica de su poder adquisitivo, presenciamos el drama de una juventud frustrada,  obligada a permanecer indefinidamente en casa de sus padres o  a compartir piso de alquiler como estudiantes talluditos, sin poder emanciparse aunque trabajen, dada la precariedad del empleo y la situación cercana a la pobreza de no pocos asalariados y autónomos, ante el desfase entre los ingresos y el coste de la vida. ¿A quién le quedan ganas de formar una familia en estas circunstancias?

*   *   *

— “¡Me estoy rayaaaandoooo!!!”, protesta una joven graduada en paro mientras lee.

— Perdona, la he fastidiado. Mi intención era hacer un relato desenfadado del asunto.

— ¡¿Con el dichoso cuadro ese encabezando el artículo?!

— No te falta razón. Lo peor es que he acabado convirtiéndome en otro agorero de turno, y podría seguir aventurando desgracias sin esforzarme demasiado.

—¡Socorroooo! ¿Dónde está Jon Nieve?

*   *   *

 Pero no caigamos en el error de pensar que esto es nuevo de ahora, en mayor o menor medida ha ocurrido siempre. La impresión de que la Humanidad va a la deriva y de que mil terribles amenazas se ciernen sobre el planeta no es una novedad. Recuerdo sin ir más lejos aquella pintada de mayo del 68 que hoy diríamos se hizo viral: “Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo me estoy poniendo muy malito” (versión libre de un grafitero gaditano).

Imaginemos cómo se sentirían los polacos buena parte del siglo XX, invadidos primero por los nazis y luego por los soviéticos, o el conjunto de Europa en el período pre- post- y entre guerras mundiales. ¿Y los humanos que sufrieron terribles epidemias, hambrunas, cataclismos y alguna que otra glaciación, siglos o milenios atrás? ¿Cuántas veces pensarían que aquello era la antesala del fin del mundo?… La Historia está trufada de momentos críticos para la Humanidad a los que esta ha sobrevivido. Tal vez nuestro mayor problema es que podríamos llegar a morir de “éxito”: ¡hemos superado la cifra de ocho mil millones de habitantes!

Sin embargo, los avances de la ciencia y la tecnología, bien empleados, y el fomento de una conciencia moral enfocada al bien colectivo a medio y largo plazo, aún pueden librarnos de una virtual desaparición o de vernos condenados a sobrevivir a duras penas en un escenario distópico. Muchos no tardaremos en respondernos que el ser humano no escarmienta, persevera en sus errores y cada vez tiene más capacidad de autodestrucción, que la razón es débil frente a la ceguera de la avaricia y el egoísmo sin freno. La réplica, sin embargo, llega también pronto: destacados pensadores señalan que un análisis detenido del acontecer humano refleja claramente el progreso imparable que ha tenido lugar en los últimos siglos.

El debate está servido. ¿Ha desaparecido la esclavitud, por ejemplo? Según se mire, hay reductos de diferentes formas de esclavitud diseminados por el orbe, la trata de personas, la explotación laboral…Pero hoy día son mayormente fenómenos residuales y perseguidos. No son hechos generalizados, no los permite la ley ni los aprueba la moral como siglos atrás. Ciertamente a toda reflexión de esta índole se le pueden contraponer matices y excepciones. La diferencia es que en la actualidad los hechos más abominables son eso, excepciones, antes eran la norma.

Ese pobre hombre del cuadro de Münch teme más la indiferencia de sus semejantes, que pasean ajenos al drama que les rodea, que a la amenaza que se fragua a su alrededor.

El impulso de una educación moral inspirada en una ética universal que trascienda ideologías y religiones particulares es un propósito muy ambicioso, algunos pensarán que utópico, pero no debemos renunciar a él.

*   *   *

EPÍLOGO

A lo lejos se oye redoblar los tambores, se intuye el ruido de sables entrechocando… El fogonazo de un dragón cabreado ha dejado calvo y chamuscado al pobre hombrecillo que se desgañita tratando de escapar del cuadro de Münch.

Mientras, un cansino y trasnochado escritor de blogs adormece a sus lectores con un soporífero discurso…

 ¡Un momento, algo ha cambiado! Jon Snow y la Khaleessi han dejado de batirse en un duelo absurdo y letal y se dirigen cogiditos de la mano a la Escuela de Líderes Por la Paz Mundial, fundada por un tal Mahatma Gandhi.

¡Qué alivio, una vez más salvados por la campana!!!

*   *   *

Definitivamente, al autor de estas líneas se le va un poco la pinza de cuando en cuando...

¡Amén!

 

 


"Las cosquillas de la bruja", por Eduardo Riol Hernández

 

Foto de Pedro Dias. Tomado de Pexels.Com

El pequeño de cuatro años trata de dormir a pesar del intenso calor de esa noche de primeros de junio, que anuncia la llegada inminente del verano. Está acostado en la cama de su abuela, por hallarse en la habitación relativamente más fresca de la casa y estar la buena señora pasando unos días en el pueblo. Pero extraña su propia cama y no para de dar vueltas y vueltas aferrado a la sábana -puede más el miedo que el bochorno- hasta que por fin logra adormilarse.

En algún momento de ese sueño agitado el niño despierta con una sensación de angustia: él suele dormir de lado y está notando unas inquietantes cosquillas en la axila más elevada, unas cosquillas recurrentes que se desplazan hacia la tetilla próxima, pero teme moverse y demostrar que está despierto. Tampoco se atreve a abrir los ojos, anticipando el horror de enfrentarse a lo que intuye provoca esas cosquillas, ¡una bruja que le roza la piel con sus largas uñas!...

Una sucesión de gotitas de sudor resbala incesante por el pecho del pequeño, impidiendo que su terrorífica pesadilla cese.

*     *     *

El miedo es una constante en nuestra existencia. Hay miedos atávicos, miedos irracionales, fobias; hay miedo al miedo, análogo de la ansiedad. El miedo paralizante nos impide actuar y nos roba oportunidades de vivir experiencias enriquecedoras. El miedo cerval nos impulsa a la ciega huida o a la violencia atroz. Por tratar de evitar el dolor y el sufrimiento extremos llegamos a perder el juicio.

Sin embargo, el miedo es necesario en nuestras vidas. Un miedo racional y controlado nos hace estar alerta, prever amenazas, esquivar peligros, nos hace ser más prudentes. ¿Por qué no aceptamos entonces que hemos de convivir con el miedo, familiarizarnos con él, y hacerlo nuestro aliado en la medida de lo posible?

*     *     *

Muchos veranos sofocantes y muchas pesadillas después, ese niño, ya adolescente, descubrió la verdadera naturaleza de la temible bruja. Una de esas noches en las que el sudor le produjo el mismo cosquilleo estando entre el sueño y la vigilia, evocó repentinamente aquella pretérita sensación de terror, pero esta vez un residuo de conciencia le permitió identificar el origen de esas “cosquillas”, produciendo en él una amalgama de sentimientos encontrados: alivio, rabia, satisfacción, vergüenza…

*     *     *

A ese niño o esa niña cuyos miedos crecen a la par que su conciencia del mundo y su imaginación le podemos ayudar enseñándole a manejar sus miedos con paciencia y comprensión, sin burlas ni humillaciones. Mostrándole el modo de tolerarlo como un acompañante molesto e inevitable al que podemos domesticar.

Equiparar el valor a la ausencia de miedo es un desatino: se es valiente justo cuando logramos afrontar ese miedo omnipresente sin renunciar a hacer lo que creemos que debemos hacer o lo que simplemente deseamos hacer.

Y combatir el miedo con más imaginación y con humor suele ayudar. Antes de saber que la bruja de nuestra historia era una secreción corporal producto del calor, antes por tanto de encontrar una explicación lógica tranquilizadora a un fenómeno que interpretábamos como un acto de magia negra, la mente infantil puede vencer a la bruja aprendiendo a tomar las riendas del sueño y cortándole las uñas o jugando al truco o trato con ella.

 


"¡Salta conmigo!", por Eduardo Riol Hernández

 

Tomado de pexels.com. Foto de Karolina Grabowska

Se puede saltar de alegría por una buena noticia. Se puede saltar jugando, para divertirse o para competir. Se puede saltar bailando al ritmo de tu grupo favorito. Pero también se puede saltar de miedo cuando te dan un susto, o para apartarte de algo que te da asco. Incluso se puede saltar al vacío, huyendo de un fuego pavoroso que te rodea, o por la desesperación de no ver otra salida a un sufrimiento que te resulta insoportable; tal vez por la pérdida de un ser querido o una ruptura sentimental que no se logra superar, por el rechazo de la gente que te importa, por sentir que no vales nada, que vivir así no merece la pena…

Yo solo te pido que antes de dar ese último salto irreversible me des la mano y te vengas a saltar conmigo un rato en esa cama elástica de la niñez donde puedas volver a reír a carcajadas, ajeno a la crueldad, la injusticia y la miseria que aguardan a la vuelta de la esquina, en el patio del colegio o en la soledad de tu cuarto.

Después, ya que estamos, iremos a saltar en la pista de baile de aquella concurrida discoteca o a las fiestas del barrio, sin temor al ridículo, alentados por esa música tan animada que por unos instantes casi te devuelven las ganas de vivir.  Aquí y ahora te duele menos ser invisible para otros o sufrir sus desprecios y humillaciones. Te das cuenta de que en realidad no les necesitas para estar a gusto. Y te preguntas, sin mucha convicción pero con un atisbo de esperanza, si la vida aún te reserva, también a ti, oportunidades de disfrutar.

Al acabar el día, sin embargo, regresan las dudas y los temores, te convences de que durante las horas anteriores has sido víctima de un espejismo. La angustia de otra noche solitaria te asfixia y quieres escapar. Te asomas a la terraza del salón, calibrando si la altura es suficiente para acabar de una vez con todo. De pronto, los reflejos de unos charcos en la calle te hacen guiños y te despistas por un momento de tu cometido: valorar la mortalidad potencial del salto. El caso es que no te queda claro, será mejor subir a la azotea, y te encaminas descalzo a la escalera. Entonces ves en un rincón de la entradita unas botas de agua de colores vivos, son de tu talla. Qué extraño, no recuerdas tener unas así desde el final de la Primaria.

Un impulso te hace cambiar de planes: en un suspiro te encuentras en la calle, saltando de charco en charco y dando gritos de júbilo que despiertan a los vecinos mayores, perplejos al ver un joven en pijama con aspecto de haberle tocado la lotería. Yo no te he podido acompañar aún, porque te espero en el futuro, soy tú pero algo más viejo, atiendo el Teléfono de la Esperanza como voluntario en mis ratos libres, si tú decides que la azotea puede esperar…

 

La Hipnosis como Terapia - II. El poder de la sugestión 3ª y última parte. Por Eduardo Riol Hernández

 


Fotografía tomada de: pexels-tyler-hendy-52062

En los artículos previos nos hemos acercado al magnético mundo de la hipnosis a través de diferentes prismas. Empezamos apuntando algunos datos relevantes, entreverados con un sencillo experimento que a más de uno dejó con la duda de si era “hipno-resistente” o fácilmente sugestionable (al final del presente artículo tendremos una nueva oportunidad de responder a esta pregunta).

Después relatamos una peculiar anécdota que daba cuenta de las consecuencias de “jugar” con la hipnosis para un grupo de universitarios que acabaron poco menos que como extras de una película de terror.

Proseguimos con el análisis de algunas creencias erróneas y mitos sobre la hipnosis, que nos condujo a una reflexión tangencial sobre la mala praxis de algunos “profesionales” carentes de código ético. Al mismo tiempo aclaramos -no obstante- que una persona, por el mero hecho de sumirse en un trance hipnótico, no queda automáticamente indefensa ante cualquier intento de abuso o manipulación.

Nos detuvimos otro momento a comentar qué cosas NO son hipnosis. Y ahora vamos a dar un último giro para describir lo que SÍ es hipnosis y no lo consideramos como tal,  a fin de poder delimitar mejor su naturaleza.

El conductor que circula varias horas por una carretera y un paisaje monótonos entra a menudo en un estado de ensoñación en el que su mente viaja a otro momento y lugar, y por un instante olvida que está al volante y no ve la carretera que tiene ante sus ojos, lo que puede provocar un accidente si no reacciona a tiempo y se espabila con ayuda de la radio o la conversación de un acompañante.

La jugadora de un partido de competición no advierte que se ha hecho una herida abierta en la rodilla hasta que se para el juego, ve la sangre y le empieza a doler.

Un chico está viendo su serie favorita y mientras ríe y llora con los protagonistas de la ficción no oye que están llamando insistentemente al timbre de la calle…

¿Tiene todo esto algo que ver con la hipnosis?

¿Y qué le sucede a esa congregación de monjas que sienten más cercana la presencia de Dios cuando rezan juntas el rosario susurrando de forma sincronizada oraciones que se repiten sin descanso? O al derviche que gira sobre sí mismo hasta la extenuación…

Recordemos una vez más que la alteración de la conciencia y la mayor susceptibilidad a la sugestión definen en buena medida nuestra estado cuando experimentamos el trance hipnótico. Ante estímulos repetitivos se produce un cierto estrechamiento perceptivo, nos concentramos mucho en algo y dejamos de percibir todo lo demás, o lo hacemos de un modo distinto al habitual, de tal forma que cambia nuestra manera ordinaria de reaccionar, o de no hacerlo, ante un estímulo presente o ausente.

Podemos dejar de escuchar un timbre que suena, de ver la carretera por la que circulamos, de sentir el dolor de una herida…Y, en cambio, también somos capaces de experimentar sensaciones o emociones en ausencia de los estímulos o las situaciones que normalmente los provocan. El miedo ante una amenaza inexistente, el dolor de una lesión imaginaria...El denominador común que subyace a tan variadas situaciones es la capacidad del ser humano de sugestionarse, espontánea o accidentalmente, fruto de los parámetros del momento vivido; o inducido deliberadamente por alguien, incluido uno mismo (autohipnosis).

¿Y si aprovecháramos el enorme poder de la sugestión para fines terapéuticos?¿Es posible revertir la naturaleza y el contenido de las sugestiones que nos provocan sufrimiento?¿Sustituirlas por otras que generen alivio y bienestar?

Tras un recorrido en espiral que nos ha aproximado cada vez más a la esencia de la hipnosis, basada en el fenómeno de la sugestión, llegamos al centro neurálgico de esta serie de artículos, sus aplicaciones en el ámbito de la salud.

La hipnoterapia ha demostrado ser útil para lidiar con trastornos de la salud mental, pero también contribuye a mejorar la salud física en sentido amplio.

Aliviar mediante hipnosis el dolor agudo o crónico, incidiendo sobre la parte subjetiva del dolor, permite complementar las terapias médicas y farmacológicas, limitando estas a lo estrictamente necesario, sorteando en parte sus efectos secundarios o adversos. Se puede inducir analgesia o anestesia dependiendo del caso y la persona; modificar el umbral del dolor, cambiar la modalidad sensorial de la experiencia nociceptiva a sensación de tacto / presión…

Superar adicciones a sustancias, dependencias conductuales o hábitos compulsivos es posible gracias a la hipnoterapia combinada con otros tratamientos de psicoterapia y farmacológicos cuando estén indicados.

Afrontar enfermedades graves, enfermedades degenerativas, con tratamientos cruentos o muy limitantes, es más llevadero con hipnoterapia, en conjunción con las terapias preceptivas en cada caso.

Es importante matizar aquí que, en los casos de enfermedades de origen orgánico, la hipnosis no cura sino que ayuda a sobrellevar mejor la dolencia e indirectamente puede favorecer la recuperación, dado que el cuerpo humano es una máquina que pivota en torno a varios ejes que se integran en uno: el eje psiconeuroendocrinoinmunológico. Por eso se producen fenómenos como que los cambios hormonales afecten a nuestro estado de ánimo,  que el estrés o la depresión correlacionen con una disminución de la respuesta inmune de nuestro organismo, es decir que “nos bajen las defensas”, o que seamos víctimas de trastornos psicosomáticos derivados de alteraciones emocionales que se pueden regular con hipnosis y psicoterapia. Del mismo modo, la ansiedad, las fobias, la depresión y otros trastornos de la salud mental se pueden modular con dichas técnicas.

En fin, las aplicaciones son múltiples. Hemos enumerado algunas de las principales, pero nos han quedado muchas en el tintero, desde la mejora de la concentración para el estudio hasta aliviar el malestar asociado a la menopausia (reducir sofocos con sugestiones de hipotermia), pasando por el control de la impulsividad, el fortalecimiento de la autoestima… Si siguiéramos daría para varias páginas más.

Ahora si lo deseas vamos a hacer un ejercicio para comprobar cómo actúan los mecanismos de la sugestión sobre nosotros.

Observa la imagen que ilustra este artículo  (si puede ser reprodúcela en otra pantalla mientras lees esto aquí, una pantalla de tamaño medio como la de una “tablet” al menos; si ha de ser en un móvil, ponlo en horizontal y evita ampliarla demasiado para poder contemplar la imagen completa). 

"Fíjate en alguno de los puntos negros que aparecen en el telón rosado que se divisa al fondo. Mantén la mirada sin parpadear y verás que los contornos se vuelven borrosos; los arcos que envuelven la estancia se desplazan y cambian de tamaño. Entonces te parece oír un rumor de agua en movimiento, ¡sí, se están formando unas ondas concéntricas que alteran la superficie del aljibe! Como olas minúsculas que rebosan e invaden lentamente el espacio en derredor, transportan la luz sinuosa de las ojivas que reflejan y llegan hasta ti transformadas en una brisa tenue que acaricia tu rostro y te susurra un mensaje en el oído…Todo parece cobrar vida..."

Bien. Lo más probable es que de primeras no hayas logrado meterte en situación, vuelve a intentarlo, relee el texto propuesto y mira fijamente de nuevo la imagen, mientras las palabras resuenan en tu cabeza... Así hasta tres veces.

 Este ejercicio se basa en la recreación de una sugestión de animación de los elementos que componen la imagen, partiendo de un efecto óptico y de la fatiga visual. Incorpora además sugestiones de otras modalidades sensoriales: auditivas y de tacto, más complicadas de evocar. Finalmente se sugiere la recepción de un mensaje, un elemento que implica un pensamiento verbalizado, que conlleva un plus de imaginación y creatividad. Por tanto, se trata de un ejercicio complejo que pone a prueba nuestra “sugestibilidad” en un sentido amplio y a diferentes niveles. Si en alguno de los tres intentos hemos llegado a apreciar mínimamente que la imagen cambiaba, que algo parecía moverse y ya está, nos situamos en un nivel promedio. Si además hemos percibido con cierto detalle las ondas, hemos oído el rumor del agua y/o sentido la brisa, ya estaremos en un nivel por encima de la media. Si por último, hemos escuchado un mensaje concreto en nuestro interior, la facilidad para sugestionarse es elevada. En este caso, sería también interesante conocer el tono emocional del mensaje, si era neutro, positivo o negativo: si nos dejaba indiferentes, nos agradaba o animaba, o nos inquietaba o lastimaba de algún modo. Esto daría cuenta del estado emocional que predomina en nosotros en el momento de hacer el ejercicio.

Si no hemos llegado a percibir ningún efecto o cambio en la imagen ni en nosotros al tratar de seguir las instrucciones del ejercicio, una vez más es probable que nos encontremos en el numeroso grupo de las personas “hipno-resistentes”. De cualquier manera, casi todo el mundo se puede beneficiar de la hipnosis, como de la meditación y un extenso abanico de técnicas que contribuyen a desarrollar los recursos y potencialidades de nuestra mente. Bastará con ejercitarse en la técnica que resulte más idónea para cada persona. Cuando la inducción clásica del trance hipnótico se resiste, suele funcionar mejor la técnica de auto-regulación, una variante de la hipnosis que se basa en la instigación de la sugestión a través de un método menos directo pero igual de eficaz, también con fines terapéuticos.

Si, a pesar de su extensión, os ha resultado interesante esta serie de artículos sobre la hipnosis en terapia que hoy concluye, os animo a participar con comentarios y a compartirlo con vuestros contactos en redes sociales.

Os agradezco mucho que me hayáis acompañado hasta aquí y deseo que sigáis con atención los próximos artículos donde abordaremos otras temáticas de interés en relación con la salud mental y el bienestar de las personas y sus familias.

 

 

 

 

 

 

"La Hipnosis como Terapia (II). El poder de la sugestión-2ª Parte", por Eduardo Riol Hernández

Fotografía de Erik Mclean en pexels.com

Después de contaros la anécdota sobre mi accidentada toma de contacto con la hipnosis en mi época de estudiante universitario, retomamos el hilo del primer artículo de la serie. Habíamos quedado en que, esencialmente, la hipnosis consiste en la inducción de un estado alterado o especial de conciencia, distinto del sueño y de la vigilia, que potencia el influjo de la sugestión en las personas. Y en que en el fenómeno hipnótico se produce lo que podemos describir metafóricamente como un "estrechamiento" perceptivo que -añado ahora- algunos expertos consideran que da lugar a justo lo contrario, una mayor “apertura” de la conciencia...

Pero antes de seguir vale la pena detenernos a descartar algunas creencias erróneas acerca de la hipnosis, lo que nos permitirá entender mejor la naturaleza del fenómeno y superar algunos miedos sobre este tema.

Algunos mitos en torno a la hipnosis:

MITO Nº 1. “Despertar” de la hipnosis es peligroso. Se puede “no volver a despertar”.

Se basa en la creencia de que la hipnosis es similar a una fase de sueño profundo, como una suerte de sonambulismo, en la que se transforma la conciencia del entorno que nos rodea, condicionada o filtrada por la persona que hipnotiza.

Es cierto que en un trance moderado o profundo la persona aparenta estar como dormida y reacciona al entorno en función de los parámetros de la inducción hipnótica, según hayamos utilizado sugestiones de un tipo o de otro, que conlleven mayor o menor contacto o desconexión de la realidad circundante. No obstante, al margen de la guía del hipnotista, subsiste un vínculo residual de la persona con su entorno que la protege en última instancia de peligros y amenazas que se puedan presentar. Si en una sala donde se lleva a cabo una demostración de una sesión de hipnosis, se declara un incendio, los asistentes gritan y huyen despavoridos arrastrando consigo al hipnotizador sin reparar en que -en medio del pánico y la confusión- el sujeto hipnotizado se ha quedado atrás, aún con los ojos cerrados, ignorante en los primeros instantes de lo ocurrido, tened por seguro que los mismos alaridos, el estrépito y el calor y el humo incipientes harán que no tarde en reaccionar sin precisar de una señal del hipnotista para salir del trance.

En todo caso, en circunstancias normales la salida del trance hipnótico puede ser gradual o más o menos brusca, pero en ningún caso es “peligrosa” como tal. Cuando, por alguna razón, la persona que te hipnotiza no te saca del trance, hay quien se queda plácidamente dormido durante un ratito como colofón de una relajación profunda y luego despierta (esta vez de verdad, sin comillas) como quien no quiere la cosa; y hay quien experimenta una transición menos agradable, caracterizada por unos minutos de desorientación, pero nada exagerado ni mucho menos irreversible.

MITO Nº 2. Durante el trance hipnótico se pierde por completo el control de la voluntad, que se transfiere a la persona que te hipnotiza. 

En términos absolutos el control de la voluntad no se perdería en ningún momento, del mismo modo que tampoco llegamos a desconectarnos completamente de la realidad exterior. Así y todo, puede pasar que la persona hipnotizada ceda voluntariamente de buena fe ese control y que, a su vez, la que hipnotiza trate de ejercerlo indebidamente. Esto sería del todo inadmisible, especialmente en el ámbito terapéutico, y -por supuesto- objeto de denuncia, la consecuencia más probable si una persona se hubiera sentido manipulada en una sesión de hipnosis, dado que tampoco es real el mito nº 3, apartado en el que ampliamos esta importante reflexión.

MITO Nº 3. Se olvida por completo lo sucedido durante el episodio hipnótico. 

La amnesia inducida en el trance debe estar justificada, estando previamente de acuerdo la persona a hipnotizar sobre los casos en los que procederá usar este recurso. De lo contrario, la persona recordará perfectamente lo ocurrido. 

En hipnoterapia puede tener sentido inducir la amnesia, por ejemplo, cuando emergen recuerdos demasiado dolorosos para afrontarlos en ese momento a nivel consciente. El resto de las veces lo que se suele pretender es lo contrario, que afloren recuerdos que pueden ayudar a entender mejor nuestros problemas y a lograr afrontarlos.

Y tanto en lo relativo a la pérdida de control de nuestros actos como en la cuestión de la amnesia, hay un límite para todo: si la persona es manipulada para hacer el ridículo como parte de un número en una fiesta, terminará haciéndolo si en su fuero interno no le importa seguir la broma para dar espectáculo. En caso contrario, no funcionará, la persona no colaborará. Con más motivo, en el contexto terapeuta/paciente, si una persona sufriera un intento de manipulación para hacer algo que no desea, como tener relaciones sexuales no consentidas, se activará una alerta en su mente, reaccionará en contra y desde luego recordará lo sucedido. 

Me he atrevido a abordar un tema espinoso y desagradable que no he querido eludir por responsabilidad. Vaya por delante que estos son casos extremadamente infrecuentes, pero a veces se producen y hay que denunciarlos, y la persona que se somete a hipnosis debe saber que en situaciones en que se puede ver comprometida su integridad física y/o emocional -antes, durante y después de la hipnosis-, conserva voluntad y memoria.

Para cerrar este asunto, como nota al margen, conviene matizar que, con hipnosis o sin ella, en terapia o fuera del ámbito terapéutico, siempre habrá gente en posición de poder o dominio sobre otras más vulnerables física, económica, material o emocionalmente, que se aprovecharán, explotarán, acosarán, manipularán y/o abusarán las unas de las otras mientras la sociedad no reconozca, apoye y proteja de un modo contundente a las víctimas. No lo olvidemos.

Podríamos seguir desmontando mitos en torno a la hipnosis, como aclarar que la hipnosis no es magia, ni nada milagroso o sobrenatural: es un fenómeno contrastado científicamente, al margen de que aún no se conozca en detalle su naturaleza. Tampoco conocemos a fondo otras muchas funciones del cerebro o la mente humana y no por ello las catalogamos de paranormales. Así que si os cuentan que alguien “ha levitado” en el curso de un trance hipnótico, tened por seguro que, o bien han presenciado un truco de un consumado ilusionista que se hace pasar por hipnotizador (o que compagina ambos roles), o todos los presentes fueron hipnotizados sin saberlo para experimentar una ficticia experiencia de levitación. ¡Porque el poder de la sugestión es ilimitado!, o casi…

Me vais a odiar, pero este que iba a ser el artículo "requetedefinitivo" me está quedando demasiado largo. Por eso os pido un poco más de paciencia, en espera de la -ya sí que sí- última entrega de esta serie de artículos sobre la hipnosis, donde me adentraré por fin en el asunto de las aplicaciones terapéuticas en tan solo unas pocas semanas. 

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"La Hipnosis como Terapia (II). El poder de la sugestión-1º Parte". Por Eduardo Riol Hernández

Imagen tomada de: https://www.reportare.com/genel/iki-asir-sonra-frankensteinin-bilincdisina-bir-kazi/

 Transcurridas varias semanas desde la publicación del artículo anterior: “ La Hipnosis como Terapia (I): Un experimento”, comparto ahora la prometida continuación.

Sin embargo, he decidido dividir el artículo en dos partes, a fin de contaros una anécdota curiosa relacionada con la hipnosis que me ocurrió en mi época de estudiante, hace más de treinta años:

Me había inscrito en un simposio de la universidad sobre sueño e hipnosis que se celebraba en el salón de actos de la facultad de farmacia. Acudí a varias de las ponencias y talleres de diferentes expertos, encontrando la mayoría de gran interés, pero recuerdo en especial -aunque no por gratos motivos- la charla de dos médicos cubanos especialistas en hipnosis. Para empezar, ambos doctores se ufanaban de haber pasado un buen rato en el avión de camino a España dando buena cuenta de una botella de ron que rodó por donde no debía, lo que tuvo como efecto colateral unas manchas que aparecían en no pocas diapositivas de las que traían para su conferencia. Algo de lo que pudo dar fe el público asistente al visionar aquellas imágenes sucias y borrosas que los ponentes nos mostraron sin complejos. Se oyeron algunas risas cómplices, pero muchos nos miramos incrédulos, aquello era francamente muy poco serio. Pero el verdadero espectáculo estaba por llegar.

Pasada una media hora de exposición de dudoso nivel académico, los susodichos doctores creyeron buena idea hacer una demostración de la inducción de catalepsia braquial (rigidez de los brazos) con algunas personas voluntarias de la primera fila del auditorio, animando al mismo tiempo al público asistente, que se contaba por varios centenares, a que lo replicaran desde sus asientos. Lo que podía parecer una simpática ocurrencia acabó de forma dramática, y pudo ser peor… 

Al principio casi todo el mundo estaba concentrado en seguir obedientemente las instrucciones de los hipnotizadores, empezando por extender los brazos al frente, seguidas de una serie de sugestiones acerca de la progresiva rigidez e inmovilidad de nuestros brazos, aún estirados hacia delante. Los voluntarios confirmaban que no podían flexionar ni bajar los brazos, aunque el resto de participantes experimentaba de manera desigual los efectos de la catalepsia. Yo sentía mis brazos poco más que entumecidos (ya me confesé integrante del club de los “hipno-resistentes” en el artículo anterior), pero varias personas a mi alrededor se manifestaban incapaces de flexionarlos. 

Entonces los hipnólogos, investidos de una seguridad y suficiencia que sugería que todo seguía bajo control, se dirigieron de nuevo a los primeros voluntarios anunciando que, tras un leve toque en las articulaciones de los codos que iban a ir propinándoles uno por uno, podrían por fin relajar gradualmente sus brazos y recuperar la movilidad de los mismos. Iban un tanto acelerados con la intención de continuar dando los toques mágicos a diestro y siniestro hasta el final del patio de butacas, cuando se oyó a una chica del grupo inicial gritar entre llantos -“¡No puedo, no puedo!!”-. Antes de que los doctores consiguieran regresar donde la muchacha seguía gimiendo y agitando impotente sus brazos tiesos, varias personas desde diferentes puntos del salón de actos profirieron sendos alaridos de pánico, sacudiendo los brazos que igualmente se negaban a responder. Decenas de jóvenes empezaron a deambular y otros tantos a correr despavoridos, aún con los brazos en alto. La escena resultaba patética. Los bedeles que acudieron al oír el griterío presenciaban atónitos lo que semejaba una turba de “frankensteins” huyendo en todas direcciones. El grupo de personas que, como yo mismo, había conseguido de primeras relajar y mover sus brazos -algo doloridos, eso sí-, contemplábamos paralizados la estampida. Los “expertos” trataban de calmar a varios de los damnificados más asustados, pero sus aspavientos y sus miradas extraviadas daban pistas de que ellos no lo estaban menos… Por mi parte, tomé conciencia de que estaba siendo testigo de un mayúsculo episodio de histeria de colectiva en vivo y en directo. Al final apareció hasta el personal de seguridad del campus, avisado por el decano de la facultad. Para entonces, afortunadamente, las dimensiones del drama se habían reducido bastante; muchas de las víctimas de tan irresponsable experimento habían logrado, por extenuación, bajar los brazos, contracturados por el esfuerzo, y recuperar al menos una parte de la movilidad… 

Todo lo acontecido lo recuerdo con gran nitidez a pesar del transcurso de varias décadas, por la fuerte impresión que me causó. Aunque tal vez haya retocado algún detalle menor en pro de la coherencia del relato.

Esta impactante experiencia no me traumatizó hasta el punto de desterrar la hipnosis de mi foco de interés profesional. Más bien al contrario, me impulsó a investigar más ávidamente sobre el fenómeno de la sugestión hipnótica, sus posibilidades y limitaciones en el campo de la psicoterapia. Me enseñó a tener mucho respeto y prudencia a la hora de utilizarla, empezando por no emplearla jamás bajo ningún concepto en grandes grupos. Solo individualmente o con grupos reducidos y manejables. 

Sobre lo que es y no es hipnosis, los mitos en torno a ella, y sus potenciales aplicaciones terapéuticas, prometo ya adentrarme en la segunda parte de este artículo, que saldrá publicada próximamente.

Si no queréis perdérosla, será buena idea suscribiros al blog mediante vuestros emails. 

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"La Hipnosis como Terapia (I): Un experimento", por Eduardo Riol Hernández

El fenómeno de la hipnosis se ha estudiado con un rigor desigual a lo largo de más de dos siglos. Los primeros intentos de investigar su naturaleza desde un punto de vista científico partieron de profesionales de la Medicina y la Psicología en las postrimerías del siglo XIX. Pero no pretendo extenderme aquí en los detalles de la historia del hipnotismo...

(Estás leyendo y empiezas a notar que te pican un poco los ojos, te cuesta fijar la mirada, parpadeas más de lo normal, no logras concentrarte)

...Más bien me interesa destacar que, tras muchos años de investigación y acumulación de evidencias empíricas -no exentos de polémicas y descréditos derivados de confundir los ensayos controlados de episodios hipnóticos con artificiosas puestas en escena de "trances" en circos y ferias de diversa calaña-, hoy existe un amplio consenso en al menos dos cuestiones claves (quieres seguir leyendo porque intuyes que se acerca lo importante, pero avanzas muy lentamente):

- La hipnosis esencialmente consiste  en la inducción de un estado alterado o especial de conciencia, distinto del sueño y de la vigilia, que potencia el influjo de la sugestión en las personas. 

- La hipnoterapia posee una eficacia comprobada en múltiples ámbitos, y se basa es la aplicación de técnicas hipnóticas a fin de promover el bienestar personal y la salud física y mental / emocional...

(Ahora la vista se te nubla y los párpados te pesan cada vez más)

...Vale la pena detenernos a desarrollar un poco algunos puntos: En el fenómeno hipnótico se produce lo que podemos describir metafóricamente como un "estrechamiento" de la conciencia...

(Imposible seguir, tus párpados van cayendo pesadamente; luchas por volverlos a abrir, pero es agotador )

...Y aquí llegamos al final de este breve experimento. Si en algún momento has llegado a sentir al menos una parte de las sugestiones que te proponía el texto entre paréntesis, probablemente gozas a la vez que sufres -según se mire, porque hay sugestiones positivas y negativas- de una considerable susceptibilidad a la sugestión hipnótica.

Si no ha sido el caso, bienvenido/a al club de las personas "hipno-resistentes", lo que suele correlacionar con una importante dificultad para relajarte. La buena noticia es que todo se entrena y perfecciona con la práctica.

Pero de esto y de más cosas, como por ejemplo: qué es y qué no es hipnosis; qué demonios es el "estrechamiento de la conciencia";  qué aplicaciones tiene la hipnoterapia, y otras cuestiones, trataremos en un próximo artículo: "La Hipnosis como Terapia (II). El poder de la sugestión".

¿Te ha resultado curiosa la experiencia? Todo tiene una interpretación... Publica un comentario si te apetece. 

Igualmente te invito a acceder al siguiente enlace para visualizar una "píldora" de Youtube (amplía la pantalla al abrirlo), que muestra el uso de un metrónomo que facilita el estrechamiento perceptivo característico del trance hipnótico. Dale un "me gusta" si te parece interesante:










  

“No apto para personas con vértigo”, por Eduardo Riol Hernández

     https://www.superprof.es/blog/wp-content/uploads/2020/03/tokyo-dome-city.jpg.webp

Algunos escenarios de la vida se parecen a un parque de atracciones. A muchas familias les apetece pasar el día en uno, donde la diversión está asegurada. Es muy probable que los más jóvenes, si les dejaran, eligieran quedarse indefinidamente celebrando una macro-fiesta. Solo que eso no es posible, ¿verdad? Quienes casi viven allí, y no por gusto, son los trabajadores, que se pasan la jornada laboral viendo disfrutar a los demás. 

Pero en un parque de atracciones también se sufre, a veces como parte de la diversión. Pasar miedo de forma voluntaria nos hace sentir más vivos. Resulta excitante la descarga de adrenalina que produce una situación de riesgo controlado, sin desmerecer el placentero alivio que experimentamos cuando ese peligro relativo tiene un desenlace feliz. Otras veces, en cambio, la emoción se nos va de las manos y entramos en pánico a mitad del recorrido, o acabamos vomitando hasta la primera papilla durante o después del trayecto. Excepcionalmente, incluso se dan casos trágicos de víctimas de algún accidente en el que se pierde hasta la vida, la propia o la de un ser amado.

Son las subidas y bajadas de la montaña rusa que nos impulsa, nos zarandea, nos frena y nos vuelve a sacudir; que nos lanza arriba y abajo en medio de gritos, risas y llantos. Hasta que por fin se detiene. Aunque seguimos un rato tambaleándonos sin rumbo, presas de la resaca y el mareo de un viaje lleno de baches y zigzags para el que no llevábamos suficiente biodramina. Podemos sucumbir a la tentación de retirarnos, abatidos y maltrechos, o bien podemos probar a convertirnos por un momento en superhéroes sin capa, sujetarnos con fuerza a la barandilla de salida, llenar de aire los pulmones y dirigirnos derechos a la noria gigante ignorando el cartel disuasorio: “No apto para personas con vértigo”. Es en el preciso instante en que llegamos al punto más alto, donde la enorme rueda hace una pausa en su giro parsimonioso, cuando somos capaces de apreciar con la perspectiva de la distancia los tremendos vaivenes a que se ven sometidas un sinfín de criaturas diminutas, pertinaces en su efervescente actividad. Entonces y sólo entonces, tomamos plena conciencia de que es precisamente ese afán de superar los diversos avatares lo que confiere a la vida su mayor atractivo y lo que la dota de sentido...

“Coge mi mano y agárrate bien”, le dice una madre a su hija, o un hermano mayor al pequeño. Un buen consejo para seguir adelante, mejor en compañía, y continuar sufriendo y disfrutando de muchos días especiales en el parque de atracciones, sintiendo que vale la pena, a pesar o gracias al vértigo.


Lluvias de barro, por Eduardo Riol Hernández

 




Foto de Ming-Sun. Pexels.com


Una calima persistente enturbia mi ánimo. Ese ambiente cargado y sucio que te estruja la garganta y te oprime el pecho; ese aire viciado que no se deja respirar. Otra vez las mascarillas para salir a la calle (resoplo).

Ha vuelto a caer otra lluvia de barro y el cielo sigue teñido de sangre…

*   *  *

Un grupo de niños a la salida del cole embadurna sus manos en los charcos de fango dispersos por el parque. Luego estampan sus huellas en el muro recién encalado del cementerio antiguo, remedando a los artífices de las primeras pinturas rupestres.

Otros cuantos adolescentes perfilan corazones con sus dedos -los más románticos- o esbozan genitales -los más gamberros- en los parabrisas terrosos de los coches que han dormido a la intemperie.

Las carcajadas de unos y otros viajan por el aire revuelto desafiando las inclemencias de tiempo.

*  *  *

No puedo más. Esta atmósfera asfixiante va a acabar conmigo. El pronóstico del tiempo es desalentador. Los expertos apuntan que estos temporales de viento que arrastran polvo sahariano anuncian peores calamidades. Son precursores de las tormentas de arena que azotan y expanden el desierto, que ya está a punto de saltar de continente y terminará cubriéndolo todo. ¡Vamos a morir enterrados bajo las dunas!

*  *  *

Tras la última lluvia de barro un manto de lodo pulverizado cubre cultivos y bosques cercanos a la ciudad, aportando nutrientes al suelo fértil. Una familia de un barrio de la periferia pasea por una explanada próxima a su vivienda, dando una vuelta con su mascota. Los más pequeños están explorando Marte, recién aterrizada su flamante nave espacial. Al rato se han unido los abuelos, que contemplan el cielo y la tierra ocres rememorando esas postales en tonos sepia que les evocan recuerdos entrañables de su juventud.

El tiempo no invitaba demasiado a salir, pero ahora se alegran de no haber esperado a mañana, que parece que amanecerá despejado.


Foto de Quang-Nguyen-Vinh. Pexels.com